Entrevistas

Entrevista a Gillen Munguía

Jorge Binaghi

jueves, 30 de mayo de 2019
Gillen Munguía © Rocco Casaluci, 2019

Conocí a Gillen Munguía, por casualidad, tras sus dos audiciones en el último concurso Viñas en el Conservatorio del Liceu. En la primera cantó una excelente versión del aria de Mcduff del Macbeth verdiano; en la segunda la escena completa de Alfredo en Traviata, muy bien hecha salvo alguna tensión más que comprensible hacia el final de la cabaletta, y una muy buena versión de un aria de zarzuela. Luego fue a sentarse para seguir el resto de la sesión, y tuvo la mala suerte de hacerlo justo detrás de mí. Empezamos a conversar y encontré a un cantante joven, con mucha ilusión y, lo que es más sorprendente, buen conocedor de otros cantantes -no sólo de su cuerda- y también de otros tiempos. Le pregunté, naturalmente, si tenía alguna relación con el renombrado Carlos Munguía (muchos nos educamos en zarzuela con sus grabaciones), y me respondió con sencillez que era su nieto. Le pedí una entrevista un tanto especial, visto que ya marchaba: que pusiera por escrito lo que consideraba de interés para los lectores. El resultado es éste: 

Me llamo Gillen Munguía Arbaizagoitia, y soy tenor lírico. Nací en San Sebastián un 17 de enero de 1990 en una familia con una gran tradición lírica. Mi abuelo era el conocido tenor Carlos Munguía, que había sido uno de los tenores españoles más importantes de su generación, y que dedicó toda su vida al género de la zarzuela, del cual grabó más de cincuenta títulos junto al maestro Ataúlfo Argenta y cantantes como Teresa Berganza, Pilar Lorengar, Manuel Ausensi,…

Sin embargo, pese a que siempre he estado muy ligado a mi abuelo, con el que mantuve una estrechísima relación hasta su muerte en 2012, mi pasión por la música clásica empezó tarde. En casa del aitona solíamos escuchar música clásica, y de vez en cuando nos llevaba a las humildes representaciones de zarzuela que se representaban en nuestra ciudad. 

Sin embargo no fue hasta el 2001, cuando contaba con 11 años y mis abuelos me llevaron a una función de Rigoletto bajo la dirección de López Cobos en la Quincena Musical donostiarra, que me enamoré del teatro lírico. Lo incluía todo: teatro, música, poesía, intriga, coros, iluminación,… Aquella función junto a una posterior función de la zarzuela Los Gavilanes (el mismo año, creo recordar) fueron el desencadenante de que yo comenzara a profundizar en todos los títulos que estuvieron a mi alcance.

Fue tal mi pasión por el teatro lírico que en un período de pocos años conocía de memoria muchas de las grabaciones clásicas de zarzuela y otras tantas de ópera. Recuerdo que una vez por semana nos solíamos reunir mi abuelo y yo para escuchar largas sesiones de grabaciones de zarzuela, de ópera, y a cantantes que nos gustaban, todo ello enriquecido con cientos de anécdotas que mi abuelo compartía conmigo. Él me enseñó a admirar a cantantes como Carlo Bergonzi, Alfredo Kraus o Aureliano Pertile, entre otros; y a respetar a aquellos que pudieran no gustarme. Y me dió a conocer una infinidad de grandes artistas que hoy en día solo viven en el recuerdo de los que nos consideramos melómanos. 

Esta pasión por la música, y el hecho importantísimo para mí de tener a mi alcance una infinidad de partituras y manuscritos que no sabía leer, fueron fundamentales para que yo empezara mis estudios de música, piano, trompa y contrapunto. Nada hacía indicar que yo terminaría siendo cantante. Mi abuelo jamás quiso influirme para que estudiara canto, y creo que si al final he terminado siendo tenor ha sido porque ha habido muchísimas pequeñas acciones que me han llevado por este camino.

La primera relacionada con el canto estuvo cuando tendría unos 17 años, cuando mi profesora de piano me animó a inscribirme en las audiciones para el nuevo coro juvenil del Orfeón Donostiarra, porque me había escuchado cantar las partes que tocaba al piano. La proposición me hizo gracia en su momento y pensaba que quedaría como una anécdota, porque mi abuelo también había comenzado la carrera como cantante en la misma entidad donostiarra. Y recuerdo cómo la próxima vez que estuve con mi abuelo yo bromeaba sobre la posibilidad de que cantara en un coro, y él no solo no me llevó la contraria sino que ninguneó mi oído musical y sentenció que jamás pasaría ni las pruebas de un coro juvenil.  Ahora con el tiempo sé que su intención no era mala. Todo lo contrario, lo que quería era ponerme a prueba y ver si realmente me presentaba porque veía cualidades en mí; y yo, en plena adolescencia, me lo tomé como una afrenta personal y para demostrar mi valía, me presenté a las audiciones del Orfeón juvenil con tanto aplomo que no solo me cogieron en el coro juvenil sino que empecé a cantar también en el coro principal, y pronto empecé a interpretar pequeñas partes solistas, siendo mi primer gran debut la Misa de la Coronación de Mozart con 21 años. 

Gracias a estos solos, y mi deseo de afrontarlos decentemente, empecé mis estudios de canto en mi ciudad natal. Mi abuelo nunca quiso inmiscuirse en mi formación como cantante; él mismo reconocía que si no se había dedicado a la enseñanza era por honestidad con los alumnos, ya que el suyo había sido sobre todo un canto natural. Pero siempre se mostró entusiasmado con que estudiara canto y viendo mis pequeños avances hasta su fallecimiento. Él siempre me aconsejaba, y lo tengo grabado, que no dejara nunca de estudiar porque esta es una carrera de fondo. 

Yo seguí estudiando, y después de haber debutado en producciones muy humildes La Cenerentola de Rossini y Rinaldo en Armida de Haydn, en el 2016 se me brindó mi primera gran oportunidad profesional de interpretar Elvino de La Sonnambula de Vincenzo Bellini bajo la supervisión técnica del gran tenor Chris Merritt en el International Opera Studio de Gijon. El trabajo que realicé a nivel técnico-vocal con Chris Merritt supuso un punto de inflexión en mi carrera artística y por el que siempre estaré agradecido. Y es que cuando llegué a trabajar con él La Sonnambula, me encontraba sin saberlo en un momento de crisis vocal: y es que sin que yo me diera cuenta, mi voz estaba evolucionado en poco tiempo de un tenor ligero a la de un tenor lírico puro, y ya no se adecuaba al repertorio que venía estudiando. Su labor fue decisiva en aquel momento, y seguí su consejo y decidí cancelar los compromisos que tenía adquiridos como tenor ligero y dedicarme exclusivamente al estudio de la nueva vocalidad desde las bases y al nuevo repertorio. En aquel periodo de latencia, pude sin embargo continuar con recitales de canción y con pequeños roles como el Remendado de Carmen de G. Bizet que realicé en San Sebastián junto a la gran mezzosoprano Maria José Montiel. 

Fueron meses de mucho estudio e indecisión, y tuve la fortuna de contar con la ayuda de Chris Merritt y el gran pianista Josu Okiñena que desde entonces ha sido una figura esencial en mi formación; aunque también pedí consejo a profesionales de la talla de Maciej Pikulski, Rubén Fernández-Aguirre y Ana Luisa Chova.

Pero sin duda el proyecto formativo que cambió mi vida fue participar en el Opera(e)Studio de Ópera de Tenerife con la ópera I Capuleti e I Montecchi de Bellini bajo la supervisión de Giulio Zappa justamente un año después de aquella Sonnambula. Aquel periodo formativo en la Ópera de Tenerife me cambió la vida: la labor técnica y de profundización que desarrollé junto a figuras destacadas como Giulio Zappa y Mariella Devia ha sido indispensable en mi perfeccionamiento. Yo estoy convencido de que si no hubiera pasado por esta plataforma de perfeccionamiento no estaría donde estoy ahora.

Mi participación en este curso de perfeccionamiento facilitó mi debut en mayo del 2018 en el Teatro Comunale di Bologna con la misma producción, I Capuleti e I Montecchi, dentro del programa de formación de jóvenes intérpretes Opera Next de la Scuola dell´Opera del mismo teatro. Y también me facilitó la posibilidad de participar como cover en el rol homónimo de Roberto Devereux donizettiano en el Teatro Regio di Parma en marzo del 2018, siendo éste mi primer contrato internacional y una experiencia inolvidable, porque de repente me veía en un teatro histórico como el Regio di Parma, compartiendo los ensayos junto a Mariella Devia o Sonia Ganassi, artistas que siempre he admirado.

Creo que aquella producción de Roberto Devereux en el Regio di Parma ha sido la experiencia más enriquecedora de mi vida, y en la que más he madurado y crecido como artista. Empezando porque ha sido el rol más endiablado que he estudiado, y creo que me hizo mejorar tantísimo a nivel vocal (Roberto Devereux o lo cantas muy bien, o no llegas al final) hasta por el hecho de que el tenor se enfermó durante cierto período de ensayos, y tuve que estar a la altura de compañeros como Mariella Devia y Sonia Ganassi sobre los escenarios.

Pero no quiero olvidarme de nombrar que la oportunidad más importante que me brindó el Regio di Parma fue conocer al pianista y repertorista Simone Savina, que me descubrió el mundo infinito que hay detrás de cada nota musical, y que sigue siendo una figura fundamental en mi desarrollo profesional y en mi profundización del estilo operístico, sobre todo de la “parola scenica” verdiana.

Con esta labor que venía desempeñando fue mucho más fácil ser aceptado en otoño del 2018 en el Laboratorio Donizettiano que tuvo lugar en la Accademia del Teatro alla Scala de Milán y en el Festival Donizetti de Bergamo. Para mí, formarme en la Accademia Teatro alla Scala junto a la maestra y soprano Luciana Serra y al barítono Renato Bruson ha sido otro sueño realizado. Y debí de hacer una buena impresión porque me ofrecieron el cover del personaje de Warney en la recuperación de la ópera Il Castello di Kenilworth del maestro bergamasco junto a Jessica Pratt y Carmela Remigio el pasado mes de noviembre, siendo de nuevo por tercera vez el cover del gran tenor y amigo Stefan Pop, que es uno de los grandes tenores de mi generación.

Actualmente compagino mis compromisos profesionales junto a mis estudios de perfeccionamiento (siguiendo el consejo de mi abuelo) y continúo estudiando técnica vocal junto a la soprano Elisabetta Tandura (que ha sabido sacar todo lo que soy) y repertorio junto a los citados pianistas Simone Savina y Josu Okiñena. 

Esta maravillosa trayectoria que ha comenzado en otoño del 2017 con mi paso por el Opera(e)Studio de Tenerife se ha coronado con la grabación de mi primer disco con la prestigiosa discográfica Sony Classical, Lexía, que me ha dado el voto de confianza para grabar en su sello una cuidada selección de canciones, chansons y lieder, y me ha dado toda la libertad del mundo para profundizar en la expresión de cada palabra en la totalidad armónica y expresiva de cada canción. Junto a mí he tenido a mi maestro Josu Okiñena, que es un pianista consagrado, y con quien creo que he hecho un gran trabajo que no dejará a nadie indiferente, porque hemos querido profundizar en el acento incisivo y dramático de cada palabra. 

Por delante quedan este año la publicación de este disco, mi debut como Alfredo en La Traviata de la Ópera de Tenerife y el debut de Rafael de El Gato Montés de Manuel Penella en el mismo teatro; un recital de zarzuela junto a la Bangkok Symphony Orchestra en Tailandia; además de diversos recitales por España e Italia, y algunos compromisos de los que aún no puedo hablar.

Esta es una profesión de fondo, como las carreras; y no puedo pedir más a la vida a mis 29, más que seguir estudiando y creciendo como artista con humildad y sacrificio para poder hacer una larga carrera honesta.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.