Italia

‘Abitare l’opera’

Jorge Binaghi

lunes, 12 de agosto de 2019
Matera, viernes, 2 de agosto de 2019. Piazza San Pietro Caveoso. Cavalleria rusticana (Roma, Teatro Costanzi, 17 de mayo de 1890). Libreto de G. Menasci y G. Targioni-Tozzetti y música de P. Mascagni. Dirección escénica: Giorgio Barberio Corsetti. Escenografía: Massimo Troncanetti. Vestuario: Francesco Esposito. Luces: Marco Giusti. Video: Igor Renzetti, Lorenzo Bruno. Intérpretes: Veronica Simeoni (Santuzza), Roberto Aronica (Turiddu), George Gagnidze (Alfio), Leyla Martinucci (Lola) y Agostina Smimmero (Lucia). Orquesta y coro (preparado por Gea Garatti Ansini) del Teatro San Carlo de Nápoles. Con la participación de los actores del Prólogo y del Coro de ciudadanos de Matera. Director: Juraj Valcuha.
Corsetti, Cavalleria rusticana © Fondazione Matera Basilicata, 2019

El título de esta reseña es el lema con el que se presentó este espectáculo, único evento lírico entre tantos que sirvieron y servirán para celebrar la merecida designación de la ciudad de Matera como capital europea de la cultura en 2019. Cuando en los años sesenta del pasado siglo todavía la pobreza extrema era moneda frecuente y las ‘casas grutas’ excavadas en los imponentes sassi (literalmente ‘rocas, peñas’), hoy patrimonio de la humanidad y ‘reconvertidos’ habría sido pura ciencia ficción imaginar desenlace tan positivo y ‘rápido’. Ojalá que esta designación sirva no sólo para alentar el turismo interno y externo, sino para dar un definitivo impulso a una ciudad única que se lo merece.

Para que la gente ‘habitara la ópera’ se decidió que se darían dos funciones de la obra de Mascagni al aire libre en la plaza de San Pietro Caveoso, que tiene cabida para mil espectadores de pie; sobre ella se yergue la roca en la que se encuentra la iglesia de Santa Maria de Idris, de imponencia notable.

El director Barberio Corsetti pensó que, en vez de las dos óperas típicas, empezar con un prólogo creado por él con los ciudadanos de Matera en su doble función de actores no profesionales unos y coro de la ciudad los otros que hiciera un recorrido de un sasso (San Pietro Barisano) al otro (el arriba mencionado) guiados por un ángel y un diablo (marionetas dirigidas por Raquel Silva y creadas por Alberto Favretto y Marta Montevecchi, de Venecia), que también presidían la función operística, y en el que se iban exponiendo los siete pecados capitalistas (sic), varios de los cuales aparecerían reflejados en la ópera. Hubo canciones, música, tradicional y creada expresamente, actuaciones, carteles brechtianos sobre cada pecado, en una verdadera procesión en la que participaban no sólo los locales sino los visitantes (un servidor entre ellos) en medio de un calor intenso. 

Este prólogo duró una hora y media aproximadamente y luego de un intervalo para descansar vino la representación lírica, que el público acogió con evidente satisfacción y no poco orgullo. 

Si los trajes (acertados o no -el de los dos protagonistas masculinos era más bien de juzgado de guardia-) y el más que sobrio decorado predisponían a un espectáculo tradicional en el que sólo sorprendía la cercanía de los intérpretes con el público (aparecían y desaparecían entre él, por ejemplo), e incluso de orquesta y director, la parte ‘moderna’ y sorprendente era la ilustración en video sobre la roca, de un efecto singular, pero en la que desfilaron desde florecillas más bien ‘kitsch’ hasta los rostros de los artistas, cuyo primeros planos eran muy impresionantes y eficaces. 

En el aspecto propiamente musical hay que destacar como nota negativa el sistema de amplificación cuyo funcionamiento dejó bastante que desear y, por ejemplo, creo que incidió mucho en la forma en que se oyó a Aronica.

Pero también la orquesta, que es un buen conjunto, habría podido salir mejor parada, y eso que la batuta de Valcuha es buena, el entendimiento con ‘su’ orquesta es claro, y manejó tiempos y sobre todo dinámicas muy apropiadas.

El coro del Teatro también es bueno y se lució (maestra directora: Gea Garatti Ansini). 

Con la excepción de Gagnidze, el resto del reparto era italiano. El barítono no es un modelo de seducción tímbrica, ni de fraseo o matices, ni tampoco un gran actor, pero Alfio es un personaje rudo y bastante primitivo por lo que con su solidez vocal y su presencia Gagnidze dio muy buena cuenta de él.

Prometedora la Lola de Martinucci, buena realidad la Mamma Lucia de Smimmero, cada vez más activa en los teatros de su país. Aronica es un buen Turiddu, que en otras condiciones seguramente puede llegar a muy bueno. El hecho es que la voz corrió fácil pero sin el squillo de otras actuaciones y el acento apasionado y expansivo fue justo.

Simeoni repetía su primera Santuzza de pocas semanas antes en Nápoles (de donde provienen espectáculo y reparto) y mostró garra sin dejarse llevar por excesos. A algunos les sorprendió una protagonista que no se desmelenara todo el tiempo en lo escénico y lo vocal. Simeoni ni gritó ni creció notas, ni tampoco se lanzó a por calderones. Tampoco exageró el tono ni abrió los graves en busca de las profundidades de las grutas de Matera como hacen tantas que consideran que en vez de una muchacha sencilla en una situación que la supera aquí hay una ‘loba’ que permite cualquier sobreactuación escénica y vocal. Si eso es o no una limitación no me parece cuestión de opiniones ni de juicios sobre la vocalidad o mímica de un cantante, sino de lo que esperan algunas personas (críticos incluidos) de un cantante lírico en un repertorio y personaje determinados. Y por supuesto hay diferencia entre ser frío y supuestamente apasionado, pero también hay zonas intermedias que son, justamente, las más equilibradas y completas.

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