Francia

La realidad de nuestros sueños

Jorge Binaghi

lunes, 18 de noviembre de 2002
París, sábado, 9 de noviembre de 2002. Palais Garnier. B. Martinu, Juliette ou la Clé des songes. Ópera con libreto de B. Horowicz, versión francesa adaptada de la obra de Georges Neveux. Dirección escénica: Richard Jones; escenografía y vestuario: Antony McDonald. Intérpretes: William Burden (Michel), Alexia Cousinse (Juliette), Laurent Naouri (preso, vendedor de recuerdos), Alain Vernhes (mendigo, anciano, hombre de la ventana), Karine Deshayes (señor, pequeño árabe), Michèle Lagrange (adivina, vendedora de pájaros), Martine Mahé (anciana, vendedora de pescados) Coro y Orquesta de la Opera de París. Dirección de orquesta: Marc Albrecht.
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Para quien esto escribe, uno de los acontecimientos musicales en el rubro de la lírica de esta temporada parisina acaba de materializarse. Por fin se estrena en la ópera, en francés como quizás corresponda visto que el autor lo había preparado, la extraña, poética y bellísima Juliette de Martinu, un compositor checo con el que en todos lados hay cuentas que saldar. Es tan perfecta la adecuación entre música y texto que a veces cuesta 'oir' la primera, ya que el autor no tiene problemas varias veces en ceder el paso a la palabra hablada, ya que la música se ajusta como un guante a situación y expresión, y en esto se ve la influencia de Debussy.Se prueba, de otra manera, con otra prosodia y otra gramática, a volver al 'recitar cantando'. Y este es uno de los raros casos en los que la polémica entre música y libreto carece de sentido. La concisión, la amenidad, la poesía se dan la mano en esta historia algo rara (¿qué sueño no lo es?) de un viajante en libros que llega a un lugar donde se ha perdido la memoria y que parece ansioso por recuperarla (pero con recuerdos prestados)en busca de una mujer entrevista fugazmente allí y a la que reencuentra para perder casi enseguida, desilusionados ambos, hasta que en la oficina burocrática de los sueños le anuncian que si no deja de soñar y no espera su turno se quedará para siempre en el mundo irreal, como efectivamente sucede.El lenguaje musical es absolutamente abordable aunque no 'tradicional', el texto se proyecta con gran claridad y el público pasa un momento excelente…procurando olvidar, quizás, el año y el lugar de estreno de la obra. Porque hay que ver por qué se ha perdido la memoria, por qué se quieren recuerdos de otros y por qué se puede elegir quedarse fuera de la realidad aunque detrás de la puerta donde nos llama una voz no haya nadie.Como quiera que sea, una velada privilegiada también por la fantasía realista (digamos así) del brillante director de escena Richard Jones, que, como en todos sus espectáculos anteriores, no necesita alardear de iconoclasta o niño terrible ni de mortificar texto o música para darnos la clave de la obra. Con unos decorados siempre sobrios pero que se basan en un gran acordeón visto de diferentes ángulos y que se transforma en hotel frente a una calle, bosque cercano a la ciudad, central de sueños, la acción tiene un encanto, una ternura y una ominosa inquietud que revelan exactamente el contenido de partitura y libreto y nos convierten en cómplices de ese Michel siempre en pos de un imposible. De antología.La dirección musical de Marc Albrecht no estuvo a ese nivel, pero fue buena, aunque a veces hubo densidad donde debió haber transparencia; la orquesta rindió a su acostumbrado nivel de excelencia, como el coro (mucho menos exigido que en el BORIS que se daba contemporáneamente en la otra sala). Debutaba la elogiada Alexia Cousin en la Opera: los medios son innegables, es una muchacha joven y bella, pero debería cuidar más un repertorio que junta a Mélisande con la Hélène de Jerusalem de Verdi, y evitar dar rienda suelta a su voz en papeles como éste donde por momentos es excesiva.Extraordinario por todo concepto fue en cambio el verdadero protagonista de la obra, el tenor William Burden, con un francés que da envidia, apuesto y excelente actor, pero al menos en este repertorio (único en el que lo he escuchado hasta ahora) cincelador de la frase, matizado en la intención, y una voz de tenor clara y bien proyectada, si no extraordinaria. Muy de cerca le siguieron dos barítonos 'de la casa' de nivel internacional: el joven y talentoso (disfruta realmente en escena en sus varios papeles) Laurent Naouri y el ya veterano pero siempre notable Alain Vernhes (ambos con un dominio técnico, un color y una regulación del volumen que ya quisieran nombres más famosos).Del resto (casi todos encarnaban más de un personaje, salvo la pareja protagonsita y los más episódicos) cabe destacar la promesa de Karin Deshayes, una joven mezzo, la experiencia y dominio escénico de Michèle Lagrange (mucho más acertada aquí que en su Odabella reciente en Lieja) y la ternura que Martine Mahé derrocha en su composición escénica y vocal de la anciana (me resisto a llamar a estos cantantes comprimarios, porque sin ellos -cuando son buenos y se conforman con partes reducidas- la ópera no existiría). Como digo, todos pasamos una velada magnífica, pero la cosa no termina ahí ni en la importancia cultural del acontecimiento para el París musical. No. Como París es una ciudad donde la casualidad acecha en el metro (lo sabía Julio Cortázar) y no es tal casualidad ni por casualidad, en el mismo momento hay una exposición del genial Max Beckmann en el Centro Pompidou.Por esos misterios de vasos comunicantes entre las diversas artes que conforman el mundo del Arte, en dos o tres de los varios salones se pueden leer frases como la siguiente, que a lo mejor nos ayudan a comprender mejor esta JULIETTE o a saber cuál es la clave para nuestros sueños, porque el artista las escribió casi en los mismos años: 'Unicamente en la mezcla de sonambulismo y terrible lucidez de la conciencia es posible aún vivir, si no queremos volvernos estúpidos como un animal en una época en que las nociones se ponen patas arriba…' Se equivocaba sólo en la comparación con los animales, que suelen ser menos estúpidos que nosotros.

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