La
dedicatoria, que Berlioz nunca quiso cambiar por otra que le hubiera tal vez
permitido estrenar su obra de mayor aliento, indica claramente por qué eligió,
con libertad, los libros II y IV de La
Eneida, junto con Shakespeare y Goethe, sus autores preferidos y a los que
dedicó más de un desvelo.
Un
teatro que decide arriesgar y poner en su repertorio esta algo más que gran
ópera cumple con su función y hay que felicitarlo (¿y por casa cómo andamos?). Los
resultados pueden ser o no superiores (lo más frecuente es que haya
desigualdades porque no es posible que todo funcione al gran nivel que se
necesitaría), pero lo importante es el hecho en sí. En esta ocasión el conjunto
ha sido de notable y si no llegó a más fue por un ‘detalle’.
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