Teatro con localidades agotadas y un público que, si bien no sabe a veces cuándo, dónde y si aplaudir, se lo pasa bomba. Pero a ratos, y en parte, mucho más que eso, que ya es mucho. Nadie es perfecto, como todos sabemos, y seguramente con un director más sensible e imaginativo que Carlo Rizzi, que es un profesional solvente, pero hace languidecer y da un empaque innecesario a la obertura, atropella los crescendi que no suenan naturales productos de la situación sino una furia musical a veces algo emborronada, los resultados serían altísimos, pero ya así alcanza. O con otro director de escena menos “imaginativo” que Jerôme Savary que, extrañamente, no se desmelena como era de temer sino a ratos (esa persistente ansiedad por hacer que todo se mueva, baile y gire, venga a cuento o no estropeó en parte la gran entrada de Dandini en el…
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