Alemania

Hilary Hahn y la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 18 de octubre de 2023
Hilary Hahn © 2023 by Oj Slaughter Klein Hilary Hahn © 2023 by Oj Slaughter Klein
Düsseldorf, viernes, 29 de septiembre de 2023. Gran sala auditorio Felix Mendelssohn Bartholdy de la Tonhalle de Düsseldorf. Solista Hilary Hahn (violín). Orquesta Deutsche Kammerphilharmonie Bremen. Director Omer Meir Wellber. Wolfgang Amadé Mozart, Obertura de Don Giovanni KV 527, Concierto para violín nº 5 en la mayor KV 219, Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor KV 16. Franz Schubert, Sinfonía nº 2 en si bemol mayor D 125. Concierto del ciclo Meisterkonzerte organizado por Heinersdorff Konzerte-Klassik für Düsseldorf. 100% del aforo.
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Con la celebrada violinista Hilary Hahn, Wolfgang Amadé Mozart suena con nueva vida. Después de escucharla con la célebre Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, bajo la dirección del carismático Omer Meir Wellber, no hay cómo entender de otra manera la música del genial compositor salzburgués. Solista y orquesta, de gira por Alemania y al regreso de un paseo por España, forman además una unidad perfecta.

En el gran auditorio de la Tonhalle, atestado de público, Hilary Hahn y el colectivo musical se inspiran mutuamente, en esta gran hora estelar del ciclo Meisterkonzerte de Heinersdorff Konzerte - Klassik für Düsseldorf, dedicada a Mozart y a Franz Schubert. Aunque la mayor atención se centra, por supuesto, en alguien que falleció hace casi de 232 años. Dicho sea al margen, Omer Meir Wellber dirigirá a partir de 2025 a la Ópera Estatal de Hamburgo, sucediendo al gran maestro Kent Nagano en ese puesto.

Un thriller de Hitchcock

El concierto comenzó con la célebre Obertura de Don Giovanni. En pocos minutos la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen y el director muestran hacia dónde se dirige la velada; una interpretación apasionada, históricamente informada, con trompetas barrocas, tono esbelto y fuertes contrastes. Desde la primera nota hay ¡suspense!

Con Omer Meir Wellber, Mozart suena como en una banda sonora de los filmes de Alfred Hitchcock, mas no como la susodicha ópera. Convierte la obertura en un thriller psicológico. Saca a relucir los abismos de la partitura, deleitándose con la disonancia y con violines que parecen sierras cantarinas. La orquesta y la platea están en vilo desde el primer segundo.

La ejecución describe la frenética carrera de un libertino que vuela de una conquista femenina a otra, y que no se inmuta ante nada, llegando incluso a invitar a cenar a una terrorífica estatua que no es otra que la del Comendador al que mató en duelo. Todo acaba muy mal, ya que Don Giovanni, enfrentado a este invitado sorpresa, es arrastrado a los infiernos...

Quinto concierto para violín

Pero es la visión pura y soleada que tiene Hilary Hahn del Concierto para violín nº 5 en la mayor de Mozart, apoyada enérgicamente por la dirección vigilante e inspirada de Omer Meir Wellber, la que da nuevas alas a la obra, la hace fluir mágicamente e hipnotiza al público. Ya la grabó en CD con esta mismísima orquesta, un dechado de expresividad y virtuosismo.

Mozart completa las nobles credenciales del género con una inagotable riqueza de inspiración. Para cualquier violinista, es un modelo de estilo clásico. Desde el primer movimiento (Allegro aperto – Adagio – Allegro aperto) Hilary Hahn concibe la obra como un ritornello cómodo y alegre. La solista forma una guardia de honor para una entrada verdaderamente hechizante. Impulsivamente, los espectadores no pueden contenerse e incluso aplauden antes de pasar al segundo movimiento.

El Adagio es un tanto nostálgico, con su profundidad abisal. Con una retórica magistral, la solista se abre camino a través de la obra y se muestra como una grandiosa narradora. Aunque ella dirige con su instrumento, la orquesta es un socio en pie de igualdad, de modo que la musicalidad recíproca es intensa y coordinada.

Silencio absoluto

Una vez transcurrida esta lenta sección reina el más absoluto silencio. Al principio, Hilary Hahn podría haber sonado todavía ligeramente áspera. Pero ahora la solista ha entrado en calor y ha encontrado un sonido tierno y conmovedor. Meir Wellber consigue sacarla de su reserva una y otra vez, sobre todo en el siguiente movimiento (Rondeau. Tempo di Menuetto – Allegro – Tempo di Menuetto).

El Tempo di menuetto final está lleno de sorpresas: el Allegro central del movimiento, la marcha de los jenízaros que recuerda a la marcha de El rapto en el serrallo, se vive aquí como muy sacudida, llena de inflexiones amenazadoras que evocan cierta extrañeza oriental. Este alla turca, tan popular en la época, suena hoy deliciosamente anticuada e insólita a la vez. El conjunto termina con una repetición del tema en una alegría inspirada.

Esta interpretación magistral corona una carrera intachable. Hilary Hahn demuestra su maestría suprema, su apetito por tocar y su inteligencia del texto: las cadencias, aparentemente de su propia invención ya que Mozart no dejó aquí ninguna indicación precisa, son tan imaginativas como originales, inspiradas por la preocupación de respetar el tema y vividas con un verdadero sentido de la improvisación, sin olvidar el lucimiento de toda la paleta del intérprete.

Reflexivo

De manera más general, es de admirar la generosidad del sonido y un enfoque reflexivo que a veces tiñe el discurso de dramatismo o incluso de tragedia. La Deutsche Kammerphilharmonie Bremen ama a Mozart y, gracias a la calidad de sus instrumentos, especialmente las cuerdas, ofrece una puesta en escena perfectamente natural, honesta y cincelada; el colmo del refinamiento.

Allí estalla el entusiasmo y el público lo agradece con sonoras exclamaciones de aprobación: "¡bravo, bravo, bravo!". Los aplausos no querían detenerse y entonces Hilary Hahn sale otra vez al escenario para ofrecer como bis la Giga de la Partita nº 3 para violín solo, de Johann Sebastian Bach, que toca con gran libertad hasta concluirla entre renovadas y más sonoras ovaciones de la platea.

Programa cambiado

Con solo Mozart y Schubert, lo que a primera vista parece un programa bastante trivial, comparado con las conocidas exigencias de la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen, resulta ser una presentación magnificente.

El programa tuvo que ser modificado a última hora, debido a que Hilary Hahn contrajo el COVID-19 hace un par de meses y lamentablemente no pudo preparar el estreno de una obra para violín y acordeón (Labyrinthe du temps), de Aziza Sadikova, que iba a tocar la orquesta con Omer Meier Wellber como segundo solista. La presentación hubiera sido, sin duda, una gran acontecimiento. Hilary Hahn es bien conocida por encargar e interpretar creaciones de nuevos compositores.

De nuevo Mozart

Así fue que al director y al colectivo musical se les ocurrió la Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, de Mozart, que solo los especialistas conocen. La impresionante exhibición de talento del compositor, a la sazón de ocho años de edad, se vio realzada en el Molto allegro inicial y en el Presto final por la tormentosa interpretación de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, que incluyó un piano orquestal de primer orden entre los bajos, de una intensidad inusitada, y las cuerdas, acentuadas en todo momento.

En el movimiento lento central (Andante), las disonancias y la yuxtaposición de ritmos dobles y triples crean una melancolía flotante, estremecen y ponen la piel de gallina al oyente. Es fascinante sentir cómo a tan tierna edad Mozart ya dominaba la magia que haría inmortal su obra. Meir Wellber consigue aquí una pieza musical emocionante, con una dinámica sofisticada y mucho ingenio.

Schubert

Por último viene la raramente interpretada Segunda sinfonía en si bemol mayor D 125 (1814-1815) de Franz Schubert. Omer Meir Wellber, con su peculiar y sorprendente gestualidad sobre el podio, así como la orquesta le soplan hasta el último grano de polvo a la partitura y brillan con una alegría de tocar casi exuberante al tiempo que realizan un trabajo exquisitamente retórico.

La pieza, escrita por Schubert cuando tenía 18 años, pertenece al grupo de las sinfonías juveniles, como la llaman los musicólogos. Desde luego en esta obra,  no es la famosa Inacabada de Schubert lo que se escucha, pero Meir Wellber y la Kammerphilharmonie Bremen dotan a la introducción lenta de una conmovedora y romántica expansividad.

La sinfonía, escrita a imitación de la recién estrenada 2ª Sinfonía en do menor op 80 (Londres: 18 de abril de 1814) de Ferdinand Ries, es aún más virtuosa que la de Mozart e igual de escuchable. Estos son los ases que esta orquesta se saca siempre de la manga. Los casi inaudibles pianissimi que Meir Wellber obtiene del tutti dejan sin aliento al oyente, y en el final, la música se mete de lleno en un vaivén. Schubert es más conmovedor allí donde sus raíces se hacen audibles.

Derrame de romanticismo

Para ese entonces ya había compuesto cuatro sinfonías. También él tiene un talento musical excepcional. Y también él está en conflicto con las autoridades: tanto con su despótico padre como con la comuna de Viena, a la que llama "prisión" y abandona en 1813. Sin embargo, allí hace valiosos contactos. Con el director de la comuna, el pedagogo Innozenz Lang, por ejemplo, a quien el joven músico debe un importante apoyo.

Schubert le dedicó esta Sinfonía nº 2 en si bemol en 1815. Todavía hay mucho de Mozart en las melodías, pero sobre todo el desarrollo temático va mucho más allá del modelo: Schubert consigue crear un flujo lírico que ya no tiene parangón en el periodo clásico. El tema habla. O, como dijera una vez Robert Schumann a la vista de sus sinfonías: Un romanticismo se "derrama sobre el conjunto". Un romanticismo que se convertirá en el propio hogar de Schubert.

Variante de Beethoven

¿Quién hubiera pensado que Schubert, de entre todas las cosas, podría interpretarse como una variante de Beethoven? Este Schubert no solo es muy enérgico y rítmicamente apasionante como el Beethoven "normal", sino al mismo tiempo danzante: a veces ligero, a veces salvajemente arremolinado. Su Sinfonía en si bemol mayor, al igual que la Sinfonía en do menor de Ries -dedicada a su maestro Beethoven-, es como una intensificación aguda de Beethoven con tempi impresionantes y una intensidad alocada.

Omer Meir Wellber se menea, baila y salta, se encorva como un Rumplestiltskin o se pone de pie frente a la orquesta invocando al cielo y con los ojos muy abiertos, como si quisiera asustar a los primeros violines. Todo es una coreografía espectacular. El público se divierte mucho viéndole sacar el último diez por ciento de energía al colectivo. Al final del concierto todo el mundo está muy contento y de buen humor... los prolongados aplausos demoran largo tiempo en acallarse.

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