Italia

Sin sal ni pimienta y muy aguado

Jorge Binaghi

miércoles, 17 de julio de 2019
Milán, miércoles, 19 de junio de 2019. Teatro alla Scala. Ariadne auf Naxos (Viena, Hofoper, 20 de junio de 1916), libreto de H.von Hofmannsthal, música de R. Strauss. Puesta en escena: Frederic Wake-Walker. Escenografía y vestuario: Jamie Vartan. Luces: Marco Filibeck. Intérpretes: Tamara Wilson (Ariadna/primadonna), Daniela Fally (Zerbinetta), Michael König (Baco/tenor), Daniela Sindram (Compositor), Gabriel Bermúdez (Arlecchino), Joshua Whitener (Maestro de baile), Markus Werba (maestro de música), Alexander Pereira (Mayordomo) y otros. Orquesta del Teatro. Dirección: Franz Welser-Möst.
Wake-Walker: Ariadne auf Naxos © Teatro alla Scala, 2019

Hacía mucho que no veía en forma escénica esta obra (la última fue en concierto en París y nada mal) y he vuelto a comprobar lo difícil que es acertar con ella. Pero si en la parte escénica estoy acostumbrado a cualquier tipo de solución, venga o no a cuento, seguramente esta es la vez en que el aspecto musical ha sido igual de débil. Eso es lo que suele pasar cuando se insiste en elementos que tal vez funcionen -a medias- en otros sitios pero no se pueden trasladar mecánicamente a éste (por ejemplo) so pena de que las costuras se vean mucho o demasiado. Por empezar hay que recordar que este título no ha estado muy presente en la Scala ni demasiado bien (si exceptuamos el estreno tardío, en italiano, en la década de 1950, nada menos que con Victoria de los Ángeles y Alda Noni). El público por lo tanto no lo conoce bien ni -equivocadamente, pero no es su culpa- lo tiene en gran estima. Si así ya está asegurada la falta de asistencia masiva una versión ‘más’ (yo diría ‘menos’) da como resultado huecos vistosos en toda la sala.

Y claro, si la puesta en escena de Wake-Walker resultó desvaída (las ideas fueron pocas, las luces buenas, decorados mínimos y vestuario acertado, mientras aparte de uno o dos gestos la concepción de los personajes pareció más bien la que cada uno de los cantantes tenía) y más en la tónica de su floja versión de Las bodas de Fígaro que de la simpática de La finta giardiniera (ambas aquí mismo por eso de la insistencia en determinados nombres -en detrimento de otros-) la dirección de Welser-Möst no mejoró la situación. Como siempre fue aburrido, monótono (hasta el gesto es permanentemente igual; no sé cuál sería la diferencia con un metrónomo) y tendió un manto gris sobre todo. Y eso que la orquesta a nivel puramente instrumental estuvo muy bien. 

Los comprimarios fueron en general, entre buenos y muy buenos, pero contratar a Tobias Kehrer para hacer de Truffaldino y nada más me parece un lujo absurdo. Bien las tres ninfas (dos alumnas de la Academia de la Scala, Anna-Doris Capitelli, mezzo, en Dríade, y Enkeleda Kamani, Náyade; Eco fue cantada, muy bien, por Regula Muehlemann). Muy bien los otros cómicos, Krasimir Spicer (Scaramuccio) y Pavel Colgatin (Brighella, algo menos). El Arlequín de Bermúdez ha sido lo mejor que le he visto y funcionó con simpatía y sin casi signos de engolamiento. Bueno asimismo el maestro de baile de Whitener y excelente el de música de Werba. El director general de la Scala, Pereira, fue un adecuadamente antipático Mayordomo -un tanto enfático. 

Y vamos a los roles principales. Lo que hizo Strauss con el dios Baco (y el tenor que lo representa) es de juzgado de guardia. Koenig tiene el mérito de resolverlo sin incidentes, con voz bastante fea y voluminosa, pero como fraseo fue tan insulso como la dirección de orquesta. Wilson cantó una excelente Ariadna (fue de lejos la mejor, y si se me apura la única), bien interpretada en sus dos vertientes de cantante caprichosa y trágica de escena. La voz está en un gran momento y ningún agudo ni grave la puso en dificultad y el centro es ancho y cálido. Personalmente fueron los suyos los únicos momentos en que me interesé por lo que veía. Cantaba en el segundo reparto, que incluía también una Zerbinetta distinta (las anteriores habían sido, respectivamente, Krasimira Stoyanova y Sabine Devieilhe). Fally es miembro del ‘ensemble’ de Zúrich donde canta una larga serie de papeles. Estuvo hábil, correcta, pero la voz es pequeña y se mueve sin dejar uno solo de los mohines de la tradición y alguno más de cosecha propia. Cantó bien la difícil aria de la cómica, sin mayor relieve y sin ninguna trascendencia en el fraseo del maravilloso texto que le toca cantar. El público aplaudió -el único aplauso durante el transcurso de la función- porque los sobreagudos siempre llaman la atención (o despiertan). Sindram, también miembro frecuente en Zúrich, tiene una voz de mayor importancia, pero limitada en el agudo, que la obliga a compromisos de todo tipo. Su final del prólogo, por culpa de una dirección que hace que se ‘suicide’ aunque no de veras, desconcertó al público y realmente es un anticlímax inútil. Telón rápido.

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