Alemania

Los 24 preludios y fugas de Shostakovich por Igor Levit

Juan Carlos Tellechea
viernes, 1 de abril de 2022
Igor Levit © 2022 by Felix Broede Igor Levit © 2022 by Felix Broede
Düsseldorf, miércoles, 9 de marzo de 2022. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Igor Levit, piano. Dmitri Shostakovich, Preludios y fugas op 87. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf. 90 % del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus
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El modelo de Dmitri Shostakovich es, claro está, Johann Sebastian Bach, y abre en do mayor, al igual que el Clave bien temperado, la tonalidad de su imponente colección de 24 Preludios y fugas op 87, interpretada con gran entrega y calidez por Igor Levit en el recital de Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf este miércoles en el gran auditorio de la Tonhalle.

Muchos compositores han seguido este ejemplo y han buscado una confrontación existencial con el teclado en todos sus tonos y variedades. Pero probablemente ninguno fue tan consecuente en esto como Shostakovich, quien en 1950/51 desarrolló este ciclo en el que plasma todas las formas de expresión, desde el humor y el absurdo hasta la melancolía, la desesperación y la violencia. A diferencia de Bach, en cuya obra todo es movimiento fluido, Shostakovich encadena en su ciclo fuertes acordes.

Igor Levit es uno de los pocos pianistas que se ha atrevido a abordar la descomunal obra de casi tres horas de la mayor intensidad musical. Levit es un hombre que parece predestinado para los colosales pesos pesados del repertorio. Él es todo en una sola persona: halterófilo y maratonista a la vez, ya sean los grandes ciclos de variaciones o toda la obra de sonatas de Ludwig van Beethoven. Levit lo levanta todo y demuestra ser una especie de devorador de notas, en el sentido metafórico del término.

Multitudinaria ovación de pie

Al promediar las dos horas y media de este concierto, físicamente muy exigente, lo vemos tratando de desentumecer los músculos de espalda, hombros, brazos y manos. Pero sigue sin rechistar hasta el final y acaba exhausto. Los molestos agarrotamientos que se sacude entre preludio y fuga son, sin duda, consecuencia de su mala (y tensa) postura ante el piano, encorvado durante todo el tiempo siguiendo atentamente la voluminosa partitura.

La multitud que colmaba la gran sala auditorio de la Tonhalle se puso al unísono y espontáneamente de pie al término de la velada para aclamar vivamente a un Levit a ojos vistas fatigado, quien permanecía varios segundos reclinado sobre el teclado, en actitud de humilde oración, para recobrar aliento tras la maratónica sesión.

Ritual de autoexploración

Este ciclo de 150 minutos de Shostakovich representa una combinación de calidez, inmediatez y soledad pura; un ritual de autoexploración y autodescubrimiento, de incesante búsqueda, que trata de las cuestiones más íntimas del ser humano. Varios de estos preludios nos deslumbran con su magnificencia. Quizás se pueda criticar la afición de Levit por los proyectos de gran envergadura y cuestionar si alcanzan siempre el máximo nivel. El pianista consigue aquí una vez más no tocar nunca por debajo de un determinado listón, y este es ciertamente muy alto.

Levit da muestras de un elevado arte pianístico en la intimidad con la que mide la fuga en fa sostenido mayor (XIII, Moderato con moto – Adagio) a cinco voces, al comienzo de la segunda parte del concierto, y en cómo dota al mismo tiempo de brillo interior a la melodía de densa palidez.

Es también notable cómo Levit, por el contrario, saca a relucir lo rítmico motriz -de todos modos una de las características de Shostakovich- sin conformarse con un fin puramente repetitivo en sí mismo. Así, uno de los mensajes centrales de su concierto es el de que la percusión palpitante solo adquiere fuerza persuasiva cuando se integra en un proceso musical reconocible.

Caleidoscopio de colores

En definitiva, Igor Levit nos presenta este ciclo de Dmitri Shostakóvich, ciertamente poco manejable, como un caleidoscopio de colores, un ciclo lleno de sensaciones tiernas, de roces dolorosos; un compendio de revuelta, resignación y esperanza.

El próximo 10 de junio lo veremos otra vez aquí para interpretar durante hora y media la Passacaglia on DSCH, de Ronald Stevenson, raramente tocada en salas de concierto, y dedicada también a Dmitri Shostakovich. Aguardamos con expectación esta velada también organizada por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf.

 Mundos sonoros

Levit ya ha demostrado muchas veces que es un descubridor de obras que se salen de los caminos trillados. Está siempre dispuesto a oficiar de guía: su toque es claro, su uso del pedal está inteligentemente medido, su ponderación de las partes individuales es prudente. También aquí resulta ser un cicerone fiable a través de mundos sonoros menos conocidos.

Los preludios y fugas de Shostakovich no conmueven inmediatamente al espectador. Pero Igor Levit es de sobra concienzudo en su aproximación al material como para negarnos los encantos y también los retos de esta música. El oyente percibe de inmediato la conexión entre los momentos de lucha por llegar a un entendimiento con esta cordillera musical y los estados de ánimo del propio compositor en su nada sencilla vida.

Historia

El ciclo surgió de la experiencia de Shostakovich con Bach en Leipzig, que fue para él tanto una huida como un refugio. Sentía seguridad en sí mismo, de su propia existencia artística, que ya no estaba en peligro físico en los últimos años de Iosif Stalin. Los dictadores van y vienen (lamentablemente vuelven de nuevo, como vemos). Pero la música de Shostakovich los sobrevive, aunque el compositor fuera aporreado con palos y zanahorias bajo el paraguas cuasi trascendente e inexpugnable del Thomaskantor; una utopía por supuesto, socavada de inmediato por los miedos, las dudas y los sarcasmos cínicos y autoinfligidos de los tiempos de la Unión Soviética.

Allí Tatiana Nikolayeva, su inspiradora pianista del estreno (diciembre de 1952 en Leningrado), enfatizó los rasgos esperanzadores que anhelan una armonía estabilizadora. Ahora es Levit quien saca a la luz los traumas reprimidos de la música, sus rasgos de crisis y a veces de histeria. Esto tiene consecuencias, ya que a menudo separa la unidad interna de las partes como témpanos de hielo frágiles y no busca tonos de relajación y autorreflexión de la respiración, aún cuando podrían encontrar un lugar.

Sutilezas

Donde más se acercan a encontrar espacio es en las primeras fugas en mi (IV, Andante – Adagio) y en si menor (VI, Allegretto - Moderato), ampliamente extendidas. Pero ya en la fuga en fa sostenido menor (VIII, Allegretto - Andante), Levit, seco y árido al golpear la cabeza del tema, se estremece con una especie de desesperanza claustrofóbica; deja que el siguiente par de mi mayor (IX, Moderato non troppoAllegro) termine en un fortissimo diabólicamente impactante, después del cual el impulso motriz del siguiente preludio en do sostenido menor (X, AllegroModerato) tampoco ofrece ninguna resolución.

Más sutilezas

Así, pasaron sucesivamente los minutos, uno tras otro. Durante mucho tiempo, solo había espacio para el lirismo poético en fragmentos y en citas. Volvía a convertirse en una verdadera zona recoleta cuando, mucho más tarde, la pareja de si bemol menor (XVI, Andante – Adagio) se permitía volver a hablar cautelosamente de sueños y esperanzas.

Eran éstos tonos sombríos, pero no depresivos, que luego ganarían espacio gradualmente y solo aquí, después de casi dos horas, sugerirían el pensamiento de que para Shostakovich podría haber habido algo así como un concepto general ideal y, en suma, incluso cautelosamente optimista, o al menos satisfecho de sí mismo.

Levit sigue este camino con reservas, como si tal vez pudiera haber estado en el espíritu del creador: no es exactamente teatral en la presentación ni en el toque de los sonidos de himnos, corales y canciones populares, pero sin embargo es tan demostrativo, a veces con muecas, que la desconfianza está inmediatamente implícita en su más que sutil interpretación.

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