250 aniversario de Ludwig van Beethoven

Ludwig van Beethoven al desnudo en Bonn

Juan Carlos Tellechea

viernes, 6 de noviembre de 2020
Max Klinger, Beethoven © 2020 by InGestalt/Michael Ehritt

Pionero del simbolismo alemán, Max Klinger, uno de los creadores más destacados y controvertidos del arte internacional de 1900, hoy casi olvidado, era un admirador de los grabados de Adolph von Menzel y de Francisco de Goya. Su obra revolucionaria abarcó pinturas, esculturas y abundante gráfica e inspiraría a su vez a Salvador Dalí y a Edvard Munch.

Al conmemorarse el centenario de su muerte, la Bundeskunsthalle, de Bonn, ha reunido una selección de sus trabajos más importantes en una exposición titulada Max Klinger und das Kunstwerk der Zukunft (Max Klinger y la obra de arte del futuro) que se realiza desde el pasado 16 de octubre al 31 de enero de 2021. La muestra, en cooperación con el Museum der bildenden Künste Leipzig, y cuyo catálogo es de la editorial Hirmer, de Múnich, refleja la búsqueda del artista por alcanzar una imagen moderna del Hombre, través de la representación de la desnudez radical.

Así es posible admirar en estos meses en la Bundeskunsthalle a Ludwig van Beethoven con su torso al desnudo y sus puños crispados en un monumento de mármol sobre bronce, rodeado con pinturas y tallas de marfil, apoyado sobre una sólida base de granito que creara Klinger en 1902 para la exposición de la Secesión de Viena que estuvo dedicada al compositor.

Con un peso de cinco toneladas, nunca antes una sola obra de arte -que incluso eclipsaba al famoso friso de Beethoven de Gustav Klimt presentado en esa histórica muestra- puso en movimiento aquí a toda la población, escribíría una crítico de la época. A otro le impresionaba mucho que las manos de Beethoven estuvieran cerradas como los puños de un boxeador. La presentación en Viena terminaría con un golpe de gracia, no para la escultura, sino para el artista.

Los vieneses no quisieron quedarse con la excepcional obra -un hito en la veneración romántico-tardía de Beethoven- que volvería a Leipzig y sería adquirida por el ayuntamiento de la ciudad para el Museo de Bellas Artes. Ahora la admiramos como una de las contribuciones a la celebración en 2020/2021 por el 250º aniversario del natalicio del genio de Bonn.

Klinger se habría de ocupar de Beethoven durante décadas. La idea, al mostrarlo con los puños apretados, era la de rendir homenaje a este titán que, pese a las adversidades, completa su trabajo y se convierte en uno de los más importantes compositores de la historia, afirma la comisaria de la exposición, Agnieszka Lulinska. Al mismo tiempo, y paradójicamente, cuando uno lo mira con atención cree verlo, de pronto, como una figura muy frágil en este entorno, agrega.

Sin embargo, la grandeza es también una cuestión de postura. Tal como Beethoven se sienta aquí en su trono, ya no es un genio, sino un dios. Pensativo, inclina su cabello rizado hacia adelante, sorprendentemente, su cuerpo está al descubierto a excepción de un par de sandalias y un paño sobre su regazo. Un águila, el animal heráldico de Júpiter, se sienta sumisamente a sus pies.

Estimulado por su coterráneo Richard Wagner, Klinger aspiraba a superar las fronteras entre los géneros artísticos, en el sentido de un arte total, en el que se fundieran en una armónica unidad la pintura, la plástica, la gráfica, la arquitectura y, en lo posible, también la música.

Con su fantasía original y su virtuosismo técnico en el campo de las artes gráficas, Max Klinger se ganaría desde el principio una gran admiración. Klinger creó 14 ciclos de obras gráficas y uno no puede más que admirar con asombro el mundo fantástico en el que se movía. Fue un adelantado, tanto para el surrealismo como, en parte también, para la estética de las tiras cómicas. Su última obra en Leipzig Das Zelt (La carpa), comienza con una yurta, la típica tienda de campaña de los nómadas del centro de Asia, en un peregrinaje a través de obsesiones de múltiples significados simbólicos.

En sus pinturas y esculturas, se alejaría de la visión académico-idealista de las figuras para ir a lo que entonces era una impactante representación del cuerpo humano desnudo. De este modo, Klinger contribuiría significativamente a la formulación de una imagen moderna del Hombre en el arte.

Las esculturas exhibidas están flanqueadas por decenas de dibujos y grabados. Los motivos oscilan entre las imágenes oníricas y la crítica social. Klinger hizo un amplio uso de los antiguos griegos, romanos y de la Biblia en sus trabajos; sus héroes y heroínas se llaman Prometeo, Casandra, Salomé o Eva.

Klinger fue no solo uno de los artistas más exitosos y poderosos de su época, sino también un revolucionario al que no le importaban las convenciones. El monumento a Beethoven está flanqueado por dos escandalosas obras que, en su momento, fueron condenadas como pecaminosas y por las que el pintor fue acusado de blasfemo.

El imponente óleo Die Kreuzigung Christi (1890) (La crucifixión de Cristo), con Jesús completamente desnudo visto de perfil y sus pies a pocos centímetros del suelo, se encuentra en la sala mayor de la Bundeskunsthalle, dividiendo de forma impactante el espacio de este amplio recinto. En el centro de la imagen, María, de luto y en postura escultural, frente a él; María Magdalena, de frente al espectador, como desmayándose; a su lado el apóstol San Juan (con los rasgos faciales de Beethoven).

Al fondo, dos jóvenes desnudos, no contemplados en la tradición bíblica del Nuevo Testamento, se desplazan erráticamente de derecha a izquierda por el cuadro; las extremidades inferiores de sus cuerpos casi se tocan entre sí. Hay muerte y mucho erotismo en este óleo, uno de los más importantes de Klinger y que desató un sonado escándalo en 1891. Cuando fue expuesto ese año por primera vez en Múnich, Klinger se vió obligado a repintar transitoriamente los genitales del Hijo de Dios.

Klinger, formado en Karlsruhe y en Berlín, comenzó a liberarse de los ideales academicistas en Roma, ciudad que visitaría reiteradamente desde 1888. Le fascinaba lo imperfecto, los cuerpos retorcidos, las manchas de color, las tonalidades carne impuras, las cuidadosas y consecuentes falsas señales de la naturaleza, atestiguaba un amigo suyo. A Klinger le gustaba también gastar bromas, como en Das pinkelnder Tod (La muerte meando) en la que se ve un esqueleto orinando en un lago, un lienzo que se hizo famoso por lo macabro.

Christus im Olymp (1897) (Cristo en el Olimpo), una obra de arte total que llena la pared con un marco de madera, pedestal de mármol y dos esculturas de mármol, muestra al Salvador caminando hacia los dioses griegos en medio de un paisaje paradisíaco. El cuadro capta su llegada: Jesús deja la cruz detrás de él (que sostiene su séquito) al tiempo que una niña se arroja a sus pies; es la figura de Psique, y detrás suyo la de su esposo, Eros, quien se aparta horrorizado de la escena. El poeta Richard Dehmel, amigo de Klinger, continuaría fantaseando con el encuentro entre Jesús y Psique, en una noche de bodas de estrellas brillantes (hellgestirnten Hochzeitsnacht), una muy tangible reconciliación entre la religión y el mito.

La exposición tampoco pasa por alto el conflicto de género: uno de los rostros angelicales en el trono del monumento de Beethoven muestra, por ejemplo, los rasgos faciales de la escritora Elsa Asenijeff, activa defensora del sufragismo femenino y compañera sentimental del escultor. Klinger la conoció en 1897/1898 en Leipzig y en su larga relación amorosa se produjo asimismo un intenso intercambio artístico. Asenijeff alcanzaría gran consideración en los círculos intelectuales con libros como Aufruhr der Weiber und das Dritte Geschlecht (1898) (La rebelión de las mujeres y el tercer sexo) y Tagebücher einer Emancipierten (1902) (Diarios de una emancipada) que reflejaban las estructuras sociales y políticas de género de su época. Ella es la autora de un estudio sobre el proceso de creación de la escultura de Beethoven que hasta el día de hoy sigue siendo un trabajo fundamental. En 1907, Klinger ilustró con dibujos sobre el tema de Amor y Psique la naracción Epithalamia de su compañera.

Dos años después de esa obra conjunta, la pareja se encontraba en una encrucijada en su relación. Nunca se casaron, pese a que tuvieron una hija, Desirée. Klinger conoció a la joven Gertrud Bock, quien sería su modelo y más tarde su mujer. Para Elsa Asenijeff comenzará el declive social y financiero. Su internamiento forzoso en un centro de salud mental puso fin en 1923 a su carrera como escritora. El resto de su vida hasta su muerte en 1941 lo pasaría en diversas clínicas psiquiátricas.

Klinger consagró su vida a la búsqueda de la naturalidad a través de imágenes oníricas, míticas y de la cruda realidad. La exposición permite al público entender en profundidad esta exploración de manera muy sensual y con desnudez radical. Dónde y cuándo conoció a Gertrud Bock no está claro. Posiblemente ella y su hermana, Ella, posaban como modelos en la Academia de Leipzig. La fascinación de Klinger por el atractivo erótico de la joven, sus llamativos rasgos faciales y su bello cuerpo se reflejarían en numerosas representaciones de 1910.

Contrariamente a lo que aconteciera con Elsa, de quien Klinger solamente hizo un desnudo en su aguafuerte Exlibris (1899), Gertrud estaría presente por doquier en su creación. También en su vida privada, asumiría un papel cada vez más importante. Con cierta condescendencia Klinger caracterizaba a la joven como poco complicada.

Klinger, quien procuraba en Leipzig el relacionamiento con otros artistas, era amigo de Gustav Klimt y se convertiría en miembro correspondiente de la Secesión, pero declinaría un puesto de profesor en la Universidad de Viena, porque se le denegaba la posibilidad de tener cinco meses de vacaciones al año. El escultor sería un modelo a seguir para Käthe Kollwitz, quien decía haber encontrado en él su propio camino. Esta relación se puede ver especialmente en los grabados todavía naturalistas y socialmente críticos de Klinger, en las escenas revolucionarias o en su Armen Familie (Familia pobre).

Entre 1883 y 1902 Klinger pasó largas estancias en París. Ese centro del arte moderno marcó su creación de forma permanente. Allí conoció las corrientes artísticas de actualidad en ese entonces, como el impresionismo, y descubrió los desnudos en la pintura, caracterizados por un uso refinado de la luz. Simultáneamente, estudió con detenimiento la escultura francesa contemporánea, con Auguste Rodin como su estrella indiscutible, con quien Klinger entabló una amistad personal que, más tarde, le facilitaría importantes vínculos con coleccionistas germanos. El escultor alemán participó asimismo en la organización de las dos exposiciones de Rodin que tuvieron lugar en Leipzig en 1904 y 1908.

La sensualidad es la piedra angular del ser artístico, escribiría Klinger desde París en 1900, cuando se hizo amigo de Rodin. Ambos escultores representaron el cuerpo humano en su forma natural. La desnudez era el foco de su arte. Una vívida modelización de las superficies así como la efectiva técnica del non finito de Rodin, en la que la forma plástica supera al mármol -una caligrafía inconfundible del artista francés- puede verse también reflejada en Klinger. Éste admiraba especialmente también los dibujos y acuarelas de Rodin que impresionaban, pese a su austera técnica, por su viva irradiación y su modernidad formal. Una veintena de estos dibujos se presentan en la muestra, cedidos por el Musée Rodin de París. Rodin delineaba los cuerpos con unos pocos trazos dinámicos, llevándolos a un estado de suspensión entre el espacio y la superficie. Su leitmotiv era la lúdica desestabilización del personaje.

Las esculturas de Klinger de este período, como su bien logrado relieve Die Schlafende (La durmiente), sólo pueden perder en comparación directa con las de Rodin, como Andrómeda, acurrucada como una roca, o el cuerpo enredado en la representación de un secuestro Ich bin schön (Soy bella). Klinger creó un magnífico conjunto de figuras, fuertemente influenciadas por Rodin, a medio terminar en el bloque de mármol, con su escultura Das Drama (El Drama), perteneciente al Albertinum de Dresde. El escultor fue también un pionero en otros aspectos. Un fisioculturista de la primera hora, Georg Stanglmaier, quien aparecía como atleta profesional bajo el seudónimo de Rasso en espectáculos circenses y de teatros de variedades, le serviría de modelo.

La influencia de Klinger durante su vida no puede subestimarse; fue una figura central en la escena artística europea durante el cambio de siglo. Gertrud Bock lo acompañaría hasta su muerte en 1920 en Großjena (hoy un distrito de Naumburg, a orillas del río Saale, en el estado federado de Sajonia-Anhalt), su segunda residencia. Inicialmente una modelo permisiva, luego amante y fiel ama de llaves de Klinger en Großjena, Gertrud se convertiría en su esposa poco antes de su deceso, tras un derrame cerebral.

Amarga circunstancia ésta para Elsa, quien no había legalizado su matrimonio. Durante mucho tiempo, Klinger se sintió dividido entre las dos mujeres y resolvería este dilema artísticamente. Cuando creó la segunda versión de la decoración con murales de la Villa (del magistrado del Tribunal Superior, Julius) Albers (en el distrito de Steglitz, en Berlín) en 1912 (la primera había sido en 1883), retrató a ambas mujeres en sendos cuadros colgados en dos esquinas.

Sin embargo, el monumento a Richard Wagner quedaría sin terminar. Leipzig lo había planeado en 1903 y Klinger pareccía como predestinado para la tarea. Los estudios que realizó, así como los modelos en yeso que confeccionó y fotografió atestiguan el largo proceso. Paralelamente crearía un busto en bronce del compositor, modelándolo a partir de imágenes fotográficas. Las arrugas en su rostro se inspiraban en el arte de Rodin.

En 1911 Klinger presentó el proyecto del monumento de más de cinco metros de altura ante un comité seleccionador. En lugar de un estrado, sólo se planeó un pedestal alto con decoración en relieve: en el frente tres figuras femeninas -música, poesía y arte dramático-, a la izquierda Sigfrido, Mime y el dragón muerto, a la derecha Parsifal y Kundry.

El 23 de mayo de 1913 se colocó la piedra fundamental de la obra, mas el estallido de la Primera Guerra Mundial y la muerte de Klinger en 1920 impidieron la continuación de los trabajos. Por fin, en 2013, con motivo del 200º aniversario del nacimiento de Wagner, fue inaugurado el monumento del escultor Stephan Balkenhol, quien utilizó el precioso zócalo de Klinger esculpido un siglo antes.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.