Casi siglo y medio: ese es el tiempo en que una de las mejores creaciones de Donizetti ha faltado de Cagliari. Por fortuna, con el nuevo director general, Andrea Cigni, la cordura y la seriedad en la preparación de las temporadas (incluso en esta primera para la que hubo poco tiempo y sin preparación por la anterior ‘gestión’) ha vuelto, lo mismo -qué alivio- que un público no sólo numeroso sino atento y participativo. Bravo y que dure y mejore.
Dos repartos, como siempre en muchos lugares, para una ópera de las dificultades de ésta, y en general muy bien cubiertos, hablan por sí solos.
La nueva producción era una coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, donde fue muy protestada. Aquí no ha habido reacciones aunque las opiniones son variadas. Ya había visto una primera del mismo director de escena, Andrea Bernard, en una de mis últimas visitas a Bérgamo. No me había convencido. Esta me ha resultado aún más pretenciosa.
Los personajes van pasando de un espacio a otro (ya desde el preludio, por supuesto) y aquí se nos cuenta la historia de una madre infeliz por culpa de sus familiares varones (y violadores, supongo) que se queda sin hijo recién nacido. Para salvar al cual intenta, por ejemplo, acostarse con un marido (el cuarto según el libreto, el tercero según la historia) que no le gusta y que canta su aria quitándose un cilicio delante de su servidor/esbirro aquí convertido en monje negro al mando de una tropa de obispos, y con un papa mudo que se las trae. Al final la protagonista vengativa aparece disfrazada de papisa, y etc.
Destacar además que si es cierto que la amistad entre el tenor Gennaro y la mezzo / travesti Orsini es desde hace tiempo considerada muy ‘particular’ aquí se nos saca de dudas con el gran dúo entre ambos cuando Orsini está despidiendo y pagando a un chapero que luego se pone al acecho (exitoso) de un nuevo cliente -obvio que fundamental para la historia, no crean ustedes- y se rubrica con un par de besos bien pasionales (tal vez con uno habría sido suficiente, pero mejor que sobre y no que falte).
La acción pasa a los años cincuenta del siglo pasado y los jóvenes libertinos y soldados de fortuna parecen ser estudiantes hijos de papá aunque de ideas progresistas…
En el aspecto musical hubo suerte. Jessica Pratt fue una protagonista sensacional para los actos extremos, mientras en el central quedó un tanto corta de volumen en centro (pero al menos no se escucharon esos golpes de glotis de infausta memoria o esas notas abiertas a la caza de un grave siempre reacio). Conoce la parte y no hablemos del sentido del belcanto y su técnica.
Su ‘segunda’, Alessia Panza, muy joven, presentó un material distinto y también posible (seguramente más parecido al de la protagonista de la exhumación florentina con Gui en 1933, Esther Mazzoleni, que devolvió a la vida esta ópera); una soprano spinto con buenas agilidades. Probablemente sea más adecuada a un primer Verdi, pero aquí causó muy buena impresión sin llegar al nivel casi mítico de la Pratt. Conspira contra ello una figura que dista de lo ideal y que convierte algunos movimientos en difíciles o absurdos.
Matteo Desole, a quien oía por primera vez, fue un Gennaro de gran belleza vocal, pero técnicamente discutible, en particular en su forma de emitir los agudos, que lo alejan del belcanto. Parece ser un estimable actor. Con timbre menos ‘solar’, pero mayor preparación técnica y estilística se mostró Valerio Borgioni en el segundo reparto, además actor más avezado.
Mirco Palazzi se mostró en buena forma y se esforzó en mostrar el personaje del duque Alfonso que el director le marcaba, pero en el cual, correctamente, no parecía muy cómodo. La parte es breve pero difícil, y ambigua en su tesitura: si se le da a un bajo, es normal que los agudos penen o desaparezcan. Francesco Leone parece tener una voz más fresca y más aguda, pero mucha menor experiencia de canto y escena.
Ana Victória Pitts estuvo muy bien en Orsini aunque su proyección del sonido impidió que se la oyese en los números de conjunto, pero hizo muy bien el dúo y sus dos solos, con una figura ideal. Michela Guarrera, que pareció una mezzo de más volumen y muy bien cantada también, no resultó muy creíble para el personaje
Entre los demás sobresalió Didier Peri en su pérfido Rustighello, bien cantado y mejor actuado. Los amigos de Gennaro fueron todos muy correctos, con una particular mención para el Ascanio de Andrea Pellegrini y el Jeppo de Andrea Galli.
El coro tuvo una buena actuación, preparado por Massimo Fiocchi Malaspina. La orquesta se mostraba en forma y la batuta de Leonardo Sini tuvo interés aunque tal vez sería de desear más contención en la dinámica en las escenas de conjunto y en los tiempos rápidos.
Como queda dicho el numeroso público demostró con aplausos su interés y satisfacción ante la interpretación.
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