Francia

Poco Indias y menos galantes

Jorge Binaghi

viernes, 11 de octubre de 2019
París, lunes, 30 de septiembre de 2019. Opéra Bastille. Les Indes Galantes (París, Académie Royale de Musique, 23 de agosto de 1735; el último cuadro agregado en 1736), libreto de L. Fouzelier y música de J-Ph. Rameau. Puesta en escena: Clément Cogitore. Coreografía: Bintou Dembélé. Escenografía: Alban Ho Van. Vestuario: Wojciech Dziedzic.  Intérpretes: Sabine Devieilhe (Hébé, Phani, Zima), Florian Sempey (Bellone, Adario), Jodie Devos (Amour, Zaïre), Edwin Crossley-Mercer (Osman, Ali), Julie Fuchs (Émilie, Fatime), Mathias Vidal (Valère, Tacmas), Alexandre Duhamel (Huascar, Don Alvar) Stanislas de Barbeyrac (Don Carlos, Damon). Coro de Cámara de Namur (Director: Thibaut Lenaerts), Compañía Rualité, Maîtres des Hauts-de-Seine/Choeur d’enfants de l’Opéra national de Paris. Dirección: Leonardo García Alarcón
Cogitore: Indes galantes © 2019 by Little Shao

Después de muchos años volvió esta obra magna de Rameau al teatro donde la vi por primera y única vez en una cuestionable versión escénica de Serban y en una extraordinaria musical (no siempre pareja) donde destacaban sobre todo Christie y su formidable orquesta y la incomparable Dessay (esa reposición de hace unos treinta años, que fue retomada pocos años después con otro reparto y se grabó en dvd: no se menciona, si no he mirado mal, en el programa de sala).

Esta vez la versión musical fue mucho más pareja, pero el deslumbramiento de algunos momentos prácticamente no ocurrió, y en cambio hubo momentos, en especial en el prólogo (y hubo algunos cortes, no sólo en él), me aburrí un tanto. Creo que la causa estuvo en la presentación escénica tan aplaudida por el público con una coreografía reiterativa y totalmente basada en el atletismo y movimientos en general violentos, y una puesta que alternaba un espacio abstracto y en general sumido en una oscuridad sólo ocasionalmente atravesada por momentos -no muy largos- de colores vivos con guiños a la actualidad (barrio rojo de Amsterdam en el cuadro persa, ‘majorettes’ en el de los salvajes) con un vestuario entre intemporal o de la más absoluta cotidianeidad contemporánea, lo que, a mi modesto y vetusto parecer, es falsear lo que significaba el barroco, y sobre todo el francés, sin agregarle nada ‘nuevo’ que le añadiera otra dimensión que no sé si le hace falta, y destruye, entre otras cosas, la variedad de las cuatro ‘entradas’ y el ‘prólogo’ en una uniformidad poco disimulada. Y la ironía y el segundo o tercer nivel brillaron por su ausencia.

Así que mejor pasar a la parte musical donde hubo mucho talento si no genialidad. García Alarcón y su orquesta son excelentes aunque la fantasía quede siempre algo corta, pero el nivel es altísimo, como el de los coros. ‘La flor del canto francés de hoy’ como modestamente se anuncia: sí que lo es aunque hay que establecer algunas distinciones.  

Las voces femeninas fueron extraordinarias. Se puede preferir a Devieilhe, que sin ocultar su embarazo salió airosa, por razones de timbre y desenvoltura escénica, pero Fuchs le fue pisando los talones. Devos puede estar un punto por debajo de ambas en razón de un color y una vocalidad más típica de una soubrette, pero en ese nivel estuvo fantástica. Las tres son muy buenas actrices, sobre todo cuando no hay más que ‘tipos’ y no personajes que sean realmente tales. 

Los señores, algo más numerosos, se diferenciaron más. Empecemos por los tenores. Vidal es un tenor de voz agradable y pequeña, pero su emisión de agudos tiene que mejorar si no desea tener pronto una sorpresa desagradable. De Barbeyrac tiene una figura colosal y un timbre solar y lo único que debe hacer es mejorar su agudo brusco, que no necesita forzar. 

Los barítonos eran tres. Crossley-Mercer tuvo partes más breves y su magnífica voz resultó más de una vez engolada, pese a que su presencia es sensacional. Sempey no estuvo demasiado fino en el prólogo con un canto muy tenso, pero se desquitó en el último cuadro donde estuvo brillante. Vocalmente el mejor y más seguro y homogéneo pareció Duhamel (quizás más como Huascar que como Don Alvar) aunque escénicamente quedó un tanto deslucido por una interpretación gestual -y a veces musical- un tanto desmedida y poco matizada. Por más que a los incas se los viera como feroces, eran siempre ‘a la francesa’ y un soldado conquistador de prosapia como Don Alvar, de sentimientos ‘demasiado nobles’ tenía la obligación de ser distinguido aunque apasionado. Como queda dicho, el público quedó encandilado y encantado y el teatro estaba repleto.

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