Al día siguiente de Medée, los filarmónicos de Viena se trasladaron al sugestivo escenario rocoso de la Felsenreitschule para otra obra poco conocida por ellos, el Edipo de Enescu. Lo hicieron con Ingo Metzmacher, que magistralmente evitó solucionar la paralizante parsimonia de oratorio de la obra con exhibicionismos sonoros. Por el contrario, su lectura se concentró más bien en una intensa vivisección de detalles orquestales. Magistral fue la forma en que el coro de la Ópera de Viena se integró a la orquesta como si cada voz fuera un instrumento más en esta audaz exploración de texturas y cromatismos.
En contraste con el neorrealismo de Stone para Medée, Achim Freyer propuso un escenario de pesadilla, poblado de monstruos, marionetas gigantes y personajes espectrales, todos ellos en marchas escénicas de aplastante dramaturgia. Y en el…
Comentarios