Despegó el año Beethoven en el Rudolfinum praguense. Y lo hizo de la mano de la Filarmónica Checa y su director titular, el ruso Semyon Bychkov, con un programa bien atractivo, basado en la coherencia estilística, pero también abierto a la modernidad.
La primera parte estuvo dedicada al que tal vez fuera el más grande contemporáneo del músico de Bonn, el vienés Franz Schubert, con cuya Sinfonía Inacabada se abrió el concierto. Fue una bella interpretación, sobre todo en el Andante, pero Bychkov no quiso internarse en las sombras que encierra esta partitura. Optó por leerla subrayando su lado luminoso y su intenso lirismo. En cierto modo, insertó la obra dentro del programa, que claramente apuntaba a la segunda parte, a esa explosión de júbilo que es la Séptima de Beethoven. Quizás por eso pasó de puntillas por la sombría frase de…
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