Italia

¿Un genio oculto?

Jorge Binaghi

viernes, 9 de agosto de 2019
Martina Franca, martes, 30 de julio de 2019. Palazzo Ducale (Cortile). Ecuba  (Nápoles, Teatro San Carlo, 13 de diciembre de 1812), libreto de Giovanni Schmidt, música de N. A. Manfroce. Dirección escénica, escenografía y vestuario: Pier Luigi Pizzi. Intérpretes: Lidia Fridman (Ecuba), Roberta Mantegna (Polissena), Mert Süngü (Priamo), Norman Reinhardt (Achille), Martina Gresia (Teona) y Alfonso Zambuto (Duce Greco). Orquesta  del Teatro Petruzzelli de Bari. Coro del Teatro Municipale de Piacenza (maestro de coro: Corrado Casati). Dirección: Sesto Quatrini
Pizzi: Ecuba © Clarissa Lapolla, 2019

Se trataba probablemente de la exhumación más importante del Festival este año, con un autor del que Rossini había dicho que si no hubiera sido por la temprana muerte habría constituido un rival temible para él, en una operación que contaba con el impulso del evidente interés de Fabio Luisi. El director se enfermó y abandonó los ensayos, o eso se ha dicho. También se enfermó, sin lugar a dudas, Carmela Remigio prevista para la protagonista y que finalmente cantó la última función (yo presencié la primera, difundida por radio y con posterioridad por televisión). No hay duda de que cambiar de director ya entrados los ensayos y de protagonista a ultimísima hora (el general) ha significado dos cosas: demostrar que las autoridades están en condiciones de lograr resultados dignos en cualquier caso, y que la ausencia de figuras de nombre tal vez habría podido realzar momentos de la obra, que de todos modos no parece lo que se decía.

Bien escrita, pero sin demasiada consistencia dramática pese al tema, con sólo un cuarteto sobresaliente y dos o tres arias buenas (pero no geniales, y una de ellas lo que se llamaría una de las sucesoras de las de ‘furor’ en el barroco con un acompañamiento de arpa muy bonito, pero que retira cualquier fuerza al texto). También hay momentos de recitativos interesantes, que siguen la huella de Spontini, pero no lo son. Y es que, entre otras cosas, el libretista, que es autor de la traducción al italiano, por ejemplo, de La Vestale del compositor recién nombrado, tradujo este texto del libreto francés de una Hecube escrita por un miembro de la Académie Française, Milcent, para una partitura de de Fontenelle. Y se nota. Ni es francés mal traducido, ni es italiano, aúlico o no. Muchas veces es imposible. Otras es francamente ridículo y no ayuda a la música (‘Di rose porporine/a lei s’adorni il crine’ -transcrito con un error en el libro-programa- canta el coro en el segundo acto, y uno se encuentra pidiendo perdón a Pepoli por su más que mediocre libreto de I puritani). El propio final es abrupto y poco dramático.

Y ciertamente no ayudó la puesta en escena de Pizzi (recibida con algunas manifestaciones de desaprobación, amén de los aplausos que siempre despierta su simpática presencia), que se limitó a recordarnos que había empezado como escenógrafo y figurinista y dio la enésima versión de su forma de encarar los temas grecorromanos con mucha elegancia, mucho blanco y violeta, gestos mayestáticos y ampulosos, y en el fondo cero caracterización y más bien una función de concierto encubierta. El túmulo de Héctor con un guerrero muerto bien presente y de buena presencia (Giovanni Fumarola), como suelen ser los figurantes en las producciones de Pizzi. 

Quatrini, que pasaba además por una situación incómoda, demostró que es un maestro capaz de sacar adelante una situación difícil y sería bueno poder oírlo en obras elegidas y/o preparadas por él desde el principio. Si no la conocía antes, su trabajo es sorprendente. Si no, es muy bueno, considerando que la orquesta del Petruzzelli, siendo muy digna, no es un conjunto brillante (sobre todo en las cuerdas). El coro lo hizo bien aunque sus integrantes no colaboraron en la parte dramática porque las caras de horror o de alegría parecían salir de las películas históricas mudas que dieron su primer renombre a la cinematografía italiana.

Si se piensa que el padre y marido (Príamo) y enemigo-amante (Aquiles) fueron roles estrenados por Nozzarri y García se entenderá por qué ambos roles tenoriles son temibles. Süngü, por otras ocasiones, parece más bien un tenor lírico y sólo en el último acto pareció estar discretamente a la altura de lo que se le pedía vocalmente. Reinhardt tiene una voz más adecuada, pero irregular en el timbre, y aunque valiente algunos ataques fueron bruscos. De las dos voces femeninas Polissena tiene probablemente más exigencias, y Mantegna lo hizo bien, pero demostrando claramente que está más cómoda en un repertorio posterior y su agudo fue más de una vez metálico. Fridman, de veintitrés años y de severa y delgada figura, hizo una protagonista más que decorosa aunque la voz, sin carecer de interés, no parezca poseer ninguna cualidad o atractivo particular y el agudo -se entiende- fue cauto. Pareció poseer una voz para la parte y su italiano fue más entendible que el de otros. Correcta en su corta pero bella intervención Gresia. Como Zambuto tiene una frase o dos no me parece correcto arriesgar un juicio. De interpretación de los papeles no creo que se pueda hablar estrictamente aunque todos procuraron otorgarles credibilidad. 

Dicho lo cual, la frase de Rossini parece sin duda algo exagerada y no creo, francamente, que esta obra vaya a encontrar acogida no digo ya en un teatro de repertorio, sino en un Festival hasta dentro de bastante tiempo. En todo caso, si estoy vivo (cosa que me parece difícil a no ser que tenga una longevidad respetabilísima), no creo que me vayan a dar las fuerzas y/o las ganas para comprobar si estaba equivocado o no. 

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