Alemania

Verdi y el rey de los hunos

J.G. Messerschmidt

jueves, 7 de noviembre de 2019
Múnich, domingo, 13 de octubre de 2019. Prinzregententheater. Attila, ópera con música de Giuseppe Verdi y libreto de Temístocle Solera y Francesco Maria Piave segun el drama homonimo de Friedrich Ludwig Zacharias Werner. Interpretes: Liudmyla Monastyrska (Odabella), Stefano La Colla (Foresto), Stefan Bonnik (Uldino), George Petean (Ezio), Ildebrando D'Arcangelo (Attila), Gabriel Rollinson (Leone). Coro de la Radio de Baviera. Director del coro: Stellario Fagone. Orquesta de la Radio de Múnich. Direccion: Ivan Repusic

La Orquesta de la Radio de Múnich y su director titular Ivan Repusic dedican un ciclo de funciones concertantes a la obra temprana (y no lo bastante conocida) de Verdi. Las ejecuciones son grabadas en directo y luego publicadas en discos del sello de la Radio de Baviera. Se trata pues de un ciclo muy interesante en todo sentido.
Entre los mayores compositores de opera italianos, Verdi no es el más refinado. Las filigranas musicales de Rossini, el inalcanzable melodismo de Bellini, los finos matices de Donizetti, la sabiduría y la opulencia instrumental y armónica de Puccini, etc. le resultan ajenas. Verdi es, en cambio, el compositor más vigoroso, el más directo, explícito y asequible, el que con más facilidad seduce al mayor número tanto de intérpretes como de espectadores y oyentes.

El aún joven Verdi de Attila (estrenada en La Fenice en 1846) se mueve todavía en la órbita del bel canto tradicional, pero con evidentes dificultades, pues los rasgos personales que hemos enumerado luchan ya por emerger y son en buena parte incompatibles con la tradición romántica italiana del periodo histórico de la Restauración (1814-1848). Así pues, este Verdi de Attila es, como compositor belcantista, bastante insatisfactorio, mediocre, casi rudimentario, sin, por otra parte, ofrecer una alternativa válida. El mejor bel canto tradicional le resulta inalcanzable, al tiempo que el fallido intento por satisfacer sus exigencias, frena su propio temperamento y sus posibilidades personales. Verdi todavía intenta afianzarse en un territorio que no es el suyo. 

Precisamente estas contradicciones y la evidencia de que el compositor está a la búsqueda de un camino accesible y propio son las que hacen de Attila una obra de gran interés, cargada de una tensión interna muy especial, poco frecuente y bastante mayor que su calidad puramente musical; esta se queda por detrás incluso de la obra de maestros (pienso por ejemplo en Mercadante) generalmente considerados menores, pero que poseen más oficio e inspiración. 

Lanzarse a interpretar una obra de este tipo es una empresa arriesgada, sobre todo para la orquesta y, en menor medida, el coro. En general, en la obra de Verdi las partes solistas no forman una estructura orgánica. Cada una tiene una vida y unas características propias e independientes, muy a diferencia de lo que ocurre en compositores como Rossini o Bellini. En Verdi la orquesta y el coro son los elementos que otorgan unidad y continuidad a un discurso musical que sin ellos quedaría bastante disperso. En Attila esta tendencia es especialmente fuerte. Por otro lado, la parte orquestal adolece de una cierta tosquedad. Aquí es donde Ivan Repusic y una excelente Orquesta de la Radio de Múnich realizan un magnifico trabajo. Evitando en todo momento el caer en la casi inevitable banalidad de la partitura, Repusic sabe dar a esta obra una dignidad y una hondura inesperadas. En general, la orquesta suena oscura, sombría, sin que ello perjudique la transparente diferenciación de planos sonoros. El discurso musical es coherente, continuado, la orquesta cumple magníficamente su función de "cemento" entre las intervenciones solistas y de "cimiento" que da a éstas una sólida base sobre la cual apoyarse. La impresión es que con Ivan Repusic la Orquesta de la Radio de Múnich va por el mejor camino. Diferencias estilísticas aparte, la seriedad, la competencia técnica y artística y el entusiasmo que Repusic sabe obtener de sus músicos, despiertan la esperanza de que esta orquesta, quizás muy pronto, recupere el nivel que alcanzó en el pasado bajo la dirección de Marcello Viotti.

Del Coro de la Radio de Baviera, dirigido en esta ocasión por Stellario Fagone, no puede decirse mucho, pues seria superfluo repetir que su calidad y su versatilidad excepcionales ofrecen, una vez más, una interpretación exquisita.

Attila, el papel protagonista, es interpretado por Ildebrando D'Arcangelo. Aquí estamos ante un cantante de merecida fama que posee una muy buena técnica, dominio estilístico, generoso fiato y una voz segura y voluminosa, pero que adolece de una cierta opacidad tímbrica y de una dicción que deja que desear: es muy poco lo que se entiende del texto. Por otra parte, para un cantante de fuerte presencia escénica como D'Arcangelo, una versión concertante representa una desventaja, ya que no le permite desplegar su carisma dramático y redondear su actuación compensando posibles déficits vocales.

Liudmyla Monastyrska (Odabella) es una soprano spinto, de voz ancha, potente, amplio registro y fiato, timbre aceptable, técnica y musicalmente muy correcta, fuerte dramatismo y con un vibrato demasiado marcado. La gran duda no es si Monastyrska es una buena cantante (no lo ponemos en duda), sino si es una cantante adecuada para su papel. En determinados momentos resulta aceptable, si bien tanto spinto no es imprescindible y el vibrato llega a molestar. En la romanza del primer acto, de intención claramente lírica, está del todo fuera de lugar. Una soprano mas lírica habría resultado más adecuada. También en Monastyrska se echa de menos una dicción que permita entender, aunque sea de vez en cuando, alguna que otra palabra del libreto.

Stefano La Colla, en el papel de Foresto, empieza algo nervioso, con cambios de color descontrolados, pero pronto gana seguridad y se sitúa en su personaje. De este modo ofrece algunas intervenciones brillantes, como la stretta del dúo 'Quan son di passi' del primer acto. En la romanza 'O mio furore', del tercer acto, La Colla muestra ser un tenor realmente apreciable. Ahora bien, en esta misma romanza, de inspiración evidentemente belliniana, comete un enorme error estilístico. La romanza exige de modo más que evidente ser cantada de modo puramente lírico, con una fina linea melódica, pues la imitación que Verdi hace de Bellini es más que explícita. La Colla, en cambio, canta un aria puramente verdiana, como podría hallarse en El trovador. Así pues, sobran énfasis, acentos, etc. y falta una línea melódica refinada y continua. 

El Uldino de Stefan Sbonnik es muy satisfactorio. En su breve intervención Gabriel Rollinson aparece como un joven bajo muy interesante y prometedor.

Sin ninguna duda, el papel de Ezio es el más afortunado por lo que respecta a su intérprete. En realidad, uno lamenta que no se trate de una parte mucho más larga, pues oír al barítono George Petean causa un enorme placer. En primer lugar, Petean posee una voz de hermoso timbre, poderosa, de largo fiato, prácticamente libre de vibrato, versátil y siempre controlada. Su interpretación es de excepcional elegancia en la que sabe combinar un sensible lirismo con la virilidad que exige el papel. La dicción es excepcionalmente clara, de modo que no se pierde ni una palabra de su parte del libreto. Ya en el dúo del primer acto con Attila se advierten todas estas cualidades. El aria 'A Roma, Ezio, tosto ritorna' del segundo acto es, gracias a George Petean, el momento musical culminante de la obra, algo indudablemente no previsto por el compositor. La interpretación de Petean es de un delicado y a la vez vigoroso lirismo en el cantabile. Incluso el tempo di mezzo con Foresto es de rara belleza. Por supuesto, la cabaletta es interpretada de modo brillantísimo.

Una mención especial merece el cuarteto final, en el que solistas, coro y orquesta por medio de inspiración, entrega, oficio y musicalidad, alcanzan una cumbre interpretativa.  

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