Italia

Mejor si está sola

Jorge Binaghi

martes, 3 de noviembre de 2020
Milán, miércoles, 21 de octubre de 2020. Teatro alla Scala. Concierto lírico. Arias y fragmentos sinfónicos de Verdi, Ponchielli, Cilèa, y Puccini. Anna Netrebko, soprano. Orquesta del Teatro. Director: Riccardo Chailly.

Este concierto añadido un tanto sorpresivamente -seguramente para hacer juego con el próximo (si lo habrá) de arias de óperas alemanas- tiene que ver con un futuro cd de la diva con la orquesta de la Scala y su director musical.

El aforo permitido (una vergüenza para un teatro de esta envergadura, pero de todos modos mucho para lo que no hay ahora) estaba a rebosar y había incluso estudiantes de canto esperando el milagro de una entrada a 11 euros en la galería alta. Alguno creo que lo logró. Y fue una suerte porque fue un excelente concierto. Evidentemente cuando la señora Netrebko canta sola y con un director capaz vuelve a su nivel habitual.

Y justamente orquesta y coro fueron un puntal del recital. Chailly demostró su afinidad con Puccini (intermezzo de Manon Lescaut) y con Cilèa (el de Adriana Lecouvreur). Con Ponchielli y su célebre y largo ballet de La Gioconda (la danza de las horas) algo menos porque especialmente en la parte rápida sonó muy marcial y metronómico. En Verdi Chailly es muy bueno. En este caso ofreció algo interesante por la curiosidad y menos por la calidad del fragmento (la de la ejecución, como en todo el concierto, fue altísima y la respuesta de la orquesta de embozados más que notable): la obertura que Verdi escribió para el estreno de Aida en Milán y que hizo retirar antes de la primera función. Admirable hombre de teatro el Maestrísimo que comprendió no sólo que era mejor el preludio (la primera sección de esta obertura) que todo el resto, sino que la acción, ya de por sí larga, se alargaba innecesariamente con algo que siguiendo la forma de sus oberturas más recientes y mejores (Vísperas sicilianas y La fuerza del destino), pero también de alguna anterior y fascinante (Nabucco, Luisa Miller) no estaba a la altura de aquellas: aunque el sufrimiento de Aída y la ira y los celos de Amneris se entrelazan y persiguen -algo reiteradamente- con una puntual intervención del coro de sacerdotes la receta no funciona del todo (entre otras cosas porque inevitablemente, dado el ‘poder’ de los temas, gana Amneris). En cualquier caso fantástico el poder escucharla una vez. Pero el preludio es mejor, y de lejos.

El programa estuvo confeccionado con buen sentido pues las arias correspondían a las obras y en general pasamos del tardío Verdi y la ‘gran ópera’ padana (Ponchielli) al verismo de Cilèa y Ponchielli (aunque en orden inverso por las fechas de los títulos).

Netrebko, como la mayor parte de los cantantes, cuanto más rueda un papel mejor lo hace. Y eso pasó con ‘Ritorna vincitor’, ‘Poveri fiori’ e incluso ‘Tu che le vanità’ (que ha cantado sólo un par de veces en su totalidad, pero que sonó mejor que en Barcelona en 2018). Nunca le vi una función de Manon Lescaut (y según parece ya no será posible), pero si digo que ‘Sola perduta abbandonata’ en su versión definitiva (por suerte) no sólo cerró el concierto sino que fue su mejor momento en absoluto, creo decirlo todo.

Era la primera vez que la artista actuaba en público (aunque sus fans y otros que no lo son tanto habían sido correspondientemente inundados de videos y fotos desde su estancia en el hospital hasta su recuperación definitiva) y hay que decir que la fuerza física de la soprano es notabilísima si a menos de dos meses de tener un problema pulmonar no había la menor traza de un problema de respiración. La voz está intacta, con su habitual tendencia a exagerar o inventar los graves, que fue lo que hizo que el rendimiento en ‘Suicidio!’ y -sobre todo por estar fuera de carácter en una frase de ‘Butterfly’, personaje que ha repetido que no siente, y se nota, independientemente de que finalmente lo cante o no-, descendiera de lo excelente a lo muy bueno o bueno.

Mantiene la capacidad extraordinaria en las notas a media voz y filadas para un chorro de voz como el actual aunque empieza a verse que lo consigue más por técnica y a veces suenan metálicas, no hay problemas de extensión (justamente el grave no tendría necesidad de tanto pecho, y probablemente hoy, si persiste en esta dirección, sería mejor que cantase Éboli y no la Valois). La expresividad ha sido siempre buena aunque un tanto exterior y así sigue.

Pero la sorpresa, más que de los dos trajes endosados (el segundo, en negro, suscitó algunos comentarios en voz alta del público presente a los que la diva respondió haciendo una graciosa reverencia -para los argentinos, me hizo recordar a las vueltas que daba Mirtha Legrand en sus míticos almuerzos; aunque está más delgada y esbelta yo preferí, en minoría como suelo, el primero en rojo) provino del único bis: un vals de Musetta simplemente memorable, insinuante pero no chabacano, con un dominio vocal soberano y la mejor caracterización del personaje desde la inolvidable Lucia Popp. Aunque no creo que lo vaya a cantar nunca entero y en escena hoy sería el personaje femenino de La bohème el que le iría mejor.

Por supuesto ovaciones interminables.

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