Bamberg es una ciudad mediana, de no más de 100,00 habitantes, ubicada en el Sur de Alemania, concretamente en Baviera, que atesora varias joyas arquitectónicas, históricas y musicales, y de las que vienen al caso, es su Orquesta Sinfónica. Fundada en 1946, en los infaustos años tras la Segunda contienda Mundial, por músicos alemanes expulsados de la antigua Checoslovaquia tras la finalización de la misma, y bajo la primera dirección principal de Joseph , seguida por las de Eugen o Horstein .
Baste decir que, según proverbial dicho, los habitantes de Bamberg afirman que “sin su Orquesta les faltaría algo esencial, como el aire”
La fortuna nos ha propiciado gozar de tal elenco orquestal en el Festival Internacional de música de Canarias con un brillante programa dirigido por Jakub Hrusa, sin duda inspirado en su origen checo, con motivo de la gira internacional que realiza este conjunto.
Se inició la velada con la Obertura de Las dos Viudas de Smetana, obra cómica estrenada en 1874 en Praga, de rara presencia en los escenarios,que combina los aires patrios, no folklóricos con deliciosas melodías y un estilo elegante y ligero. Pese a su poca difusión, eclipsada seguramente por La novia vendida y Mi Patria, del mismo autor.
La obertura fue abordada por la Sinfónica de Bamberg con la alegría y brillantez que requiere la vivacidad de sus ritmos, con el protagonismo de una sección de cuerdas de todo punto de vista espectacular, vibrante en los motivos más ligeros y sugerente y delicada en los más lentos. El Maestro Hrusa demostró un amplio conocimiento y dominio de la partitura acreditando asimismo una excelente elección del programa ofrecido, tan cercano a sus inquietudes y capacidades.
Se completó la primera parte del programa con el Concierto para Violonchelo de , con la intervención de la argentina . Obra desconcertante en el momento de su estreno, comenzando por su estructuración en cuatro movimientos, hoy es pieza fundamental de todo repertorio que se precie, y en esta ocasión brilló con luz firme debido a varios motivos que pasamos a exponer.
En primer lugar la delicadeza y buen gusto que imprimió el director a las huestes orquestales propiciaron momentos de gran emoción e intensidad en franca pugna con la horrorosa acústica del Auditorio de Tenerife. El perfecto empaste entre solista y orquesta dan fe de un trabajo exhaustivo por parte del Maestro Hrusa quien supo extraer de los reiterados Adagio y Lento los más ricos y emotivos matices, ejecutados con gran profundidad por Sol Gabetta.
La velada finalizó con la Séptima Sinfonía (1885) de Antonín , obra de gran dramatismo compuesta por encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres, que catapultó la carrera internacional de Dvořák y lo consagró como uno de los grandes compositores sinfónicos de la Belle Époque.
Dentro del tono de gran calidad de la interpretación, quien suscribe confiesa haber escuchado pocas veces una sección de cuerdas de la excelencia que la que muestra la de Bamberg, excelencia resaltada en el Poco Adagio y el trepidante Scherzo con sus sincopados ritmos, sabiamente acentuados en esta ocasión. Ya desde el inicial Allegro maestoso se podía intuir que el numeroso público asistente (mayoría alemana) iba a disfrutar de una excelsa ejecución, plena de matices y amplias sonoridades, sin fisura alguna que reseñar.
El triunfal final en forma de Allegro resume los principales motivos de los anteriores movimientos cerrando el círculo, y para la ocasión los profesores y su Director nos reservaron una auténtica apoteosis de sonoridades y buen gusto, de sonido prístino y perfecta conjunción. En resumen un gran concierto a cargo de una gran orquesta.
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