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Ocho días de mayo, cuando Alemania yacía en ruinas

Juan Carlos Tellechea

viernes, 9 de octubre de 2020
Acht Tage im Mai © 2020 by C. H. Beck

Estamos en la última semana del Tercer Reich. El dictador Adolf Hitler está muerto, pero la guerra sin sentido, con todas sus atrocidades, durará todavía unos días más. Todo parece haberse detenido, sin embargo, la situación sigue en vertiginoso movimiento. El historiador y publicista Volker Ullrich (Celle, Baja Sajonia, 1943), formado en la Universidad de Hamburgo, describe con acribia la caída de la Alemania nacionalsocialista hace 75 años en todas sus facetas.

Ullrich repasa cada día de aquel tiempo intemporal y lleva al lector a un mundo que colapsa lleno de dramatismo, esperanza, violencia y miedo en su apasionante libro Acht Tage im Mai. Die letzte Woche des Dritten Reiches* (Ocho días en mayo. La última semana del Tercer Reich), publicado por la editorial C.H. Beck, de Múnich. El biógrafo de Hitler narra vívidamente a través de los recuerdos de testigos de la época el sufrimiento, la confusión, los prejuicios contínuos y la represión de la culpa que todos sentían entonces.

La obra, muy recomendable para los interesados en historiografía, pero también para aquellos criminales nazis, neonazis (fascistas o falangistas, según los casos) y ultraderechistas racistas, antisemitas y xenófobos y secuaces que pretenden repetir o emular la historia de barbarie del régimen hitleriano y tomar el poder por asalto en esta Alemania democrática contra la inmensa mayoría, sorprende con detalles o episodios poco conocidos, y no solo abominables. Para quienes nacieron después de aquellos terribles años es una oportunidad idónea para leer hasta dónde puede conducir la locura política de un psicópata, sea donde fuere que gobierne, entonces y hoy, así como el declive moral de una sociedad.

A medida que el gobierno del almirante Karl Dönitz se mudaba a Flensburgo (el punto más occidental del Mar Báltico), las fuerzas Aliadas avanzaban inexorablemente sobre el territorio de la Alemania nazi y de los países que ésta ocupara o anexara. Berlín se rendía. En Italia hacía otro tanto el Grupo de Ejércitos C. El diseñador de cohetes Wernher von Braun era arrestado. Estallaba una oleada de suicidios y violaciones masivas. Se producían las últimas marchas de la muerte y las violentas expulsiones de alemanes de la República Checa y de Silesia (Polonia) con millones de refugiados.

Los cabecillas nacionalsocialistas se sumían en la clandestinidad, algunos huirían a Estados Unidos y a América del Sur; no todos serían después descubiertos, pese a los ingentes esfuerzos del cazador de nazis Simon Wiesenthal. Los campos de concentración y de exterminio serían liberados por los Aliados. Todo esto pertenecería entonces a la brecha entre lo que ya no es y lo que aún no es, que describiera certeramente el escritor alemán Erich Kästner en su diario el 7 de mayo de 1945.

En el escenario de la caída, Ullrich construye episodios horribles y breves secciones biográficas sobre personas que fueron importantes para el período de postguerra. Habla del futuro canciller federal Helmut Schmidt, del más tarde poderoso político de la RDA Walter Ulbricht, del diseñador de cohetes Wernher von Braun y de la diva de Hollywood Marlene Dietrich, nacida en el popular distrito berlinés de Schöneberg, cuya hermana y su marido dirigían un cine junto al campo de concentración de Bergen-Belsen (cerca de Celle/Baja Sajonia), al que acudían soldados de la Wehrmacht y hombres de las SS durante la guerra.

Ullrich hace un relato cronológico y narra los hechos día a día hasta el final de la guerra el 8 de mayo de 1945. Muchos contemporáneos experimentaron los días entre la muerte de Hitler el 30 de abril y la rendición incondicional del 7 y 8 de mayo de 1945 como un profundo punto de inflexión en la historia de sus vidas, como la tan citadahora cero“, escribe. El proceso de disolución ocurrió tan rápida y repentinamente que los observadores contemporáneos tuvieron problemas para mantenerse al día con el desarrollo.

Con su libro, Ullrich procura dejar en claro esa caótica secuencia. Impacta la forma en que el historiador, a través de un gran trabajo de investigación, hace tangible la simultaneidad de los desarrollos más variados en ese momento, y el drama vivido, sin contar historias sensacionales, sino más bien como un cronista reflexivo de los eventos, enfocándolos con una óptica muy próxima y precisa, basándose en el conocimiento de las fuentes más confiables.

Girando su mirada desde el búnker de Hitler (situado en los jardines de la Neue Reichskanzlei, en la Wilhelmstraße al número 88), el autor describe de forma realista los acontecimientos políticos que rodeaban al gobierno de Dönitz, el descubrimiento de los campos de exterminio, primero por el Ejército Rojo de la Unión Soviética y después por las fuerzas de Estados Unidos y de Gran Bretaña, y la resistencia de los nazis, cuando, ya era evidente la derrota y Alemania yacía en ruinas. La cronología presentada es cautivante, lo mismo que la interpretación política de lo sucedido, así como los recuerdos de los testigos de la época.

El 30 de abril de 1945 llegaron los primeros soldados del ejército estadounidense a Múnich, la cuna del movimiento nacionalsocialista, una banda de criminales y matones fascinados por los discursos populistas, demagógicos de un tal Adolf Hitler (cualquier semejanza con la realidad actual dentro y fuera de Europa no es pura casualidad).

Ese mismo día Hitler se pegaría un tiro en el búnker, situado en los jardines, a los fondos de la Nueva Cancillería del Tercer Reich (construída por el arquitecto Albert Speer, cuya entrada principal estaba en la Voßstraße al número 1. En ese lugar hay hoy un restaurante de comida china, Peking Ente, Pato Pequinés) en Berlín. Pero la Segunda Guerra Mundial no terminaría allí. Pasarían todavía ocho días en mayo hasta que finalmente reinó la paz, al menos en Europa (la guerra continuaría en el Pacífico hasta la derrota de Japón el 2 de septiembre, tras el lanzamiento de sendas bombas atómicas de Estados Unidos, en Hiroshima y Nagasaki).

En el Viejo Continente, la conflagración bélica terminaría con la doble rendición de la Wehrmacht el 7 de mayo en Reims y el 8 de mayo en Berlín. Durante esos ocho días, los fanáticos nazis seguirían defendiendo el centro de la ciudad de Breslau (hoy Wroclaw, Polonia). Los combates continuaban aún en otras partes de la franja que aún mantenían los alemanes entre Flensburgo, Praga y Carintia (Austria). Los nazis, con un ojo amoratado, tenían todavía la esperanza de poder salirse con la suya y negociar una paz por separado, con los rusos y con los Aliados occidentales.

El gran almirante Dönitz, designado por Hitler como su sucesor (debido a su firme lealtad), gobernó como presidente del Tercer Reich. Su comunicación (telegráfica y por carta) con el dictador había sido a través de Martin Bormann, cabecilla nazi e íntimo del Führer. Dönitz tenía la responsabilidad principal de asegurar que la guerra se prolongase por una semana completa más, incluso después del suicidio de Hitler.

Su concepto -rendición parcial en Occidente mientras continuaba la guerra contra la Unión Soviética- no solo debería permitir que civiles y soldados, tantos como fuera posible, escaparan detrás de las líneas británicas y estadounidenses, sino también sembrar la discordia en el campo de la coalición anti-Hitler.

El oscuro trabajo del gobierno ejecutivo bajo Dönitz en Flensburgo constituye el tema central del libro de Ullrich, quien pone énfasis en la continuidad verdaderamente fantasmal del régimen nazi, en oposición al posterior eufemismo utilizado por los involucrados en su propia defensa. De manera significativa, Dönitz tardaría hasta el 5 de mayo antes de que finalmente destituyera al tenebroso ministro del Interior, jefe de la Gestapo y de las temibles SS, Heinrich Himmler.

Después de los suicidios de Hitler y poco después del ministro de Propaganda Joseph Goebbels, Dönitz formaría el referido gobierno de gestión, pero según Ullrich, era imposible que los Aliados pudieran considerar a sus miembros como socios negociadores serios. Dönitz se apoyaba en el personal de la dirección nazi que tenía una pesada carga política en todo lo ocurrido hasta entonces. Así que no se podía hablar de un nuevo comienzo. Más bien, había una continuidad casi ininterrumpida de la élite del poder nacionalsocialista.

El gobierno que estuvo activo hasta el 23 de mayo, también se unió retóricamente a la propaganda nazi. Después del suicidio de Hitler, no estaba aún listo para terminar la guerra de inmediato. Quería ganar tiempo, planteando esa paz por separado con los aliados occidentales y seguir luchando contra el Ejército Rojo.

Dönitz no sólo adoptó la grotesca versión de la muerte heroica de Hitler. También se hizo cargo de la propaganda nazi y reinterpretó la guerra de aniquilación alemana en el este como una cruzada por Europa y toda la civilización. Con el espectro del "bolchevismo", el gran almirante también justificó por qué no quería poner fin a la guerra de inmediato.

Incluso después de la rendición, ese gobierno intentaría mantener elementos de continuidad con el régimen de Hitler. Un debate sobre cuestiones gubernamentales el 9 de mayo llegó a la conclusión de que (…) "La base para la existencia continuada del pueblo alemán es la comunidad nacional creada por el nacionalsocialismo".

El común de los alemanes tenía otros problemas en esos momentos: la violencia por parte de las fuerzas ocupantes, especialmente en las zonas dominadas por el Ejército Rojo. Las ciudades estaban en ruinas, la comida escaseaba. Pero durante las semanas previas al final de la guerra y (…) A pesar de las crecientes críticas al NSDAP (sigla en alemán del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes) y su personal de liderazgo, hubo un grado asombrosamente alto de perseverancia en las fuerzas armadas y en la población hasta la agonía del Tercer Reich.

Los vencidos se veían cada vez más a sí mismos como las verdaderas víctimas que sufrieron cosas terribles en la guerra de bombardeos o por la huída y el desplazamiento forzado. "La mayoría de los alemanes no mostraron interés, y mucho menos simpatía, por el inconmensurable sufrimiento que habían infligido a los pueblos de los territorios conquistados y ocupados".

Dönitz, quien negaba toda responsabilidad directa con el Holocausto, aunque estaba de acuerdo con los nazis en la deportación de los judíos, sería condenado a diez años de prisión por la Corte Militar Internacional de Nuremberg y moriría en 1980 a la edad de 89 años. Su funeral, sin la participación de soldados uniformados de la Bundeswehr y sin honores militares, no estaría exento de polémica en la República Federal de Alemania, bajo el gobierno socialdemócrata/liberal (SPD-FDP) del canciller Helmut Schmidt. Dönitz seguiría manteniendo contactos con los viejos nazis hasta el fin de sus días y nunca dejaría de admirar incondicionalmente a Hitler.

Notas

Volker Ulrich, "Acht Tage im Mai. Die letzte Woche des Dritten Reiches", München: C. H. Becj, 2020, 317 Seiten. ISBN 978-3-406-74985-8

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