Habría tanto que decir, a distintos niveles, que uno no sabe por dónde empezar. Y eso está bien. Pero como se supone que a quien lee (si alguien lee) le interesa sobre todo la crónica concreta, por ahí empezaré, no sin antes recomendar la lectura de las págs.167 a 172 del libro general de Budden sobre Verdi (ed. The Dent Master Musicians, Londres, versión revisada 1993) en las que se ocupa de la composición de la obra por la que el autor irrumpió en la vida musical y civil de Italia.
Es extraordinario ver cómo sigue la tradición, pero la rompe, cómo tiene mucho que ver con ‘il nuovo Moïse’ de Rossini para alejarse de él, cómo está presente la técnica de Donizetti para abandonarla (el análisis del ‘Va pensiero’ es extraordinario). O como decía un amigo lamentablemente fallecido hace tiempo en una mediocre representación en Praga ‘qué juventud casi insultante. Cuántas ideas nuevas en odres que parecen hasta ser otros que los de siempre’.
Se utilizó, en coproducción, la puesta que en Zúrich utilizó tanto tiempo el autor y patrón hasta hace no mucho de la casa, Andreas Homoki. Digamos que es reductiva, pero no molesta. Hay un vestuario suntuoso para las señoras babilonias, muy de la época de la composición, de general napoleónico o similar para Nabucco, no sé de qué para el sacerdote de Belo (en todo caso no para cantar aquello de ‘babilonio que marea’), y de obreros más o menos revolucionarios para Zaccaria y los hebreos (quién te ha visto y quién te ve).
Todo nace, desde la obertura (faltaría plus), de la rivalidad de las dos hijas del rey por el amor de su padre, que al parecer las ama por igual pese a que una -la mala- es hija de esclavos. Los ecos cívicos y políticos parecen no interesar, lo que es un disparate pero no molesta y tenemos la fiesta más o menos en paz, salvo el protagonista y las mencionadas hijas que tienen que estar mucho más tiempo del necesario o conveniente en escena…
Dirige Riccardo Frizza en una de las mejores concertaciones que le recuerdo, siempre con tiempos más bien rápidos, ayudado sobre todo por los primeros atriles de la orquesta y un coro en gran forma preparado por Fabrizio Cassi y que se lleva la ovación de la noche tras el famoso ‘Va pensiero’.
Y aquí me detengo un minuto. El teatro estaba lleno llenísimo. Aun así, y oyendo todas las apreciaciones laudatorias sobre obra e interpretación, la respuesta me parecía muy tibia. Al final la cosa cambió, y fue tras los alaridos -que no gritos- que requerían sin suerte el bis del famoso coro de esclavos. La experiencia supera la anécdota personal, aunque no es extraña a ésta. La avanzada edad de muchos de los presentes, que seguían más o menos lánguidamente la representación, con mucha tos y reiteradas consultas a los móviles que por suerte no sonaban (era un partido importante para el Nápoles, que no sé si Verdi o Maradona castigaron) se convirtió en un silencio total y cargado de expectación.
La señora Antonella (seguramente una gloria local por cómo la saludaban muchos) se irguió y empezó a seguir primero sin sonido y luego con un hilo de voz nada molesta los versos. Uno podía sentirse transportado al inicio de Senso de Visconti o recordar a su abuelo materno a quien sólo le faltaba ponerse de pie en circunstancia como esta, y el significado extramusical y musical de Verdi seguía conmovedoramente vigente pese a todo y todos (y cuando digo todo y todos realmente quiero decir eso, desde el teatro y la música hasta el mediocre lodazal en que nos movemos con aparente solaz).
Y Tézier. Su primer (¡) Nabucco. No se lo pierdan cuando lo repita (aunque sea en Verona). Qué voz, qué color, qué técnica, qué estilo, qué no sé qué… En una frase nada espectacular vocalmente -su entrada en el tercer acto apoyado en su fiel Abdallo- cuando intenta disimular su estado mental perturbado, es capaz de modularla en dos formas distintas sucesivas que dan la exacta dimensión del personaje.
Este sería el barítono que canta muy bien, pero según algunos no dice mucho. Que me den varios así aunque de este tipo no suele haber ni siquiera muchas buenas copias. La entrada en el primer acto y el concertante siguiente o la locura con la que lo fulmina el dios de los hebreos (podría ahora intervenir más a menudo, pero supongo que hay que ser grande hasta en la maldad para atraer la atención de un dios que no se ocupa de malos banales) fueron otros tantos ejemplos de su sabiduría y carisma, y lo mismo el gran dúo del tercer acto. Como debía ser, semejante ‘tour de force’ terminó en el cuadro inicial del cuarto acto con un recitativo reflexivo y angustioso, aria indecible (‘Dio di Giuda’, que casi me dieron ganas de convertirme yo también ya puestos) y cabaletta brillante.
Debutaba también en la tremenda parte de Abigaille (la misma que precipitó la decadencia final de una cierta Giuseppina Strepponi, como testimoniaba el mismísimo Donizetti) Marina Rebeka. Lo hizo muy bien considerando sobre todo que no se trata de un papel ideal. Sin problema en los agudos ni agilidades, hizo muy bien en no insistir en la zona grave, salvándose de ese modo de sonidos desagradables o abiertos, aunque eso hace mucho también a la caracterización de un personaje, en el que costó ver el lado negativo pese a todos los esfuerzos.
Michele Pertusi es hoy una institución entre los bajos italianos. Y con razón. Su parte es la que más arias tiene y por cierto que nada fáciles. Sólo al final de la tercera, la profecía con la que concluye el tercer acto o parte, se notó alguna incomodidad o cansancio. Su maestría en el decir es proverbial y su exhibición de canto legato en el momento más bello de sus intervenciones solistas (‘Tu sul labbro’).
Tener a Piero Pretti para el papel ingrato de Ismaele es un lujo. El magnífico tenor lo hizo bien sin esforzarse mucho. Quien sí lo hizo desde el punto de vista intepretativo y vocal fue Cassandre Berthon como Fenena. Visto que se trata de una líricoligera y el rol requiere una mezzo trató de dar la talla y lo consiguió en los agudos (con el resultado de que por primera vez escuché la parte en los concertantes), pero no tuvo más remedio que abrir en centro y grave.
Discretos el sacerdote de Belo y Abdallo e interesante la Anna de Caterina Marchesini.
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