El cuadro escénico de esta nueva producción de Elektra es un sombrío patio interno de un edificio vienés que podría ser un palacio, pero también un hospital. Y los vestuarios trasladan la acción a la época de Richard Strauss y su libretista. El primer gran error fue uniformar a Elektra como una más entre las mucamas, cuando la dramaturgia original la erige como una protagonista solitaria, un pivote dramático que mueve la acción teatral sin jamás integrarse a ella. Digamos que su vitalidad nihilista es tal que casi reemplaza al mismo director de escena en esa manipulación emocional de todos los demás. El segundo gran error fue no darle instrucciones precisas, algo raro en un regisseur como Loy que a veces se esmera en corporizar el fraseo de los personajes hasta el exceso.
A diferencia de Salomé, la otra gran femme fatal del joven Strauss,…
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