La fascinante Rusalka llegó por fin (con notable retraso) a París y su ópera oficial. No se escatimaron esfuerzos ni medios, pero el resultado se quedó a medio camino de esta obra tan 'ideal', tan lírica que a veces va contra los requisitos dramáticos, por lo cual resulta muy delicada. Vale la pena intentarlo, porque la música es maravillosa y la anécdota, no por conocida deja de hacer su efecto. Soy de los que piensan que un gran director puede salvar incluso un reparto modesto, y no digamos ya una puesta no lograda. Aquí pasó casi todo al revés y casi, pero no del todo. Con dos excepciones.Difícilmente haya hoy quien cante mejor la protagonista que Renée Fleming, ideal por timbre (ahora algo más oscuro en el centro y en el grave que en el momento de su histórica grabación, pero luminoso y puro en el agudo, con lo que el misterio y la…
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