Artes visuales y exposiciones

Dioses policromados

Juan Carlos Tellechea

viernes, 12 de junio de 2020
Bunte Götter © 2020 by Prestel Verlag

Las tonalidades rosáceas eran las preferidas en los tiempos del Helenismo (desde el siglo IV aC hasta la época imperial romana). Con luminiscencia infrarroja hoy es posible analizar la utilización de los colores en la Grecia clásica, así como su distribución y las proporciones de sus mezclas sobre las esculturas y bajorrelieves presentados ahora en una fabulosa exposición titulada Bunte Götter. Die Farben der Antike (Dioses policromados. Los colores de la Antigüedad) que tiene lugar en la Liebighaus de Francfort del Meno.

La muestra, inaugurada el 31 de enero pasado, había sido interrumpida por las medidas de prevención contra la pandemia de coronavirus, pero ahora fue reabierta al público y se extenderá hasta el 17 de enero de 2021, mucho más allá de la fecha de clausura programada originalmente para finales de agosto próximo. 

El catálogo de 280 páginas*, con ensayos de especialistas como Salvatore Settis, Felix Henke, Vinzenz Brinkmann (comisario de la exhibición), Ulrike Koch-Brinkmann, Oliver Primavesi y Heinrich Piening, fue publicado por la editorial Prestel / Randomhouse  de Múnich.

La imponencia de la escultura griega y romana antigua sorprende y emociona siempre a los visitantes, sobre todo cuando se está ante colosales monumentos históricos de la Antigüedad, verbigracia el Partenón de la Acrópolis de Atenas, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

La presente exposición  muestra más de 100 piezas procedentes de colecciones de entidades internacionales como el Museo Británico de Londres, el Museo Arqueológico de Nápoles, la Gliptoteca Ny Carlsberg de Copenhague, el Instituto Arqueológico de Göttingen, la Staatliche  Kunstsammlungen Dresden y de los propio fondos de la Liebighaus, e incluye además 60 reconstrucciones realizadas en los últimos años, así como también algunas del siglo XIX, y 22 reproducciones gráficas.

El color de la escultura antigua es un fenómeno fascinante que, pese a la intensa investigación en las últimas décadas y la publicación de importantes estudios, continúa sorprendiendo y desconcertando a los expertos. El público, en general tiene siempre en mente las imágenes de las níveas esculturas y estructuras arquitectónicas de mármol blanco.  

La Liebighaus y un equipo de científicos encabezados por el conservador Vinzenz Brinkmann, con su red internacional de investigación, han profundizado en los conocimientos de la escultórica antigua. La muestra multimedia paralela, titulada Dioses policromados – Edición dorada, presenta a su vez pedagógicamente (en 3D) los últimos hallazgos y resume 40 años de intensas investigaciones sobre los colores aplicados a estas obras de arte, subraya el director de esta casa, el historiador de arte Philipp Demandt.

El profesor Dr. Vinzenz Brinkmann, nacido en Göttingen en 1958, ha estudiado el tema de la policromía de las esculturas antiguas durante 40 años. Estaba en la universidad cuando uno de sus profesores lo alentó a preservar las superficies inacabadas, mientras hacía sus prácticas como estudiante en Atenas. Más tarde se munió de una lámpara ultravioleta construída por él mismo y comenzó a inspeccionar las superficies con luz resplandeciente; en cuestión de días estaba claro: este era un gran vacío en la investigación. No se había hecho nada durante décadas. En unos pocos años, se estableció un gran proyecto de investigación que utiliza diversas técnicas para observar las superficies de las esculturas antiguas y descubrir cómo podrían haber sido en su estado original. Brinkmann es hoy director de los departamentos de la Antigüedad y de Asia de la Liebighhaus. Esta muestra que tiene carácter itinerante recorre el mundo desde 2003 y fue presentada ya en 30 ciudades en todo el mundo, incluidas Nápoles, Nueva York y Sydney.

También en la sección del museo dedicada al Medievo y la Época Contemporánea se han integrado estos nuevos avances, así como la presentación de figuras policromadas escaneadas en tercera dimensión.  Tal como ocurre con la Kore Phrasikleia (550 o 540 aC) y con la estatua de la mujer que se cubre con un manto (la Herculana, copia del siglo I dC), cuyo original data del siglo II aC en Delos, la austera vestimenta de la asombrosa Afrodita con Eros (habitualmente llamada Bikini-Venus), descubierta en 1954 en Pompeya y perteneciente al Museo Nacional de Arqueología de Nápoles, está cubierta con un tejido dorado de motivos geométricos. 

El efecto de profundo brillo metálico de los atuendos -hilo conductor durante toda la exhibición- era logrado con la colocación de un folio metálico por debajo del color y se practicaba ya en la antigüedad; es decir, no fue un invento del medievo para adornar a las Madonnas. 

En el Renacimiento se produjo una interrupción de esa continuidad cromática de la Antigüedad y del fuerte colorido del medievo, como muestra la Liebighaus en un altar florentino de los hermanos della  Robbia, pintado en un severo azul y blanco. Se desconoce si los artistas renacentistas eran partidarios de esa asepsia contra la suciedad de múltiples tonalidades, continuada por sus odiosos antecesores del gótico, o si preferían resaltar los valiosos materiales de los mármoles y bronces, evitando aplicarles color. De todas formas, la exposición viene a resaltar el hecho de que la pureza estilística del acérrimo neoclasicismo en torno al 1800 y de las corrientes de la Bauhaus en el siglo XX encubrieron el colorido de la Antigüedad con un higiénico blanco puro. 

Esta simplicidad se adaptaba también al tiempo.  Era una fase en la que uno trataba de revivir el ideal griego para posicionarse de forma librepensante contra el dogma de la Iglesia, afirma Brinkmann. Las esculturas incoloras se usaban como una característica visual de la Ilustración, agrega.

Esto funcionó bastante bien, ya que la falta de color significaba que las figuras perdían sus elementos naturalistas y, por lo tanto, su sensualidad y cercanía. Fueron llevadas a un nivel superior, subraya el conservador y arqueólogo. Los hallazgos como el de Laocoonte y sus hijos (devorados por la serpiente de Apolo) que presentaba rastros de color, no podían cambiar esta tesitura. Se decía a menudo que eran huellas dejadas por los bárbaros al rozar las estatuas.

Esta visión de la estatuaria de la Antigüedad fue  refutada en el siglo XVIII por las excavaciones de Pompeya, destruida por una erupción volcánica en el 79 dC. Los hallazgos que se hicieron en ese momento mostraban numerosos restos innegables de pintura. La lava vertida sobre la ciudad protegió los hallazgos contra las inclemencias del tiempo durante siglos. Así se conservó el color. Este fue el primer descubrimiento desconcertante de la historia, señala Brinkmann.

Las grandes excavaciones en la Acrópolis de Atenas, en Grecia siguieron en el siglo XIX. Se encontraron allí las esculturas que los persas destruyeron durante su asalto en 480 aC, agrega el comisario de la exposición. Cuando los atenienses regresaron a la ciudad, no erigieron de nuevo estas esculturas, sino que las colocaron en la tierra del santuario; esta es una tierra que protegía. Cuando en 1886/1887 los arqueólogos abrieron otra vez esta tierra -después de dos mil quinientos años- los colores eran en parte frescos y deslumbrantemente hermosos. A fines del siglo XIX, estaba claro que el mundo antiguo no era blanco, sino multicolor.

Con el fascismo en el siglo XX, la situación cambió nuevamente. La colorida antigüedad no coincidía con la estética de la dictadura de un Benito Mussolini o de un Francisco Franco o de un Adolf Hitler o de un Iósif Stalin.  Ese arte era demasiado sensual, acota Brinkmann. La pérdida de color quita sensualidad. Lo que era sexy en la antigua estatua se vuelve abstracto a través de la pérdida de color.

Este efecto se ilustra mediante la reconstrucción de la cabeza de mármol de Venus (o de Minerva) que data del 140 o 150 dC y fuera encontrada en el Monte Esquilino (una de las siete colinas de Roma), perteneciente al British Museum, comúnmente denominada Cabeza de Treu, por el arqueólogo Georg Treu, director de la colección de esculturas del Albertinum de Dresde. 

Esta pieza despertaría el interés de Treu, quien a finales del siglo XIX investigó el tema de la policromía en la Antigüedad Clásica. Para este arqueólogo la cabeza de mármol era una prueba más de que las esculturas antiguas eran policromadas y tenían el color de la piel. En el siglo XX, sin embargo, nadie quería saber más nada del asunto. 

La cabeza fue declarada falsa y desapareció en el almacén del Museo Británico. Así fue que simplemente se distorsionaron los hechos para no ofrecer una imagen que no quería presentarse, apunta finalmente Brinkmann. En realidad, el vívido manejo del color era completamente natural en el mundo antiguo, en el área oriental del Mar Mediterráneo. 

Las culturas vecinas habían creado las condiciones indispensables que necesitaba el arte griego primitivo. De esas áreas tomarían prestados los griegos los elementos tecnico-artísticos y estilísticos fundamentales. Las figuras en las tumbas, en las consagraciones sagradas de los santuarios, las esculturas en los frontones de los templos, todo estaba pintado con vivos colores, independientemente de su función. 

No era que los griegos y los romanos pintaban simplemente las piezas. Más bien ampliaban la estructura narrativa  formal de la obra con la aplicación de color y medios independientes. El color incrementa eonormemente la lectura de una figura, pongamos por caso en la vestimenta de un personaje representado en una escultura. 

En la era arcaica y en la época clásica temprana la aplicación del color estaba sometida a ciertas convenciones. Algunos objetos eran reproducidos con un color similar al del natural, pero a veces la elección de la tonalidad no se correspondía con el del modelo real, sino que debía apoyar la legibilidad de la forma plástica y con ello de la acción o del contenido narrado. 

Así, por ejemplo, en el friso norte del Tesoro de los Sifnios (del 525 aC), el edificio de estilo jónico construído con mármol de Paros, el más suntuoso del santuario de Delfos, los dos leones que tiran del carro de Dionisio se diferencian entre sí por sus melenas coloreadas, una de verde y la otra de azul. En algunos casos, y preservando la tradición, las partes desnudas de las figuras humanas eran pintadas con una tonalidad de rojo y marrón claro. 

La paleta de colores fue continuada en el clásico tardío, como se desprende de los relieves del denominado sarcófago de Alejandro Magno. Los tonos pastel fueron ampliados con azul claro, rosado y verde claro. Los contrapuntos en azul brillante, rojo intenso u ocre dorado determinaron muy esencialmente ese colorido. El dorado desempeñaría un muy importante papel, conquistando campos cada vez más amplios de la escultura, y serviría también como pintura de fondo. Precisamente sobre la aplicación de una base de dorado en los cabellos se podían pintar mechones y efectos de sombreado con rojo, marrón o negro. Los pigmentos eran naturales, mayormente de origen mineral, y entre los aglutinantes los investigadores descubrieron la utilización de témpera al huevo y encáustica (con cera caliente), caseína, huesos, cola animal, goma arábiga y cera explican con minucioso detalle Vinzenz Brinkmann y la arqueóloga Dra. Ulrike Koch-Brinkmann en los ensayos dedicado a los colores de las esculturas griegas y sus técnicas pictóricas en el referido catálogo. 

 
Notas

Vinzenz Brinkmann & Ulrike Koch-Brinkmann, "Bunte Götter", München, Prestel Verlaag, 2020, 280 Seiten, 24,0 x 30,0 cm. ISBN 978-3791359366

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