Novedades bibliográficas

Das chinesische Jahrhundert

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 20 de mayo de 2020
Das chinesische Jahrhundert © 2020 by Westend

Este libro llega con algo de retraso, aunque se esmera con acierto y objetividad en una veloz puesta al día. Si el catedrático emérito de economía Wolfram Elsner, de la Universidad de Bremen, nos hubiera contado hace 30 años que la era de Estados Unidos llegaría su fin en el siglo XXI, como está ocurriendo, muy pocos le hubiéramos creído*.

El imperio norteamericano se mueve ahora sobre pies de barro y da tropiezos como un ebrio. Si nos reorientáramos, también sería importante estar atentos y poner mucho cuidado, ya que el imperio estadounidense está altamente armado y, si da un nuevo traspié, como ocurriría tras la casi segura reelección de Donald Trump (apuesto a que triunfará a falta de un buen retador) en noviembre próximo, puede reaccionar como un animal salvaje asustado y desbocado.

Das chinesische Jahrhundert. Die neue Nummer eins ist anders (El siglo chino. El nuevo número uno es diferente) se titula esta obra de casi 400 páginas, publicada por la editorial Westend de Francfort del Meno (distinguida este semana con el Deutsche Verlagspreis 20 a las editoriales independientes), que nos explica los dinámicos cambios ocurridos en China en estas últimas décadas hasta el presente (incluída la crisis del coronavirus) y nos acerca un país que todavía nos parece muy lejano, aunque como quien dice está ya a la vuelta de la esquina.

Lo que es incuestionablemente cierto es que ya no podemos prescindir de China, le demos al asunto la vuelta que queramos. En lugar de ver las ventajas de su rápido ascenso (si bien gradualmente la mano de obra barata se está acabando allí) los países occidentales le echan arena a los engranajes para complicar cada vez más las cosas. No comprenden, Trump incluído, el cambio paradigmático que está ocurriendo y se pierden oportunidades para alcanzar nuevas formas de globalización.

El propio profesor Elsner confiesa que hace 15 años no hubiera apostado ni un centavo por el futuro de la República Popular de China, pais en el que dicta clases de su especialidad como catedrático invitado. Entretanto este país ya se ha convertido en el líder mundial en el área de las más avanzadas tecnologías clave, dejando atrás a muchos pioneros en el sector. Por supuesto, no todo está en orden allí, por eso es siempre bienvenida una información lo más objetiva posible acerca de él, cosa que no ocurre a menudo a través de los medios de comunicación occidentales, como afirma en el prefacio del libro el economista Folker Hellmeyer, también de Bremen.

En 1990, al comienzo de la globalización y tras el colapso del bloque socialista, los países emergentes, China entre ellos, tenían una participación del 20% en el producto interno bruto mundial. Entretanto alcanzan ya el 63%; y como crecen por lo menos al doble de velocidad de los países occidentales es probable que sea una cuestión de poco tiempo llegar al 70%. Esos países emergentes que dictan la velocidad de la coyuntura mundial, controlan el 70% de las reservas de divisas y están habitados por el 88% de la población del planeta.

A esta altura, lo mejor que podrían hacer los países europeos es seguir aquellas hábiles tradiciones de los países de la histórica Liga Hanseática (entre los años 1150 y 1650), a la que pertenecían Lübeck, Hamburgo y Bremen, entre otros; esto es, alcanzar la transformación a través del comercio. El comercio es una política de paz activa, ya que el comercio presupone interrelaciones y construye puentes; el comercio promueve el intercambio cultural, así como el aprendizaje de unos y de otros, juntos y recíprocamente. La gran oportunidad que se avecina para ello es la Nueva Ruta de la Seda, según Hellmeyer, asesor en materia de inversiones y presidente de la sociedad privada que respalda el proyecto en Alemania.

No es de sorprender que Estados Unidos reaccione con mucho nerviosismo, frustración y agresión ante este paradigma y ante estos megaproyectos continentales. Cuanto más tiempo dure el actual presidente (que en su malhadada ignorancia no hace más que cometer un error detrás de otro) en el poder, más retrasado quedará ese gran país en el proceso de globalización. En 1999, y tras firmar un acuerdo de comercio bilateral sino-estadounidense, el presidente Bill Clinton se mofaba del futuro de China con el desarrollo de Internet. En 2011 un precandidato presidencial republicano, Jon Huntsman, auguraba que esa red, así como 80 millones de bloggers terminarían con China. El resultado de esos malos presagios está a la vista.

Pero también en las élites políticas dominantes de la Unión Europea se advierte ese desasosiego y ese desengaño incontenibles frente a Estados Unidos, en esta situación de no saber qué hacer, si seguir o no una falsa lealtad ante Washington o darle la espalda en esta encrucijada y seguir adelante sin mirar atrás (como está ocurriendo frente al Reino Unido, tras el Brexit).

La economía de China se convirtió efectivamente en una economía de mercado, como tenía que ser. No como una finalidad en sí misma. No se trata de un becerro de oro, sino de un instrumento de prosperidad de la población. No es ningún mecanismo de autodesregulación que en poco tiempo se transforme en una concentración de poder de unos pocos (un exclusivo oligopolio). Ni es algún vehículo neoliberal para hacer más ricos a los ricos y más poderosos a los que están en el poder. Sino un mecanismo que tiene que demostrar su eficiencia, que tiene que servir al desarrollo nacional, que es exigido correspondientemente para ello y está incrustado en las líneas de desarrollo nacional. Unos 800 millones de chinos salieron de la pobreza absoluta en todo este tiempo, más del doble de la población de Estados Unidos, más del 55% de la población de la Unión Europea.

El libro trata de disipar la ignorancia sobre China y muestra al país en su dinamismo y diversidad sin precedentes. Trata de temas actuales como los uigures, las protestas en Hong Kong, el origen de la epidemia de Coronavirus (con un anexo actualizado), las tecnologías cibernéticas y de informática o los diversos sistemas experimentales de puntos de crédito social (entre otros, el pago sin dinero que hará más cristalino aún al ciudadano chino).

Finalmente, la Nueva Iniciativa de la Ruta de la Seda, de la que los países europeos también se beneficiarían, es presentada como una nueva forma alternativa de globalización en todos sus aspectos desconocidos y nuevamente sorprendentes. El libro también analiza dónde se quedan los miembros de la UE en este contexto, qué papel jugará China y su sistema en el futuro; una cuestión para nada insignificante de cara al futuro de la Humanidad.

La interrogante de si el capitalismo podrá sobrevivir a China, todavía no es posible responderla a ciencia cierta, pero el estado actual de las cosas, con récords de hambruna mundiales, extrema distribución inequitativa de la riqueza y catástrofes climáticas, permite profetizar que sobrevendrán muchos acontecimientos todavía en los próximos tiempos más allá de la pandemia de coronavirus. Ni siquiera los miles de videntes (vinculados al taoísmo) que pululan en algunas de las calles de Shanghai, Taipéi o Hong Kong serían capaces de predecir este futuro.

A medida que se lee este libro, uno se va quitando gradualmente las gafas centradas en Europa, y se siente como muchos que han conocido China y relatan sus experiencias a su regreso a Alemania u otros países de este continente. Con esta obra, uno se embarca en el mismo periplo de aventura hacia el futuro que estos viajeros han encontrado en su trayecto.

Los europeos, y en especial los de esta área de habla germana en particular, debieran internalizar este trabajo y abstenerse de la arrogancia con la que a menudo tratan a otros países y sistemas, como si hubieran tomado sabiduría a cucharadas soperas. China está siguiendo un camino del que también pueden aprender los europeos, y en especial los alemanes que trabajan mirando siempre a que el balance arroje un saldo positivo y que aplican frenos a la deuda, mientras continúan aferrándose a proyectos locos de infraestructura, cuyo fracaso se conoce ya de antemano. Los chinos a menudo trabajan cambiando técnicas y programas cuando surgen problemas serios que no se pueden resolver fácilmente.

De ahí que sea hora de reconocer las oportunidades de cooperación mutua que ofrece la Nueva Ruta de la Seda (One Belt, One Road) y estar dispuestos a emprender nuevas vías que muchos países pueden utilizar. No hay duda de que tenemos El siglo chino por delante y El nuevo número uno es diferente, como reza el subtítulo del libro aquí reseñado. Esto no debería asustarnos, ni tampoco debiera contagiarnos el susto por el que pasa Estados Unidos. Más bien debería hacernos abandonar gradualmente los senderos harto transitados, que son cada vez más estrechos, si se tiene en cuentra que apenas pueden reconocerse beneficios en ellos, dejando atrás las viejas formas de pensar. Se dice que los chinos se acercan más al confucianismo cuando les va bien, al taoísmo cuando les va mal, y al budismo cuando sienten que la muerte está próxima; observarlos sería una especie de barómetro indicador de su situación. Por ahora se los ve muy confucianistas.

Incluso la Unión Europea, si sobrevive, si no se quiebra de antemano, lo cual no es poco probable, en realidad no tendría nada que contrarrestar al nuevo número uno, si se quedara en sus viejos patrones de pensamiento. Si los pies de la Unión Europea fueran tan de barro como los de Estados Unidos en estos momentos, quedarían atrapados en el pantano de sus propios errores, con déficits de democracia y de solidaridad. Sería hora ya de aprender algo de China, hacerlo juntos en el sentido de un comercio pacífico, en beneficio de muchos pueblos, y comenzar a avanzar en tal sentido.

Notas

Wolfram Elsner, "Das chinesische Jahrhundert", Fránkfurt: Westend, 2020. ISBN 978-3864892615

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