Famosa es, con razón, la Orquesta de Santa Cecilia de
Roma (y no de ahora), pero sumado al hecho de participar en el ciclo de abono
sinfónico de la Scala con un único concierto dirigido por Kirill Petrenko como
director invitado, es fácil entender la expectativa creada y el cartel de
‘localidades agotadas’ bastante antes de la fecha en que se llevó a cabo. Y
pese al calor abrumador que reinaba fuera del edificio el silencio absoluto
(menos mal) indicaba bien a las claras que estábamos ante un evento notable. O,
para no ser tan banal a la hora de buscar un adjetivo, digamos muy particular. Muchos
los factores, comenzando por el programa elegido, pero también la relación de
confianza y admiración mutua que conjunto y director parecen haber entablado, y
que por lo visto no es sólo con la orquesta milanesa y en ópera.
Comenzaba el concierto…
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