Christian Thielemann es un hombre rodeado de tópicos. Para unos es un músico previsible. Para otros, un mero epígono de la gran tradición alemana y perfecto paradigma de la derecha musical. Con motivo de su concierto de año nuevo un crítico español lo identificaba con la supuesta rigidez prusiana, incapaz a su juicio de entender a la Viena de los valses. Pero lo cierto es que la Viena de los valses adora al prusiano. Su largo idilio con la Staatsoper se rubricó en primavera con su magnífica dirección musical de La mujer sin sombra. Y el domingo se vio una vez más que el idilio se extiende a la Filarmónica y al exigente público del Musikverein. Pese a ser su tercer concierto con la octava de Bruckner, las butacas se habían agotado. Y al final todos perdimos la cuenta de las veces que el maestro tuvo que salir a saludar a una audiencia…
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