Italia

Bolle y el Ballet de la Scala

Jorge Binaghi

lunes, 17 de febrero de 2020
Milán, viernes, 31 de enero de 2020. Teatro alla Scala. Velada Van Manen - Petit. Adagio Hammerklavier (Van Manen), Kammerballet (Van Manen), Le combat des anges (Petit), Sarcasmen (Van Manen), Le jeune homme et la Mort (Petit). Roberto Bolle, Étoiles y cuerpo de baile del Teatro, dirigido por Frédéric Olivieri. James Vaughan (piano), Alfredo Persichilli (violonchelo) y Lorenzo Bonoldi (órgano)
Bolle como 'Jeune homme' © 2020 by Brescia e Amisano

No había tenido nunca, hasta ahora, la ocasión de presenciar un espectáculo ofrecido por el célebre cuerpo de baile que, por lo que he visto, merece y justifica su fama. En este caso se trataba de piezas ‘breves’, algo más de dos horas con una pausa, para homenajear a dos coreógrafos importantes del siglo XX como Petit y Van Manen (que de alguna manera se prolonga hasta los primeros años del XXI). La ventaja (o inconveniente según se mire) de no tener que contar con orquesta por las piezas elegidas para las diferentes obras queda bien neutralizada (sea uno u otro el caso) por la actuación extraordinaria del pianista, Vaughan, presente en todo el concierto, y la puntual del chelo de Persichilli en la Élégie op. 24 de Fauré para el primer pas de deux de Petit, Le combat des anges’ extraído de su largo y discutido ballet Proust, del que siempre se ha considerado el momento más logrado, y luego el órgano de Bonoldi para el momento más esperado, Le Jeunne homme et la Mort para la Passacaglia en do menor BWV 582 de J.S.Bach.

Aunque las estéticas y convicciones de Hans Van Manen y Roland Petit sean opuestas se complementan bien. Más ‘avanzado’ el primero, siempre con tendencia a mostrar en forma pura y con gran tendencia a la abstracción las relaciones (en general de parejas, pero también en lo profesional, como es el caso de la que probablemente sea la mejor y más original, Sarcasmen, sobre los Sarcasmos op.17 de Prokofiev), más ‘tradicional’ el segundo (pero en su momento ‘original’) y especialmente feliz en sus pas de deux (¿cómo no recordar su La rose malade sobre música de Mahler, cuando la protagonizaba su creadora, la inigualable Plisetskaia, que era como para convertir al ballet al más feroz de sus detractores) que también hablan de las relaciones entre personas, pero siempre mucho más ‘concretas’ (aquí los dos ‘ángeles’ -el bueno y el malo, el Saint Loup y Morel de la Récherche de Proust- sin solución final o con una que reconcilia a los contrarios; o la más tremenda aún y evidente del Jeune homme et la Mort donde la modelo que desprecia al pintor enamorado de ella se convierte en la muerte que lo lleva al suicidio). 

En los dos primeros, más ‘formales’ si se quiere, aunque siempre con esa carga de aludir a algo más allá de los movimientos en sí los bailarines fueron excelentes pero algo impersonales dentro de lo que se les marcaba -y creo que el efecto fue buscado, así que no tiene sentido hablar de uno o una mejor que los otros (¿tengo que escribir y las otras para parecer moderno e inclusivo o sólo redundante, como yo creo?). Un par de ellos, Francesca Podini, Gabriele Corrado y Gioacchino Starace repetían, y tal vez, por el simple hecho de su creciente ‘aislamiento’ y mayor ‘protagonismo’ haya que mencionar a la mujer de negro del Kammerballett, Alessandra Vassallo. Las músicas eran, en el primero, como su nombre mismo lo indica, el adagio de la Hammerklavier de Beethoven, mientras que en el Kammerballet resultaba coherente e interesante la mezcla de mundos tan aparentemente opuestos como los de Kara Karayev (preludios 1,2,3,y 5 de sus 24 Preludios), Domenico Scarlatti (Allegro de la Sonata K. 159, y para finalizar el Andante de la Sonata K. 87), ‘interrumpido’ éste a su vez por In a Landscape de John Cage. 

En el pas de deux masculino de Petit brillaron a un mismo nivel Claudio Coviello y Marco Agostino que a veces parecían un solo cuerpo blanco con dos cabezas. El primero pudo repetir en algo tan distinto como en el narcisista y competitivo primer bailarín de Sarcasmen, dando la réplica a una extraordinaria Nicoletta Manni, que se lució incluso más tal vez que en el cierre de la jornada, el esperado y célebre Joven y la Muerte, donde es cierto que tuvo que ceder la palma por cantidad más que por calidad en sí a ese fenómeno que se llama Roberto Bolle y que sigue tan joven, atlético, hondamente expresivo y con una soberana técnica como en sus primeros años (es cierto que aquí lo hemos visto sólo en un ballet que apenas pasa del cuarto de hora, pero creo que la sensación sería la misma en un ballet completo, de corte moderno o no, como los que aún incorpora). El ballet ‘existencialista’ con argumento de Cocteau, cuyos derechos Petit compró a la muerte de éste, sigue utilizando el famoso decorado de Georges Wakhevitch y los trajes de Karinska de su estreno, pero lo que más importa es que su ‘mensaje’ o ‘contenido’ llegan al espectador de hoy intactos como entonces. Mientras las repositoras de las coreografías de Van Manen fueron distintas en cada caso (Larisa Lezhnina para Adagio Hammerklavier, Nancy Euverink para Kammerballett, y Rachel Beaujean para Sarcasmen), las dos obras de Petit fueron, como es obvio y costumbre, repuestas por Luigi Bonino que ha sido asimismo relevante intérprete de las mismas en la propia Scala. Sala repleta y muy aplaudidora, con ovaciones impresionantes para Manni y, sobre todo, Bolle.

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