Dos títulos de Strauss en una temporada de un teatro peninsular suenan a música celestial. Si son uno relativamente conocido y otro que nunca se ha dado antes, más. Las cosas cambian un tanto si la dirección (ahora saliente) confía ciegamente en un mismo director escénico (aunque lo haya sido de otra propuesta) y musical, que gustan o no molestan a algunos, pero que despiertan reacciones poco positivas en la mayoría de público y crítica. Pero como dicen que el amor es ciego…
Por fortuna, Welser-Möst no habrá ayudado ciertamente con sus carreras continuadas de decibelios ya desde la primera nota, pero la obra lo admite en parte y los cantantes también, y ciertamente fue menos letárgico que en otras oportunidades (la anterior citada, por ejemplo). No consiguió ahogar a todo el mundo en un mar sonoro y la orquesta cumplió bien. La música (no…
Comentarios