La tercera de las cuatro óperas serias y última escrita
para el teatro milanés no digo que sea un misterio, pero casi. Tras reescribir
el último acto de Mosè y la creación en Nápoles de dos
títulos fundamentales como Ermione y La donna del lago, uno no pensaría en un
salto hacia atrás tan asombroso en forma de tema y partitura tan
‘conservadores’, donde incluso se recuperó el recitativo secco. Pero, se
sabe, Rossini a uno siempre lo pilla desprevenido.
Se trató de un buen éxito de público pero no de crítica y
su estrella se apagó pero no de inmediato aunque fue sufriendo mutilaciones y
desapareció hasta la edición crítica de 1986 aquí mismo (no es raro que no
reciba ninguna atención de todo un Fedele D’Amico en Il teatro di Rossini, Il
Mulino, 1992).
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