Alemania

Natural simbiosis entre violín y orquesta.

Juan Carlos Tellechea
Aena Baeva
Aena Baeva © 2025 by Marco Borggreve
Essen, viernes, 30 de enero de 2026.
Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen. Solista Alena Baeva (violín). Philharmonia Orchestra. Director Santtu-Matias Rouvali. Jean Sibelius "En Saga"- Poema sinfónico, op 9. Serguei Prokofiev, Concierto Nº 2 en sol menor para violín y orquesta, op 63. Bis la solista: Grażyna Bacewicz, Capriccio polaco (Kaprys polski) para violín solo. Serguei Rachmaninov, "Danzas sinfónicas", op 45. Bis de la orquesta: Dmitri Shostakovich, Viaje a través de Moscú. “galopp” de la opereta “Moscú, Cheryomushki” (arr. Julian Milone).Ciclo “Grosse Orchester” (Gran orquesta). 100% del aforo.
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La casi legendaria Philharmonia Orchestra, bajo la batuta de su director principal, Santtu-Matias Rouvali, está cumpliendo 80 jóvenes años y esta tarde ofreció un maravilloso concierto junto con la violinista Alena Baeva en el gran auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen. Baeva sustituyó a Hilary Hahn, quien se vió obligada a cancelar debido a la prolongada recuperación de un doble pinzamiento nervioso.

Abrió la velada el poema sinfónico En Saga, op 9, de Jean Sibelius, cuya música, como dijera el propio compositor:

(...) refleja estados de ánimo y, por qué no, diferentes fases de una leyenda a la que cada oyente puede añadir su propio contenido.

La primera parte concluyó con el profundo Concierto para violín y orquesta nº 2 en sol menor, op 63, de Serguei Prokofiev. La segunda parte fue consagrada a las Danzas sinfónicas, op 45, de Serguei Rachmaninov.

Leyenda nórdica

Además de sus siete sinfonías, Sibelius compuso varios poemas sinfónicos. En Saga, escrita en 1892 (y revisada en 1902) -fruto de una sugerencia del compositor y director Robert Kajanus, quien inspiró a Sibelius para que, tras su exitosa suite sinfónica Kullervo, realizara una obra más breve y puramente orquestal- es más una leyenda nórdica que un cuento de hadas, como evoca su título; una saga nórdica de héroes y dioses.

Mientras que Kullervo es una colección de poemas sinfónicos basados en una epopeya nacional finlandesa, En Saga parece carecer en gran medida de contenido programático. Si bien Sibelius recordó inicialmente que su atmósfera general estaba instilada por la Edda, una colección de poemas basada en la mitología nórdica, posteriormente se mostró más ambivalente respecto a las comparaciones literarias.

Contrastes

En Saga comenzó como un deleite para la vista, con los violinistas de la Philharmonia Orchestra balanceando sus arcos con gran despliegue, cruzando las cuerdas en diestros acordes extendidos al unísono. Muchos momentos como este recordaron lo moderno que puede parecer el mundo sonoro de Sibelius, incluso hoy en día.

Esta obra ya establece claramente el estilo del compositor: atmósferas cautivadoramente sugerentes bajo una aparente monotonía, logradas mediante la repetición de pequeñas celdas redundantes; un contenido que es más psicológico que puramente descriptivo; y fuertes contrastes dinámicos e incluso dramáticos. El poema está estructurado como un arco, comenzando suavemente, primero presentado por las cuerdas, rápidamente asumido por los metales, y terminando con la misma suavidad hasta que el sonido se esfuma en el espacio.

Hay algo paradójicamente épico en el tratamiento camerístico en ciertos momentos del material sonoro, que de otro modo estaría reservado para una gran orquesta con la sección de metales en tríos. Y el tono general es sombrío. Todos los parámetros están magistralmente integrados por Santtu-Matias Rouvali y sus fuerzas, que se apropian de estas páginas con una convicción poco común.

Alena Baeva

Prokofiev escribió en 1935 su Concierto para violín n.º 2, op 63 en sol menor , para el violinista francés Robert Soetens. De mayor duración, su tono general es incluso más intensamente lírico que el de su Concierto para violín nº 1 en re mayor op 19, terminado en 1917 y estrenado en 1923. La atmósfera es sombría, en contraste con la luminosidad que prevaleció en esa obra anterior.

El solista (en este caso, la violinista Alena Baeva, con su Guarneri del Gesù “ex William Kroll” de 1738), tiene el honor de abrir el concierto con el Allegro moderato, que inicialmente es rápido, luego tranquilo y bailable.

Aquí, se pueden percibir indicios de un tema del ballet Romeo y Julieta, en cuya elaboración trabajaba Prokofiev en ese entonces. Los cambios rítmicos marcan el discurso musical, aunque el violín mantiene su prominencia acrobática. Estos diversos estados de ánimo se multiplican en la sección de desarrollo con curiosas combinaciones instrumentales como fagot y trompa.

Exquisita delicadeza

El registro medio del violín se favorece aquí, a diferencia del primer concierto, que se centra principalmente en el registro superior. En el Andante assai - Allegretto, la melodía del violín alcanza picos de serenidad, apoyada por una generosa orquesta. El cambio en el medio del movimiento, reminiscente de uno de los temas aterradores de la ópera El ángel de fuego, es afortunadamente interrumpido por un retorno a la alegría.

La agitación reina en el Allegro, ben marcato y su ritmo de marcha motora, tan querido por Prokofiev, con intervenciones instrumentales originales e inesperadas, como las castañuelas. El solista se enfrenta una vez más a una riqueza de pasajes peligrosos, como síncopas, ostinatos, arpegios rotos y trinos ppp, y el flujo es tumultuoso en una aceleración calculada.

Bellamente hilada

Alena Baeva maneja esto con notable maestría. Ella imbuye a esta obra una potencia que no busca impresionar y una poesía de exquisita delicadeza. El director Santtu-Matias Rouvali y la Philharmonia Orchestra están en perfecta armonía con esta magnífica interpretación de una profundidad asombrosa, la solista colocada en una perspectiva natural en simbiosis con la orquesta.

Fue una verdadera alegría dar la bienvenida a esta violinista que no solo aportó una técnica impecable, sino también una comprensión musical a la pieza. Comenzó un poco más deliberada en el ritmo, aunque los tempi demostraron ser flexibles. La línea de violín estaba bellamente hilada, pero nunca fue narcisista.

Sugerente

Los pasajes más desafiantes en términos técnicos se manejaron sin dificultad, sonaron furiosos en lugar de meramente virtuosos. También fue una excelente colaboración, en la que la orquesta a menudo sonó como la sombra de la solista. Por momentos, sonaba "rusa" —verbigracia, violonchelos conmovedores— y por momentos, más internacionalmente "modernista", penetrando en la esencia de un conflicto que impregnaba no solo la música de Prokofiev, sino también su carácter.

Había una cierta agresión contenida en lugar del mero encanto de un ballet en los acordes pizzicato finales. El movimiento lento aportaba un contraste sugerente entre la intensidad desbordante del solo de Alena Baeva y los agudos vientos de la Philharmonia Orchestra.

Precisión

Esa sombra también estaba presente en los violines, cargados de vibrato. Y más tarde, los violonchelos aportaban, sin exagerar, una espléndida imagen grotesca, digna de un cuento de hadas. Hubo colores primarios y sutileza de tono en este movimiento. El final también bailaba, aunque vacilante, un poco como el propio Prokofiev, si es que las anécdotas son ciertas. Baeva combinó precisión milimétrica con veracidad expresiva.

Las ovaciones del público, puesto de pie espontáneamente en la sala, fueron atronadoras y solo pudieron ser calmadas en parte con un bis, el Kaprys polski (Capricho polaco) de Grażyna Bacewicz para violín solo.

Alena Baeva se presentará el próximo 12 de marzo con la Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Thomas Dausgaard. para interpretar el Concierto para violín nº 1 de Karol Szymanowski en el Auditorio de Bilbao.

Rachmaninov

La segunda y última parte del concierto estuvo dedicada a las Danzas Sinfónicas, op 45, de Serguei Rachmaninov, estrenada con gran éxito por sus dedicatarios, la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy, el 3 de enero de 1941 en esa misma ciudad de los Estados Unidos.

Se trata de una obra pesimista dominada por la inquietante presencia de las fuerzas oscuras de la muerte y la nada, cuyo primer movimiento (Non allegro – Lento – Tempo I), construido sobre una especie de marcha implacable, alterna secuencias de gran lirismo que se desvanecen gradualmente ante los violentos ataques orquestales.

El segundo movimiento, Andante con moto (Tempo di valse), no resulta más tranquilizador, ya que combina ritmos de vals con temas cargados de inquietud y angustia. Con el final (III. Lento assai – Allegro vivace – Lento assai come prima // IV. L'istesso tempo, ma agitato – Allegro vivace), reaparece un tema recurrente en la obra de Rachmaninov: el aterrador Dies Irae, que recuerda al espectador que, además de sus conciertos y tres sinfonías, Serguei Rachmaninov también compuso importantes obras ortodoxas como Las Vísperas y La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo.

Dies irae

El director titular de la Philharmonia Orchestra, Santtu-Matias Rouvali tiene claramente una profunda afinidad por estas Danzas Sinfónicas de Rachmaninoff, que interpreta con gran sensibilidad en un estilo que es a la vez preciso e inspirado, revelando toda la extrañeza de una obra que nos lleva a lo profundo de los reinos del desasosiego y la desolación.

Las Danzas oscilan constantemente entre la gravedad y la extravagancia. Rachmaninov las compuso después de haber completado su tercera y última sinfonía. Los ritmos de marcha contrastan constantemente con episodios altamente líricos, imbuidos de gran intensidad emocional. Quizá atormentado por premoniciones ominosas sobre su salud, resulta sorprendente que Rachmaninov introdujera el lúgubre y aterrador tema ldel Dies irae en la sección final de la obra.

Claridad

La versión orquestal (sucesora de la original para dos pianos) destaca por la inclusión del saxofón en la formación, al igual que hiciera Maurice Ravel en su transcripción de Cuadros de una exposición de Modest Mussorgski.

Reouvali domina por completo tanto la perspectiva general como los detalles de las Danzas sinfónicas de Rachmaninov. Su interpretación no es la de una gran obra romántica nostálgica, sino la de un conjunto de danzas dinámicas y vibrantes, dirigidas con claridad y urgencia.

Potente

Impresionó a la platea la gama de dinámicas y matices tonales que el director extrajo de las fuerzas de la Philharmonia Orchestra, que se encuentra en muy buena forma. La gran mayoría de sus instrumentistas son jóvenes de una gran musicalidad. La orquesta debería realizar giras con más frecuencia por estos lares.

La interpretación fue potente, pero nunca pesada, y maravillosamente suave en los pasajes respectivos, especialmente por parte de las cuerdas. Aquí también, las contribuciones de los principales instrumentos de viento, especialmente el saxofón, el corno inglés y el fagot, merecen una mención especial. Santtu-Matias Rouvali creó un gran clímax y concluyó una actuación sumamente pulida.

Genuino

Si bien este opus es un poco más conservador que gran parte de la obra anterior de Rachmaninov, conserva una originalidad y una fuerza expresiva que son la quintaesencia del compositor. Poco antes de su muerte en Beverly Hills, su último hogar, Rachmaninov resumió su vida así:

En mis composiciones, no he hecho ningún esfuerzo consciente por ser original, ni romántico, ni nacionalista, ni nada por el estilo. Escribo en papel la música que siento en mi interior, con la mayor naturalidad posible. Soy un compositor ruso, y mi tierra natal ha influido en mi temperamento y mi perspectiva. Mi música es producto de mi temperamento, y por lo tanto es música rusa… He recibido una fuerte influencia de Chaikovski y Rimski-Kórsakov, pero nunca, que yo sepa, he imitado a nadie. Lo que intento hacer al escribir mi música es que exprese de forma sencilla y directa lo que siento en mi corazón cuando compongo. Si hay amor, amargura, tristeza o religión, estos estados de ánimo se convierten en parte de mi música, y se vuelve hermosa, amarga, triste o religiosa.

Los Escitas

Durante la mayor parte de su carrera, Rachmaninov, también uno de los grandes pianistas de su época, fue objeto de desprecio por parte de la crítica por permanecer estilísticamente anclado en el siglo XIX mientras vivía en el XX. Sin embargo, al final, con las presentes Danzas sinfónicas, Rachmaninov combinó un elemento rítmico modernista, inspirado en Igor Stravinski y Prokofiev, con su insaciable inclinación por la melodía imponente.

Las Danzas sinfónicas se originaron en 1915, en bocetos para una partitura de ballet llamada Los Escitas (que no debe confundirse con una obra de título similar de Prokofiev) que presentó al bailarín y coreógrafo Mijail Fokine, quien los rechazó por considerarlos "poco balletísticos". Un cuarto de siglo después, mientras vivía en Long Island, Nueva York, Rachmaninov resucitó ideas de Los Escitas para formar el primer movimiento de las Danzas Sinfónicas.

Hoy favorita

La recepción inicial de lo que ahora se considera ampliamente como la obra sinfónica más importante de Rachmaninov fue tibia. El público quería más suntuosidad, la crítica menos. Desde entonces, se ha convertido en la favorita de la crítica entre las partituras del compositor y, cada vez más, en una de las favoritas del público.

Curiosamente, Rachmaninov, siempre pensando en las capacidades de sus intérpretes, solía encargar a un violinista experto que comprobara la viabilidad de los arcos en todas sus obras con cuerdas. Para las Danzas Sinfónicas, esta función la cumplía Fritz Kreisler, frecuente compañero de recital de Rachmaninov. Dado que Kreisler consideraba que ninguna parte de violín era demasiado difícil, la partitura resultó ser música para una orquesta virtuosa, como la Philharmonia.

Shostakovich

Otra vez el público se puso espontáneamente de pie en el auditorio Alfried Krupp para ovacionar efusivamente a la Philharmonia Orchestra y a su director Santtu-Matias Rouvali, que entregaron como bis el “galopp” de la opereta satírica Moscú, Cheryomushki de Dmitri Shostakovich (arr. Julian Milone), plena de alusiones irónicas a la crónica escasez de viviendas y a las malas condiciones de vida de los moscovitas, tanto antaño como hogaño.

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