Pocas óperas hay tan compactas como Tosca, una obra en la que cada palabra y cada nota tienen una función concreta. Ni en la acción hay momentos muertos, ni en la música elementos sin sentido dramático. La opulencia orquestal y melódica no es un puro recurso sensorial, sino un medio para dar hondura a una trama que, en sí misma, no es la más sustanciosa y que podría acercarse a la banalidad.
En este sentido, la dirección orquestal de Anthony Bramall evita todo efectismo fácil, cuida todos los detalles tímbricos de la partitura, mantiene una limpia diferenciación de planos sonoros y, al mismo tiempo, delinea muy eficazmente tanto la psicología de los personajes como el desarrollo dramático de la acción en todos sus aspectos. La orquesta alcanza un nivel técnico irreprochable, sus músicos tocan con vigor, precisión y total entrega. Así…
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