Pasa el tiempo rápido. Si no recuerdo mal, hace ya nueve años que no veía una de las obras más populares de Wagner, ahora en la versión en que fue su estreno absoluto en Dresde. Siendo una de las obras del autor que más me gustan en su totalidad y sin esas longitudes temerarias o esas repeticiones en la que el músico-libretista pareció complacerse cada vez más (y dentro de los títulos de asunto religioso sin los problemas pseudometafísicos de Parsifal) hoy también es una obra que cuesta hacer bien, y a la prueba me remito.
Era esta la función número 46 de esta puesta en escena en la moderna (la más joven de las tres que posee Berlín, ciudad que tanto ha visto y soportado) Deutsche Oper, y una función vespertina. Pero a pesar de eso el teatro no estaba rebosante como hacían prever título y alguno de los intérpretes.
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