Argentina

Un tranvía llamado deseo en Buenos Aires

Gustavo Gabriel Otero

lunes, 20 de mayo de 2019
Buenos Aires, martes, 7 de mayo de 2019. Teatro Colón. André Previn: A streetcar named Desire (Un tranvía llamado deseo), ópera en tres actos, libreto de Philip Littell, basado en la obra teatral homónima de Tennessee Williams. Rita Cosentino, dirección escénica. Enrique Bordolini, escenografía. Gino Bogani, vestuario. Alvaro Luna, vídeo. José Luis Fiorruccio, iluminación. Orla Boylan (Blanche Dubois) Sarah Jane McMahon (Stella Kowalski), David Adam Moore (Stanley Kowalski), Eric Fennell (Harold ‘Mitch’ Mitchel), Victoria Livengood (Eunice Hubbell), Darío Leoncini (Steve Hubbell), Pablo Pollitzer (joven diariero), Alicia Cecotti (mujer mexicana / enfermera), Eduardo Marcos (doctor) y Joaquín Tolosa (Pablo Gonzales). Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección musical: David Brophy
Cosentino: Un tranvía llamado Deseo © Máximo Parpagnoli, 2019

A streetcar named Desire (Un tranvía llamado deseo) de Tennessee Williams es considerada una de las obras teatrales más importantes de la literatura estadounidense. Estrenada en 1947, se cuentan innumerables puestas en escena y traducciones desde esa fecha y la actualidad; en 1951 llegó al cine y sus ecos se pueden encontrar como parodia, como homenaje o como base en otras tantas obras artísticas.

La Ópera de San Francisco encargó en 1994 a André Previn la composición de una ópera sobre la obra teatral de Tennesee Williams. La adaptación en libreto operístico recayó en Philip Littell, quien sin traicionar al original eliminó algunos personajes secundarios, redujo el texto a casi un tercio y conservó las situaciones dramáticas principales. Quizás el mayor error del libretista fue realizar la adecuación de la obra teatral pero no realizar un verdadero libreto de ópera. Así la acción se despliega lenta sin dar lugar, salvo contadas excepciones, a alguna situación al compositor para que pueda explayarse líricamente.

La ópera fue estrenada mundialmente en 1998 en la Ópera de San Francisco. Tiene un discurrir moroso, una orquestación de calidad con alusiones aquí y allá al gran repertorio, una gran riqueza de ideas de los interludios orquestales, y  muy pocos momentos de expansión lírica. Quizás los mejores momentos sean las arias de Blanche ‘I want magic!’ y ‘I Can Smell the Sea Air’, la melodía que tararea Stella luego de su apasionado encuentro sexual con su marido, los interludios y el clima fantasmagórico que se logra con la aparición de la mujer mexicana.

El Teatro Colón ofreció con carácter de estreno argentino -y presuntamente latinoamericano- Un tranvía llamado deseo (A streetcar named Desire) de André Previn con muy buena calidad artística general. No obstante la primera impresión es la de una ópera demasiado extensa y hasta en algunos momentos aburrida, para lo que propone musical y argumentalmente. El primer acto es excesivamente descriptivo y por lo tanto la acción es muy lenta y la línea de canto es como una permanente conversación con palabras entonadas sin mayor relieve musical, tanto el segundo como el tercer acto tienen mayor impacto dramático que se incrementa a medida que el personaje de Blanche se desmorona y muestra la verdad escondida.

David Brophy condujo con mano segura a la Orquesta Estable logrando un muy buen rendimiento y buscando matices en una obra ecléctica pero de un entramado sinfónico complejo, que no crea la acción sino que la sigue y la comenta. 

Orla Boylan fue una creíble Blanche Dubois con adecuada línea de canto y gran desempeño escénico. Sara Jane McMahon mostró una voz pequeña pero muy bien trabajada para dar vida a Stella, hermana de Blanche.

David Adam Moore (Stanley Kowalski) acreditó sólidos recursos canoros y muy buena prestación escénica, mientras que Eric Fennell (Harold ‘Mitch’ Mitchel) fue correcto y prolijo en la composición de su personaje.

Un verdadero lujo Victoria Livengood como Eunice Hubbell, bien resuelto el joven diariero por parte de Pablo Pollitzer y correcto el resto del elenco en sus breves roles tanto cantados como actuados. 

Enrique Bordolini diseñó una funcional y bella escenografía, a pesar de la sordidez del cuadro general, que permite ver tanto el interior como el exterior del edificio donde viven los protagonistas. Sobre la izquierda está la torre con la escalera que conecta con el piso superior de Eunice y Steve Hubbel, y a continuación se sucede la casa Stella y Stanley Kowalski, así se ve el pórtico de ingreso, el living-cocina-habitación de huéspedes, la habitación del matrimonio y el baño. En algunos momentos parte de la escenografía avanza hacia el proscenio o la escalera cambia de lugar para permitir ver a Stella bajando para el fogoso encuentro sexual con su marido. Por detrás y arriba se ve el tendido eléctrico, carteles con luces de neón y parte de un viaducto.

Rita Cosentino en la puesta en escena demostró todo su potencial creativo para hacer de una obra de devenir parsimonioso una gran creación teatral. La idea de poder ver lo que sucede en el baño añade credibilidad al deterioro progresivo de Blanche y permite apreciar que en los pretendidos baños de agua caliente de la protagonista no sólo no se baña sino que hace cualquier otra cosa -como sentarse absorta en el borde de la bañera, mirarse en el espejo, quedarse parada sin hacer nada, probarse zapatos o caminar por ese espacio sin ningún sentido- como también es el lugar donde se materializan sus recuerdos, como por ejemplo la homosexualidad del marido.

Completaron la muy buena versión visual Alvaro Luna y José Luis Fiorruccio en las proyecciones lumínicas y de video y el atildado vestuario de Gino Bogani. 

En suma: un estreno interesante servido de la mejor manera.

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