“¡Entra! Y que mi vino te de conforto”. Es ésta una frase que asocio irremediablemente a la soprano británica Heather Harper. La conocí, como a su entonces marido Eduardo Benarroch, en otoño de 2003 y disfruté de su amistad y hospitalidad durante años; a Eduardo lo veo aún regularmente.
Cuando poco después de conocerla mencioné esta relación a mi querido amigo y entonces tutor de mi doctorado Emanuele Senici, éste dio un respingo: “¿no sabes que su Sherezade de Ravel es uno de mis dos o tres discos preferidos?” Puso inmediatamente el CD y escuché pasmado la voz de Heather, a quién yo conocía más como bien una mujer de 73 años un poco renqueante, pesada de piernas, inteligente, que me hacía repetirle siempre el mismo chiste sobre el Opus Dei y que comía tarta Victoria en su casa de Willesden Green.
Comentarios