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China

Das neue China

Juan Carlos Tellechea
martes, 5 de mayo de 2020
Das Neue China © 2020 by C.H.Beck Das Neue China © 2020 by C.H.Beck
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China no volverá a ser la misma, tras la lucha durante estos meses contra el coronavirus. Las provincias con bajo riesgo de contagio han vuelto progresivamente a poner en marcha su economía; aflojadas las restricciones y siguiendo el llamamiento del jefe de Estado Xi Jinping. El liderazgo del partido Comunista hizo lo imposible para relanzar el motor económico y, a ojos vistas, lo está consiguiendo.

El país no podía permitirse continuar paralizado. Eran inmensas las tensiones internas entre el imperativo de regresar al trabajo y el apretado corsé para evitar nuevas infecciones. Los cuadros del partido y los jefes de las empresas estaban en apuros y bajo presión masiva. Las consignas y el optimismo mostrados dieron rápidamente frutos y la recuperación está ahora de nuevo en marcha.

El período post-Covid-19 mostrará a un país diferente al de antes de la epidemia. Los cambios en la milenaria China siempre se han centrado en detalles y nunca han sido espectaculares, afirma el destacado sinólogo Helwig Schmidt-Glintzer, profesor de la Universidad de Tubinga y director del China Centrum de esa casa de altos estudios. No cabe duda de que el liderazgo de China no pospondrá de ninguna manera las ambiciones de reforma a largo plazo

Para los 1.400 millones de habitantes de China, un país de visionarios que se adelanta siempre medio siglo a la realidad que vive en cada momento, es hoy más importante el incremento del bienestar que toda la propaganda de sus líderes, sostiene el catedrático en su libro de 130 páginas titulado Das neue China (La nueva China), publicado, ya en su séptima edición, por la editorial C. H. Beck de Múnich.

China continuará avanzando con cautela y es probable que los planes tan solo se retrasen un poco, pero muy pronto saldrán de nuevo adelante. Los primeros trenes entre China y Europa rodarán a corto plazo por la Ruta de la Seda. Entre 35 y 40 (en lugar de los más de 50 habituales) llegan ya por semana a una de sus terminales, al puerto fluvial de Duisburgo, el mayor del mundo en su categoría, La promesa de Xi de privilegiar a las empresas de importancia central para las cadenas de suministro global se está cumpliendo. Grandes empresas como Apple y otras similares ya están respondiendo.

Claro, los ambiciosos objetivos de crecimiento de China de ninguna manera se lograrán sin una fuerte intervención estatal y sin paquetes de estímulo económico. El país ha entrado ahora en una fase decisiva y la comunidad internacional, incluso Estados Unidos (hoy con más del doble de infectados por el coronavirus), desea que el liderazgo chino tenga éxito en la recuperación.

COVID19 y la historia de China vista por los propios chinos

No habría nada peor para el mundo en estos momentos que una desestabilización de China que debe preservar a toda costa su unidad. Pese a las críticas legítimas dentro y fuera de China sobre el encubrimiento inicial del brote epidémico, convertido entretanto en pandémico, se aprecian los esfuerzos de Beijing por la cooperación internacional y la transparencia.

Schmidt-Glintzer describe en su libro los acontecimientos más importantes en China de los últimos 150 años, las orientaciones de su desarrollo, sus conflictos internos, sus grandes logros, sus implicaciones en política exterior. Desde el punto de vista chino, la historia de la nueva China comienza con las guerras del opio, y el presente con el movimiento del 4 de mayo de 1919.

Esa combinación presentada por el autor entre la visión china de su propia historia y las perspectivas externas brinda al lector los conocimientos más importantes para comprender la evolución actual de ese gran país y su posición en el mundo.

Cuando las autoridades chinas admitieron por primera vez la expansión del coronavirus, tras ocultarla en un principio, nadie sabía en Occidente con qué rapidez podía extenderse esta epidemia. Los dirigentes chinos cerraron las ciudades por precaución y construyeron en Wuhan (el epicentro) en 10 días el primer hospital para personas infectadas. Esta acción serviría no solo para ayudar a los enfermos, sino sobre todo para demostrar al mundo que China estaba a la altura de este mal y que podía combatirlo. Entre la población china existe además una noción del deber que eclipsa al proverbial ethos prusiano.

Las mayores interrogantes se centran ahora en las lecciones que Beijing extraerá de la crisis. Algunas de ellas serán bienvenidas: se esperan inversiones en la reforma del sistema de salud y el control de enfermedades. Está también claro que, con la globalización, el origen de una epidemia en China tiene consecuencias fatales para el resto del planeta.

¿Lo que se comparte debe estar unido?

En Occidente se cree ampliamente que China es un país agresivo en expansión que ha sometido a otros pueblos y que no es legítimo gobernarlos. Los chinos, por otro lado, se ven a sí mismos como un poder pacífico, cuyo dominio sobre otros grupos étnicos es más cultural que militar. El Imperio chino siempre se ha entendido como un estado multiétnico. La idea de un estado unitario prima desde la primera unificación en 221 aC por el primer emperador Qinshi Huangdi.

Pero China no siempre ha tenido el tamaño que tiene hoy, 10 millones de kilómetros cuadrados. El territorio de la República Popular de China se basa en las anexiones practicadas por los emperadores manchúes en el siglo XVIII. Este hecho apenas está presente en la China de hoy. En la visión actual de la historia, los tiempos de la división del Imperio Chino también se consideran excepcionales. Fēn jiǔ bì hé (分久必合) lo que se comparte debe estar unido, éste es el principio rector en la comprensión china de la historia, afirma Schmidt-Glintzer.

El catedrático de la Universidad de Tubinga considera que se trata de un malentendido de los chinos, adoptado por la sinología occidental, de que esta ciencia se habría basado demasiado en la historiografía china del último período imperial. Con su historia detallada del estado unitario chino y sus múltiples pueblos el académico se propone aclarar ese malentendido.

Schmidt-Glintzer comienza con los mitos de su origen, describe el establecimiento del estado unitario y examina la relación entre los chinos y los pueblos marginales. Contrariamente a la creencia popular, China no tiene una historia continua de cinco mil años; y la idea del pacifismo del imperio chino tampoco es sostenible. El error de juicio chino hoy resulta, a su entender, de un problema de identidad.

En Occidente, las opiniones sobre si China es un estado en desintegración o en expansión están cambiando rápidamente. Después del cruento aplastamiento del movimiento democrático en 1989, se aceptaba ampliamente que China estaba al borde de la división. Algunos observadores ya pintaban el cuadro de una nueva era de los señores de la guerra en la pared.

Entretanto, desde que China se ha convertido en una potencia económica, la tesis de un estado expansivo y unitario se ha vuelto más popular. El poder de la idea de la unidad que describe Schmidt-Glitzer con tanto énfasis sigue absolutamente vigente. Tras una fase de transformaciones aceleradas desde la apertura del país, a finales de la década de 1970, China se empeña en conseguir una nueva estabilidad. La población se ve a sí misma como parte de la comunidad internacional y procura su participación en el desarrollo del bienestar internacional.

La mayoría de los chinos se consideran a sí mismos parte de las estructuras de comunicación. Dos tercios del total de 1.400 millones de habitantes de China tiene acceso a Internet y casi 90% utiliza teléfonos móviles. La otra cara de la medalla de esa evolución es la red digital, prácticamente sin zonas de silencio, en la que están dadas las posibilidades de vigilancia estatal. La historia del pasado que hasta ahora parecía palidecer frente a los acontecimientos del presente vuelve a cobrar significado e importancia.

Transcurridas las dos primeras décadas del siglo XXI, la historia de China es vista ahora con nueva luz. Al mismo tiempo siguen dándose constantes, entre ellas, la del imperio unitario que data de la época imperial. No todos los reformistas de las primeras fases de la República Popular China perseguían ese objetivo. Sin embargo, la voluntad de autoafirmación marca el camino hacia la unidad, sobre todo frente a los afanes de Estados Unidos y de Rusia por mantener a China en sus antiguas fronteras.

El equilibrio entre la estabilidad política y la económica, así como entre los vívidos cambios sociales y culturales se reeditará siempre de nuevo. La dinámica de la evolución económica y la capacidad de China para solucionar sus problemas internos (y el de Hong Kong es uno de ellos), hablan a las claras de que el país contribuirá también en el futuro esencialmente a que el área del Pacífico se convierta en este siglo en la zona de bienestar más importantes del planeta. Solo si Occidente y sobre todo los países europeos se preparan para ello podrán sacar provecho y participar efectivamente en la construcción del futuro.

Los pasados años han mostrado también que la simultaneidad en la apropiación de las técnicas modernas -con la introducción de la comunicación digital, las tecnologías de control y el desarrollo de la inteligencia artificial- ha propiciado una ventaja tan grande con respecto a Occidente que Estados Unidos persigue ahora una activa política de acorralamiento y de debilitamiento de China.

El presidente del anacrónico y grotesco America First procura en esta línea el respaldo de sus votantes, pero pierde irremediablemente el paso con respecto a la veloz evolución de la realidad. Como los países occidentales, e incluso la OTAN, conceden ese unilateralismo no son de excluir más conflictos. Sin embargo, el peso ganado entretanto por China en lo económico, institucional, militar y hasta financiero la convertirán, presumiblemente a muy corto plazo, en la otra potencia mundial, por lo menos en pie de igualdad con Estados Unidos.

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