El 23 de febrero lo recordaré en el futuro, muy probablemente, más que como el golpe esperpéntico de Tejero, como el de la última vez que vi a Gergiev. Cuando el maestro se presentó alguien silbó y otra vez gritó algo que nadie pareció entender. Se dudaba entre las quejas porque no había sido él directamente quien preparara la función (había llegado poco antes del comienzo de esta primera) o por la situación que en ese momento precipitaba (al día siguiente empezó la invasión rusa de Ucrania).
Lo demás es sabido: la Scala le solicitó una toma de posición contra la guerra, el Carnegie Hall lo sustituyó ante los Wiener, Múnich lo relevó al no contestar al ultimátum que caducaba ayer, lunes; su agente internacional lo abandonó el domingo. A estas alturas nadie sabe cómo y si seguirán las representaciones de la obra maestra de Chaivosqui.
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