Entre
los muchos espectáculos, nuevos o no, que ofrece la Opéra de París en la sala
Bastille y el Palais Garnier destaca un Rigoletto
en una nueva producción firmada por Claus Guth. La inteligencia del director es tan conocida como sus arbitrariedades.
Esta no ha sido la excepción, tras una idea inicial fortísima: el escenario es
una inmensa caja abierta, y en el preludio se presenta el actor que funcionará
como doble del protagonista arrastrando un pesado baúl del que irán saliendo
los atributos propios de un bufón, un vestido blanco ensangrentado, etc. Toda la
obra será este recuerdo masoquista de lo ocurrido y el vano intento de cambiar
los hechos.
Gilda, a los ojos del padre, es siempre una niña que se mueve con
pasos de baile, a la que se dirige durante los dúos mientras la verdadera hija,
la mujer, procura inútilmente reunir en sí…
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