Esta frase de la protagonista fue la que su primera
intérprete y valedora principal, Giuditta Pasta, dirigió en la accidentada
primera representación al mal dispuesto público en vez de a su antagonista en
la acción. Sigue siendo el caso. Al parecer la penúltima fatiga lírica de
Bellini conoce un momento bueno (hace poco en París en forma escénica, el año
pasado en Nápoles en concierto, ahora en Génova y en el futuro justamente en
Venecia en un espectáculo en coproducción), pero será, como siempre, una
ilusión.
Volverá después al olvido, y es lástima. No porque se
trate de una obra de grandes méritos dramáticos (la culpa seguramente fue de la
mala relación que acabó con la colaboración de Romani y Bellini -nunca he visto
versos tan mal acabados en el canto o incluso en los difíciles recitativos en
un texto de Romani como aquí-), y el…
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