Rossini seguramente habría hecho una de sus mejores
bromas musicales escribiendo una ópera con el título de esta reseña. Lo cierto
es que, igual que su Isabella y mejor que su Selim, al lograr ‘aclimatar’ su
música (lo mismo que hizo él), al tiempo que se seguían representando las de su
período italiano, su fama y su influencia, que ya eran enormes, se hicieron
planetarias (si alguna vez hubiera existido el planeta ‘ópera’).
No se puede decir que esta versión (o su traducción
italiana), ni tampoco la original ‘oratorial’ en italiano, profundamente
revisada para el estreno en París, hayan quedado en el repertorio aunque hagan
alguna aparición esporádica y algún fragmento se recuerde con alguna frecuencia
(como la célebre plegaria que Toscanini eligió, entre números de otros autores,
para la reapertura de la Scala tras el final de la…
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