Es más que sabido que el Tercer concierto para piano de Rachmaninov requiere del intérprete una gran pericia técnica y un no menor derroche de energía. Y tampoco hace falta recordar que, como todas las obras de su autor, es una pieza impregnada de intensa emocionalidad. Pero existe asimismo otro factor capital que se debe tener en cuenta: el ideal de toda gran obra musical, especialmente romántica, consiste en la articulación de un discurso fluído, al que se llega por medio de una visión orgánica de toda la pieza, cuyas partes no son episodios aislados, sino un engarce de temas expuestos, desarrollados, variados y a veces oupestos unos a otros de modo que formen una especie de "narración" unitaria, un "cuerpo" cuyos miembros están organizados conforme a un plan "anatómico" que no permite la fragmentación.
En el romanticismo uno de los…
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