DVD - Reseñas

Chapeau, Chapelou!

Raúl González Arévalo

jueves, 22 de octubre de 2020
Adolphe Adam: Le postillon de Lonjumeau, opéra comique en tres actos con libreto de Adolphe de Leuven y Léon-Lévy Brunswick (1836). Michael Spyres (Chapelou/Saint-Phar), Florie Valiquette (Madeleine/Madame de Latour), Franck Leguérinel (Le marquis de Corcy), Laurent Kubla (Biju/Alcindor), Michel Fau (Rose), Yannis Ezziadi (Louis XV), Julien Clément (Bourdon). Choir accentus / Opéra de Rouen Normandie. Orchestre de l’Opéra de Rouen Normandie. Sébastien Rouland, director. Michel Fau, director de escena. Emmanuel Charles, escenografía. Christian Lacroix, vestuario. Joël Fabing, iluminación. Pascale Fau, diseño de maquillaje. François Roussillon, director de vídeo. Subtítulos en francés, inglés, alemán, japonés y coreano. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: PCM stereo, DTS 5.1. Un DVD de 137 minutos de duración. Grabado en la Opéra Comique de París (Francia), el 5 y 7 de abril de 2019. NAXOS 2.110662. Distribuidor en España: Música Directa.

Hay compositores cuya memoria está ligada a un solo título. Y títulos recordados por una sola aria. Le postillon de Lonjumeau es uno de estos títulos. “Mes amis, ecoutez l’histoire” es una de esas arias irresistibles para los amantes del Do de pecho, y ningún tenor que haya frecuentado el repertorio francés o haya grabado el correspondiente recital ha dejado de incluirlo, de los clásicos de obligado conocimiento de Joseph Schmidt, Helge Rosvaenge y Nicolai Gedda a los más recientes de Rockwell Blake y Juan Diego Flórez. Pero solo el sueco la cantó íntegra, en su debut sobre un escenario.

En los años 80 del siglo XX hubo un notable interés por rescatar el repertorio romántico francés cuya fama aún resonaba. La desaparecida Emi se volcó en la tarea, prestando atención en particular a los títulos cómicos de Auber (Fra Diavolo, La muette de Portici, Manon Lescaut). En esa tanda se incluyó también Le postillon de Lonjumeau en el que era, hasta ahora, el único registro oficial del título. Thomas Fulton lideraba un equipo desequilibrado de partida, con dos franceses perfectos en sus cometidos secundarios (François Le Roux y Jean-Philippe Lafont) y dos americanos como fallidos protagonistas por diferentes motivos: a la voz John Aler le faltaba cuerpo –y no solo por los agudos asmáticos y blanquecinos– y a la interpretación de June Anderson le faltaba gracia e ironía. Tras este intento frustrado, Adam seguía esperando su gran oportunidad. Llegó por fin el año pasado.

De modo inteligente, la Salle Favart lleva unos años recuperando el repertorio que le es propio con los mejores ingredientes posibles. Y si algún título fundamental en alguna representación que la crítica ha juzgado antológica, como Zampa de Hérold, no ha sido grabado, por fortuna Naxos ha cogido el toro por los cuernos y está acumulando una videografía irrenunciable para cualquier amante del género, de La nonne sanglante de Gounod a Hamlet de Thomas (grands opéras las dos en realidad), pasando por L’Étoile de Chabrier y ahora este Postillon de Lonjumeau. Que sin embargo no es el último título de la serie: acaba de salir Fortunio de Messager, que también promete todo.

Como en tantas otras ocasiones, la música de Adam es mucho, muchísimo más que la celebérrima aria de Chapelou del primer acto. Por inventiva, por brío, por espíritu cómico y sabiduría, con un punto de ironía y una brizna de melancolía por un tiempo cercano aún –el reinado de Luis XV, las postas– que la Revolución Francesa –y las de 1820 y 1830– y la Revolución Industrial habían barrido para siempre (perfectas las notas de Agnès Terrier del programa de mano de la Opéra Comique). Nadie que busque impacto dramático se verá seducido por él. Pero quien disfrute del espíritu romántico de la ópera cómica parisina en su mejor tradición no va a encontrar mejores títulos. Ni mejor interpretación.

Michael Spyres es el Midas actual de la ópera romántica, en particular de la francesa: con su voz de baritenor convierte en oro todo lo que toca, de Meyerbeer (Les huguenots) a Rossini (Le siège de Corinthe, Guillaume Tell) pasando por Hérold (Le Pré aux clercs), Donizetti (Les martyrs, Le duc d’Albe), Berlioz (Les Troyens, La damnation de Faust) u Offenbach (Les contes d’Hoffmann). Como revelaba su recital dedicado a Gilbert-Louis Duprez, Espoir, las posibilidades son enormes, esperemos que las circunstancias le permitan grabar la anunciada Guido et Ginévra de Halévy.

Este Adam supone una importante vuelta de tuerca en su discografía porque, con la excepción del Mergy de Hérold, mucho más limitado en exigencia musical y situaciones dramáticas, hasta ahora Spyres ha grabado a fuego su nombre en el repertorio serio. Y resulta que tiene unas vis cómica igual de lograda. Las ganas de cachondeo son evidentes a lo largo de toda la obra, con momentos cumbre en el inicio del segundo acto, cuando el protagonista recupera milagrosamente la voz y se despacha con un “Assis au pied d’un hêtre” que es una lección técnica de cómo hacer parecer fácil lo difícil, o en el trío “Pendu!”, cuando cree que le van a ahorcar por bigamia.

El americano es, como el personaje, el protagonista indiscutible de la obra y lleva todo el peso con un aplomo sensacional. Sus arias son los momentos cumbre que deben ser. “Mes amis, ecoutez l’histoire” suena como nueva por las variaciones sutiles, de gran gusto, incluidos unos trinos exquisitos que nunca había escuchado en la pieza. En el último acto “À la noblesse, je m’allie” es un broche solista brillante. Dosifica con sabiduría la exhibición del registro agudo, alternando la voz mixta con la de pecho, y los despliegues de coloratura. Lo que termina de redondear una interpretación inapelable es su conocimiento del estilo y la prosodia francesa, no solo cantando, sino especialmente en la soltura con la que se enfrenta a los recitativos, rodeado de un reparto completamente francés. ¿Tendrá alguien el sentido común de ofrecerle el George Brown de La dame blanche de Boïeldieu? Por no hablar del resto de Meyerbeers parisinos… entre tanto, Chapeau, Chapelou!

Frente a él se sitúa la soprano antagonista, Florie Valiquette, que no pierde golpe frente a Spyres. Se trata de una lírica con facilidad en el agudo y la coloratura, como reivindica en particular su aria del segundo acto, “Il fau que je punisse”. El segundo dúo con el americano, “Grace au hassard, je puis” –más comprometido que el primero que presenta la pareja, “Quoi! Tous les deux!”– es un ejemplo de compenetración entre intérpretes, tanto en las vocalizaciones que realizan al unísono, como en la complicidad entre actores. La francesa compone una Madeleine coqueta, irónica y vengativa, siempre desde el humor, tanto en el canto como en las partes habladas. Todo un descubrimiento.

Las dos voces graves están igualmente magníficas en sus cometidos. El Marquis de Corcy de Franck Leguérinel recita y actúa más que canta, tiene el punto histriónico de pomposidad y grandilocuencia justo para no sobreactuar y, aunque no tiene número solista, es un apoyo fundamental en los de conjunto y, sobre todo, en los diálogos. Por su parte, el bajo Laurent Kubla luce una voz interesante como Biju/Alcindor, aprovechando su momento de lucimiento en el segundo acto, “Oui, des choristes du théâtre”. Julien Clement como Bourdon está más que correcto en su única intervención, el trío del tercer acto.

Hay además dos actores: Yannis Ezziadi hace una brevísima aparición como Luis XV al inicio de la obra, cuando encarga a Corcy que le busque una buena voz para la Ópera Real de París. Por su parte, Michel Fau está divertido como Rose, la doncella de Madeleine convertida en Madame de Latour. Es, además, el director de escena y concibe un espectáculo muy entretenido, con momentos genuinamente cómicos, en el que disfrutan todos, intérpretes y público, como es evidente. Ayuda mucho una escenografía que es una mezcla rococó imposible entre kitsch y naif, y un vestuario descaradamente exagerado, en el que Christian Lacroix ha echado la casa por la ventana para recrear la corte de Luis XV. La iluminación y el maquillaje hacen el resto.

El coro y la orquesta, procedentes de la Ópera de Ruan-Normandía, están estupendos. Los primeros participan con entusiasmo en sus intervenciones, muy estáticas en la falta de movimiento (ni falta que hace). Los segundos suenan ligeros y flexibles a las órdenes de Sébastien Rouland, que parece encontrarse muy cómodo con la obra y su espíritu.

En vista del éxito rotundo tal vez podrían atreverse con otros títulos del compositor como Le Toréador –que Richard Bonynge grabó en 1997 con un resultado espléndido–, Le Chalet o Si j’étais roi.

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