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La destrucción de los Estados Unidos con su delirio trumpista

Juan Carlos Tellechea

viernes, 23 de octubre de 2020
Im Wahn. Die amerikanische Katastrophe © 2020 by C. H. Beck

Desde que Donald Trump gobierna los Estados Unidos muchas cosas se han salido de sus carriles allí. El sistema político parece haber alcanzado límites máximos y no es capaz ni de contener la pandemia, convertida ya en sindemia del coronavirus ni de combatir la creciente pobreza ni las descomunales agresiones racistas. Más que nunca la población se ha dividido en campos irreconciliables y no se descarta un estallido de la violencia en todo el país, como preámbulo de una cruenta guerra civil.

Los periodistas Klaus Brinkbäumer y Stephan Lamby han escrito un libro, titulado Im Wahn. Die amerikanische Katastrophe* (En el delirio. La catástrofe americana), publicado por la editorial C. H. Beck, de Múnich, con sus investigaciones sobre los desastres y crisis agudas que están ocurriendo en la administración de un presidente, bajo la cual los Estados Unidos han cambiado radicalmente, convirtiéndose incluso, con su descontrol, en un creciente peligro para el mundo occidental.

Sus decisiones afectan a cientos de millones de personas en todo el orbe, y la cuestión va de la guerra y de la paz, de la vida y de la muerte, señala a su vez el periodista, Elmar Theveßen en su libro Die Zerstörung Amerikas.Wie Donald Trump sein Land und die Welt für immer verändert* (La destrucción de América. Cómo Donald Trump cambió para siempre su país y el mundo), de la editorial Piper, también de Múnich. Este título parece muy duro, pero su significado es absolutamente exacto, dice Theveßen. Ambas editoriales, así como otras del sector, estuvieron presentes en la Feria del Libro de Francfort, cuya exposición transcurrió por completo vía internet, debido a la sindemia.

En las dos obras se trata de cómo ha alterado la presidencia de Trump a los Estados Unidos, a sus habitantes y a la posición de esta potencia en el mundo, así como qué efectos dramáticos y quizás irreversibles tendría el mandato por otros cuatro años de un narcicista malicioso (por decirlo más o menos diplomáticamente) que en medio de la mayor crisis del país en muchas décadas, siempre busca el mejor trato para sí mismo y declara el desprecio como principio político.

Las afirmaciones de Trump, de que no reconocería el resultado electoral si le fuera desfavorable y el llamado a los racistas Proud Boys a contenerse y esperar, es el mensaje que entienden perfectamente los matones ultraderechistas y nazis para actuar en el momento dado. En sus más recientes comparecencias públicas, Trump ha eludido denunciar abiertamente a la teoría conspirativa de ultraderecha QAnon, a punto de convertirse en una religión en los Estados Unidos, actitud que no sorprende en él, si bien tiene su impacto en la ciudadanía.

La Suprema Corte de Justicia desempeñaría un papel clave si ha lugar un recurso, tras los comicios, con la nueva jueza que eligiera a toda prisa el presidente, la conservadora Amy Coney Barrett que deberá ser confirmada la semana próxima.

Mientras, los votantes han comenzado a sufragar; por correo unos, personalmente otros en los estados en los que se puede emitir el voto por adelantado. Los ciudadanos discriminados, principalmente los afroamericanos, a los que se les dificulta aposta la concurrencia a las urnas, se han apresurado a ir masivamente a los locales electorales o a hacer uso de su legítimo derecho a votar por correspondencia.

De hecho, los Estados Unidos se encuentran ya en una nueva guerra civil, todavía fría, que se libra con las armas de la sociedad mediática y experimenta una catástrofe múltiple en la conmoción mundial de 2020. Tras cuatro años de una presidencia fatal, el país se ha convertido en una nación hostil y unida solamente por el odio. Los diferentes campos políticos han roto sus relaciones diplomáticas y se enfrentan, por ahora, en los campos de batalla mediáticos.

Los combatientes son la Casa Blanca, Fox News, agitadores y locutores de radio ultraderechistas, racistas, antisemitas, fascistas y neonazis, por un lado; así como CNN, New York Times, Washington Post y blogueros progresistas por otro. Escenarios apocalípticos, ideas delirantes y ataques permanentes contra el enemigo determinan la vida política cotidiana.

Los dos libros se basan en extensas investigaciones y discusiones en profundidad con políticos destacados, oficiales militares de alto rango, ejecutivos comerciales influyentes, así como destacados periodistas estadounidenses, y ofrecen un agudo análisis de unos Estados Unidos que nunca más volverán a ser los mismos y lo que ello significará para la Unión Europea y el mundo occidental.

Brinkbäumer, del semanario Die Zeit (antes del Der Spiegel), y Lamby, del primer programa de la televisión alemana (ARD) comenzaron su investigación en junio de 2019 cuando Trump abrió su campaña para la reelección. Estuvieron en la campaña de las primarias demócratas y en el proceso de juicio político contra el presidente Trump. Auscultaron repetidamente la Casa Blanca y conocieron a las estrellas del mundo actual de los medios estadounidenses.También rastrearon cómo Estados Unidos se ha distanciado de sus propios ideales durante décadas y por qué lo que una vez fue una nación muy respetada se convirtió en un país con tantos enemigos. Desde enero de 2020 en adelante, siguieron la propagación del coronavirus en los Estados Unidos y finalmente presenciaron la muerte violenta del afroamericano George Floyd en una operación policial que desató una ola de protestas contra el racismo y la violencia policial en todo el país. Ambos han rodado una película que será estrenada el próximo lunes 26 de octubre en el Primer Canal de la Televisión Alemana (ARD)

En la recta final de la campaña electoral para los comicios del próximo 3 de noviembre, al amoral y deshonesto Trump le importa un bledo lo que sufra, piense o haga la otra mitad de su país. Su táctica en estos momentos es movilizar a sus seguidores y desanimar a todos los demás para recuperar puntos en las encuestas, perdidos durante su internación en el hospital militar Walter Reed por la infección de COVID-19 que padeció por su propia negligencia. Al reanudar, dopado, su campaña proselitista ha demostrado una vez más que el nuevo Trump sigue siendo el mismo de antes; no ha cambiado para nada. A la primera dama, Melania Trump, en cambio no le va tan bien; no recibió el mismo cóctel de sustancias antivirales y dopantes de su marido y sigue padeciendo dolores y otros síntomas derivados del coronavirus.

Los adictos de Trump le perdonan sus faltas al presidente y festejan sus payasescas contorsiones del trasero cuando implora el influyente y decisivo voto femenino para reconquistarlo. Algo muy negativo para él debe de estar pasando para que lo ruegue de este modo. Las encuestas de opinión lo mostraban en estos días por detrás de su contrincante demócrata Joe Biden. Pero, como es notorio, estos sondeos siguen siendo poco confiables, se prestan a errores, y los pronósticos no son muy seguros.

De todas formas, los dados ya están echados (Alea iacta est) y nadie cree que el último debate televisado de ambos candidatos haya cambiado mucho las cosas. El pasado encuentro del vicepresidente Mike Pence con la candidata demócrata a la vicepresidencia Kamala Harris ante las cámaras de televisión culminó ridiculizado en internet: la mosca que se posó sobre el blanco cabello de Pence es la única amistad negra que posee. Se venden ya graciosas máscaras de Halloween que aluden a este mal presagio. 

Lo dicho, Trump sabe muy bien qué discurso debe pronunciar ante sus seguidores y cómo seducir a los indecisos para que lo reelijan y continuar otros cuatro años en la Casa Blanca. Hará todo lo posible para conseguirlo; no descartará ninguna estratagema para ello, porque si no lo logra será un perdedor (loser) y se abrirá la vía para que puedan ponerse al descubierto muchos asuntos oscuros que ha ocultado celosamente hasta ahora.

Elmar Theveßen, corresponsal en Washington del segundo programa de la televisión alemana (ZDF), siguió muy de cerca los pormenores de aquella manifestación, absolutamente pacífica, frente a la Casa Blanca el pasado 1 de junio, disuelta por la policía y la Guardia Nacional, porque Trump, en un acto de abuso de poder, quiso sacarse una foto con una Biblia en sus manos frente a una iglesia, y aplicó arbitrariamente la Ley de Insurrección del país. Lo que no se deben de haber reído los líderes de Rusia y de China con las escenas filmadas por la televisión, típicas de países autoritarios.

Tildar de rebelión y llamar insurrectos a los cientos de miles de manifestantes pacíficos del país, equipararlos con criminales violentos, es la materia de la que están hechas las dictaduras. Donald Trump hizo que se disolviera la protesta con balas de goma, gases lacrimógenos, granadas antidisturbios y policías a caballo para poder dirigirse hacia el templo con su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner y autoproclamarse presidente de la ley y el orden. Cuán infinitamente pequeño es este hombre que se considera el más grande del mundo, escribe Theveßen en su obra.

Si Trump leyera estos libros calificaría de izquierdistas, anarquistas y enemigos del pueblo a sus autores. La frase está escrita ex profeso en condicional, porque, de todas formas, este ignorante (como lo calificara su propia sobrina Mary Lea Trump) rara vez o nunca lee libros, y tampoco habla el idioma de sus antepasados. Pero tiene su gente devota que lo ayuda a intimidar a la prensa libre, a los que piensan de forma diferente. Cualquier semejanza con el régimen nazi (1933 – 1945) de Adolf Hitler y su leal jefe de propaganda Joseph Goebbels no es pura casualidad.

En un país en el que un presidente declara a los periodistas enemigos del pueblo, donde los principales parlamentarios republicanos vitorean o guardan silencio, en el que algunos simpatizantes visten camisetas que muestran cómo se puede ahorcar fácilmente a representantes de la prensa, y donde algunos reporteros han recibido disparos de armas de fuego en sus redacciones, ya me dirán ustedes adónde han ido a parar los Estados Unidos. Este tóxico ecosistema ultraderechista y nazi se mantiene, y probablemente se mantendrá, en el país.

Cualquiera puede ser objeto de las iras de Trump, incluso empleados de la Casa Blanca y amigos del partido Republicano que tuvieron el coraje de decir la verdad abiertamente. Está, por ejemplo, el teniente coronel Alexander Vindman, un veterano de guerra altamente condecorado y experto en Europa del Este en el Consejo de Seguridad Nacional, quien, estrictamente de acuerdo con las regulaciones y de acuerdo con las obligaciones de su juramento, informó a sus superiores sobre sus preocupaciones acerca del intento de Trump de extorsionar a Ucrania y luego proporcionó información públicamente al Congreso estadounidense en el proceso de juicio político. Después de la absolución del presidente, Alexander Vindman y su hermano gemelo fueron destituidos de sus puestos en la Casa Blanca, según el principio de responsabilidad familiar, por decirlo de algún modo, que rige en organizaciones criminales mafiosas (Cosa Nostra, Ndrangheta, Camorra). Trump y su máquina de propaganda de derecha calificaron a Vindman de traidor y enemigo del pueblo.

El calificativo de Enemigo del pueblo es un término ideológico de batalla que proviene de la Antigüedad. Cualquiera que fuera declarado hostis publicus en la antigua Roma era proscrito en adelante y, por lo tanto, podía ser asesinado impunemente por cualquiera. En el comunismo y el nacionalsocialismo, esta designación fue una herramienta importante de los regímenes totalitarios de opresión, sirviendo como justificativo para el arresto, la tortura y el asesinato. Ahora bien, uno podría objetar que este presidente estadounidense sea comparado con Iósif Stalin o con Hitler solo, porque le gusta usar la palabra enemigo del pueblo en sus discursos y tuíteres. Así es él, podría decir alguno encogiéndose de hombros. Además, los estadounidenses votaron por él, y es legítimo que se lleven bien. Pero la cuestión no es tan baladí.

Donald Trump es el presidente de la nación más poderosa del mundo. No sólo comanda las fuerzas armadas más poderosas del mundo, sino que también lidera lo que sigue siendo el poder económico más fuerte. Las decisiones que toma afectan a cientos de millones de personas en todo el mundo; las cuestiones de la guerra y la paz son también cuestiones de vida o muerte. Esto también se aplica a no pocos de los casi 330 millones de estadounidenses cuya existencia está en juego cuando la brecha entre ricos y pobres se está ampliando debido a políticas injustas. Cuando 30 millones de personas pierden su seguro médico; cuando decenas de miles tienen que temer por sus empleos, sus negocios y su futuro debido a las guerras comerciales; cuando ciertas creencias religiosas o políticas, antecedentes étnicos u orientaciones sexuales aumentan el riesgo de convertirse en víctimas de la violencia verbal y física. Por lo tanto, las declaraciones de Trump sobre los enemigos del pueblo no deben ser descartadas como imprudentes e irreflexivas.

En estos libros no se trata solamente de la entidad política llamada Estados Unidos, su orden jurídico, económico y social, sino también y sobre todo de América como idea, nacida de la resistencia contra un régimen que pisoteaba la libertad, en el que regía la injusticia y la opresión; que despreciaba a los seres humanos. Exactamente lo contrario fue postulado por los padres de la Revolución Americana en 1776 cuando declararon su independencia de la monarquía inglesa: Damos por sentado estas verdades: que todas las personas son iguales, que están dotados de ciertos derechos inalienables por su Creador, incluyendo Vida, libertad y la búsqueda de la felicidad.

Este es el punto de partida de la idea de América. El juicio político a Trump habría sido un freno de emergencia urgente y constitucionalmente requerido para un presidente que pisotea la Constitución estadounidense y declara el desacato como principio político. El motivo real del proceso de juicio político puede parecer insignificante a primera vista: el intento de Trump de usar el poder de su oficina para obtener el apoyo del presidente ucraniano en la lucha contra su oponente político, Joe Biden, en la campaña electoral presidencial de 2020.

Los demócratas en el Congreso habían construido el proceso sobre este asunto. Pero la lista de acusaciones políticas contra Donald Trump podría ser mucho más larga: confraternizar con dictadores, romper viejas alianzas, polarizar a otros estados, traicionar secretos de estado, destruir unilateralmente acuerdos vigentes, alimentar conflictos armados, desvalorizar el poderío militar estadounidense, desorientar la política de seguridad, socavar el federalismo, malgastar el dinero de los contribuyentes, infligir daños a la economía, perturbar y manipular el sistema judicial, atacar a la libertad de prensa y a la libertad de expresión, preparar un terreno fértil para el crimen violento y el terrorismo, para los crímenes de lesa humanidad, para la destrucción del medio ambiente, para la degradación y deshumanización de las minorías, y para el enriquecimiento personal.

Todo esto se irradia al resto del mundo, desde donde la idea de América, a pesar de sus debilidades y a veces de sus fracasos, ha inspirado a la gente durante casi 250 años en su lucha por la dignidad humana, la libertad de religión, de opinión y de prensa, la democracia, el estado de derecho, la seguridad, la justicia y la prosperidad. Ahora, cuando el modelo a seguir de los Estados Unidos sería más necesario que nunca para detener el aumento de las corrientes extremistas y la recaída en conflictos tribales como los de la Edad de Piedra, su líder alimenta el miedo de la gente a los flujos de refugiados, las crisis económicas y financieras, las guerras y revoluciones, algunas de las cuales son impulsadas y co-creadas por sus políticas. Otros líderes políticos se sienten animados por el discurso y la acción de Donald Trump (léase: el presidente de Brasil, Jaír Bolsonaro, entre otros).

Como él, los populistas de derechas niegan legitimidad a quienes piensan de forma diferente; de hecho son diferentes. Los oponente políticos son vistos como enemigos, los críticos son tachados de traidores, los periodistas son vilipendiados como mentirosos, aunque las verdaderas mentiras son difundidas por los populistas.

Con este telón de fondo, los procedimientos de impugnación, incluso si fracasaron al final, fueron una señal importante para salvar la democracia americana, porque se utilizaron precisamente en el caso en el que los padres fundadores de la República Americana habían previsto el juicio político en el Artículo 2 de la Constitución: querían impedir que alguien se levantara para convertirse en autócrata, en rey, e impedir que las potencias extranjeras - en este caso incluso a invitación del acusado - ejercieran cualquier forma de influencia en el proceso democrático, las elecciones en los Estados Unidos de América.

Donald Trump está firmemente convencido de que un presidente de los EE.UU. puede hacer cualquier cosa; que está por encima de la ley. Este fue el principal argumento de sus abogados defensores en el juicio político, que él mismo consideró desde el principio no sólo como un insulto a la majestad, sino aparentemente también como alta traición. En el juicio político en el Senado, a diferencia de los juicios anteriores, los republicanos no permitieron la comparecencia de ningún testigo y dieron al presidente un cheque en blanco para que siguiera abusando de su cargo como herramienta en la lucha contra los disidentes políticos. Donald Trump es, por lo tanto, probablemente el presidente más poderoso de los Estados Unidos en la historia reciente. Sin embargo, al mismo tiempo, el temor al segundo mandato de este hombre podría movilizar más votantes hacia el campo democrático como nunca antes e incrementar la participación electoral a cotas históricas.

Sobrevino entonces el coronavirus. El brote del SARS-CoV-2 en Wuhan, China, y la subsiguiente pandemia en todo el mundo cambiaron todo una vez más. Es un desafío histórico en el que un presidente puede demostrar si está o no a la altura de las obligaciones de su cargo. Donald Trump se ha mantenido tan fiel a sí mismo que está fracasando miserablemente, poniendo en peligro las vidas de cientos de miles de estadounidenses, ahondando la cuña de la división aún más profundamente en el país, apostando por la reivindicación de liderazgo y el estatus de modelo a seguir de Estados Unidos en el mundo.

Las imágenes de las bolsas de cadáveres apiladas y fosas comunes para los desposeídos, indignas de una superpotencia, son una prueba deprimente de la ignorancia, la arrogancia y la incompetencia de un hombre que pone su ego por encima del bienestar de todos los demás. Son precisamente esas cualidades las que le ayudaron a convertirse en presidente, que le permitieron sobrevivir políticamente a pesar de la cuestión sobre la influencia rusa en su elección y el proceso de destitución, las que podrían llevar al fin de Trump en su cargo -como le ocurrió al presidente Herbert Hoover (1928 – 1932) en la Gran Depresión- ante la grave crisis económica, con más de 40 millones de desempleados en ocasiones. Su reacción a las protestas en los Estados Unidos en mayo y junio de 2020 también han dejado sus huellas en la ciudadanía de ese país.

Independientemente del resultado de las elecciones presidenciales de 2020, estos libros son no solo un protocolo detallado del fallido proceso de juicio político, sus antecedentes y batallas ideológicas, sino también un análisis agudo del fracaso de Trump en la crisis por el COVID-19 y las consecuencias de su mandato para la preservación de la democracia estadounidense, así como para la amistad transatlántica con la Unión Europea. Al mismo tiempo, son también una guía para lidiar con unos Estados Unidos que nunca más serán como solían ser.  

Pero un análisis honesto también incluye la cuestión de qué acciones del presidente más insólito de la historia moderna podrían tener un efecto positivo en el mediano y largo plazo. Dónde puso Donald Trump el dedo en la llaga; dónde llamó la atención sobre problemas en los que siempre se falló por una política demasiado cautelosa; qué cuestiones diplomáticas desenmascaró como tales y puso las cosas en movimiento...¿no será que está ordenando el tema de las injusticias en el comercio mundial?

El análisis estaría incompleto sin una mirada a la personalidad de Trump. Theveßen se ocupa de forma intensa en uno de los capítulos de su libro de la psicología de poder de este hombre y su política. La atención se centra en un cuadro clínico que psicólogos respetados de los Estados Unidos le han diagnosticado al presidente sin poder examinarlo directamente: narcisismo maligno. Según este diagnóstico, Donald Trump es un narcisista malicioso, con un esfuerzo excesivo por el reconocimiento, la exageración de sí mismo. por una gran sed de poder y un profundo sentimiento de inseguridad, con mentiras descaradas como parte de una percepción alternativa de la realidad, con impaciencia y agresividad, la búsqueda despiadada de la propia ventaja, los celos insaciables del éxito ajeno. Trump humilla y desprecia a las personas, especialmente a las que cuestionan su imagen de sí mismo. Él, a su vez, las describe como maliciosas y retorcidas. Estamos pues ante un narcisista malintencionado que establece sus propias reglas sobre la ley, el derecho y las normas sociales.

Algunos podrían considerar que ese diagnóstico de salud a distancia y la presentación de informes al respecto es algo arriesgado, otros incluso moralmente reprensible. Pero el análisis del estado mental de los líderes políticos del mundo ha formado parte de la política exterior estadounidense durante décadas, desde que la CIA creó un departamento separado para tales evaluaciones psicológicas a finales de los años 70.

Además, los presidentes de los Estados Unidos deben hacer públicos regularmente los resultados de sus exámenes médicos, aunque sin dar detalles. Tratar este tema no sólo es un aspecto importante en la evaluación del mandato de Donald Trump, sino que incluso fue recomendado una vez por un futuro presidente preocupado por la continuidad de la República Americana y la democracia: ¿Es irrazonable esperar que un hombre obsesionado con su invencible genio, combinado con un deseo que llega al extremo, se levante en algún momento de entre nosotros? Cuando un hombre así viene, se necesita gente que esté de acuerdo entre sí, que esté apegada al gobierno y a la ley, y que sea sabia para detener sus planes con éxito.

Estas fueron las palabras de Abraham Lincoln el 27 de enero de 1838. Lincoln temía lo que él mismo podría evitar años después, pero lo que parece posible hoy una vez más: la destrucción de América, la brillante ciudad en la montaña de la que hablaba en el siglo XX otro presidente republicano, Ronald Reagan, inspirándose en una cita del Evangelio (Mateo 5:14).

Parafraseando ahora aquel conocido pensamiento atribuído al presidente Porfirio Díaz, pero que en realidad es de la autoría del intelectual mexicano Nemesio García Naranjo (pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos): pobres Estados Unidos, tan lejos de la cordura y tan cerca del delirio trumpista.

Notas

1. Klaus Brinkbäumer y Stephan Lamby, "Im Wahn: Die amerikanische Katastrophe", München: Beck C. H., 2020, 321 Seiten. ISBN 978-3406756399

2. Elmar Theveßen, "Die Zerstörung Amerikas.Wie Donald Trump sein Land und die Welt für immer verändert", München: Piper Verlag, 2020, 320 Seiten. ISBN 978-3-492-07058-4

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