El programa de esta matiné dominical de la Deutsche Kammerakademie Neuss bajo la égida de la destacada violinista Isabelle van Keulen, titulado Chiaroscuro, comienza con una obra muy poco interpretada por estos lares, la Sinfonía para cuerda en mi menor de Giuseppe Verdi (en la transcripción del Cuarteto de cuerda en mi menor, realizada por Lucas Drew), algo tan raro como -salvando distancias- un recital de madrigales rusos. No es habitual escuchar una composición de Verdi fuera de la ópera.
El recital adoptó como título el nombre de una singular pieza para violín y orquesta de cámara del compsitor Giya Kancheli (1935-2019), que siguió a continuación, con su visión tan pesimista del mundo. Pero que no impregnó la tónica general del concierto, afortunadamente. El auditorio de la Zeughaus (armería) de estaba repleto de público. Los conciertos de la Deutsche Kammerakademie Neuss son excelentes y permiten presenciar interpretaciones que difícilmente se tocan en otros lugares. El próximo 15 de marzo la orquesta ofrecerá la Sinfonía nº 9 de Gustav Mahler bajo la dirección de Christoph Koncz.
La ejecución de la obra de Verdi ofreció un muy buen comienzo, pasión junto a la dulzura italiana. Esta última es no menos importante en el segundo tema del primer movimiento, con su anticipación de la música de Desdémona en Otello. De hecho, la interpretación tuvo un leve toque de crudeza que probablemente era intencional y legítimamente teatral.
Corría el año 1873 y Verdi se encontraba en Nápoles para el estreno de Aida en el Teatro di San Carlo. Debido a la enfermedad de la protagonista, Teresa Stolz, la función se pospuso. Durante su tiempo libre en el Hotel Crocella, el compositor escribió el Cuarteto de Cuerda, que luego se interpretó en privado en el mismo hotel para unos pocos invitados selectos. La noticia de la composición fue difundida por el corresponsal un periódico milanés, que se encontraba entre los presentes.
Más tarde, Verdi le explicaría al editor Ricordi cómo tocar su Cuarteto con motivo de su estreno en Milán, que tuvo lugar (en protesta contra la Sociedad de Cuartetos, que lo rechazó) en el Conservatorio, tras haber sido interpretado en varias ciudades europeas. Estas fueron sus palabras:
Los tres primeros movimientos no presentan dificultad de interpretación, pero el último sí. Si durante el ensayo —un termómetro infalible— se escuchan algunos pasajes ligeramente confusos, se puede decir que, aunque bien interpretados, están mal interpretados. Todo, incluso en los contrapuntos más complejos, debe ser claro y nítido. Y esto se consigue tocando con mucha ligereza y en staccato, para que el tema siempre sea distinguible, ya sea vertical o invertido.
Isabelle van Keulen, al frente de la Deutsche Kammerakademie Neuss, sigue estas instrucciones al pie de la letra, comenzando con el Allegro inicial, en el que el animado diálogo entre las secciones orquestales, con el fuego y la brevedad característicos de Verdi, se apoya en la melodía, reiterada con claras variaciones tonales por las distintas voces instrumentales.
A esto le sucede un danzante Andantino con eleganza (una especie de minueto majestuoso que luego es sorprendentemente seguido por un scherzo), en el que el compositor, pero sobre todo el intérprete, se esfuerza claramente por evitar que la gracia se convierta en afectación. Las pausas suspendidas interrumpen y animan el motivo, que luego se reanuda regia y lentamente hasta desvanecerse en las cuerdas del contrabajo.
El inicio y el cierre del Prestissimo son desgarradores: una ráfaga vertiginosa, puntuada por pausas rítmicas precisas y rapidísimas en multitud de variaciones cromáticas. A continuación, llega el Allegro assai mosso del Scherzo-Fuga final, abierto por la voz ligera y penetrante de los violines y retomado con creciente frenesí, sección tras sección, por toda la orquesta. Es este ni más ni menos que un fantástico adelanto de «Tutto nel mondo è burla», la última pieza escrita, veinte años después, por un genial Giuseppe Verdi, ya octogenario.
La visión pesimista del mundo del introspectivo Giya (tal vez presentía su inminente muerte) se expresa en una música íntima que puede ser a la vez simplista y banal. Las secuencias de acordes románticos, familiares, sentimentales y a menudo enfermizas, se ven saturadas de reminiscencias de gestos de épocas pasadas, reflejando lo que él describía como:
una amarga tristeza por la imperfección de (…) la sociedad (…) Pese a los evidentes logros del mundo, nuestro planeta aún se ve desgarrado por sangrientas contradicciones. Y ningún progreso en la actividad artística puede resistir la fuerza destructiva que fácilmente anula el frágil proceso de construcción. (…) Escribo para mí, sin hacerme ilusiones de que 'la belleza salvará al mundo'. (Giya Kancheli).
Son las palabras de un compositor en el exilio que vive tan profundamente en el tiempo que crea y fuera de él. Su música requiere de un intérprete empático, y el compositor lo ha encontrado esta mañana en Isabelle van , cuyo compromiso es inspirador.
El místico Chiaroscuro (2010), para violín y orquesta fue un encargo de Julian Rachlin a Kancheli. Como sugiere su título, aquí hay un juego de luces y sombras, e Isabelle van Keulen logra a menudo ambos extremos en la misma frase melódica, coloreando cada nota con la sutileza de un pintor, moderando el vibrato en una y calentando el tono en otra.
Un diálogo expresivo sobre el sonido del piano surge en esta meditación sobre la mortalidad que abarca un conmovedor y emotivo continuum. Isabelle van Keulen superpone frases pensativas con lirismo elegíaco. Su estilo otorga a la pieza una vibración conmovedora. Las ondulaciones sedosas y ágiles contrastan deliciosamente con acordes resonantes e hipnóticos.
En el contexto de su astronomía personal, Kancheli busca vestigios de la indiferencia en un mundo construido sobre su negación. Al escucharlo el espectador no encuentra sanación, salvo la honestidad de un espíritu mixto. Sin duda, su música no solo se aferra a tales sentimientos, sino que también se nutre de sus sombras.
A pesar de su formato perenne, no se lee como un concierto ni como un poema sinfónico, sino como una procesión liderada por alguien que sigue su propia naturaleza invisible. La sensación de inseparabilidad es fuerte a medida que estas figuras —nódulos en un camino de nervios— se unen y se separan. El retumbar del bombo, que abre y cierra sus 23 minutos prosaicos de comunicación, señala el corazón subterráneo de todo, que en virtud de las cuerdas brillantes que siguen, reviste su vestimenta.
Como en la música de Valentin Silvestrov, el piano adopta aquí un papel de comentarista. Su misma participación revela una expansión interna que, en alcance, solo rivaliza en sus obras anteriores con Trauerfarbenes Land (Tierra vestida de luto, 1993). La violinista Isabelle van Keulen y la Deutsche Kammerakademie Neuss interpretaron cada nota con la veneración que profesa un conservador de arte en una pinacoteca.
La segunda parte de la matiné fue consagrada a la Suite nº 3 de Antiche danze ed arie de Ottorino ; y al Concerto per archi de . Durante la interpretación de la primera de estas composiciones, se percibe la curiosa yuxtaposición de ideas y temas antiguos con la orquestación moderna.
Isabelle van Keulen y la Deutsche Kammerakademie Neuss saben que para lograr esto con éxito, la Suite nº 3 debe tocarse con discreto aplomo, elegancia y un ocasional destello de fuego. La orquesta lo hace a la perfección. Desde la Italiana (anónima). Andantino, simplemente una melodía lenta y refinada, pasando por las siete Arie di corte. Andante cantabile, en una variedad de tempos y metros, y la exquisita Siciliana (también de compositor anónimo). Andantino, única danza del tercer movimiento; hasta la Passacaglia. Maestoso, una serie de variaciones, en este caso repitiendo gran parte de la armonía y la melodía. En el medio quedó la característica sección rápida en compás ternario antes de volver al tempo del principio.
Reunir una serie de diferentes danzas en una suite era antaño uno de los géneros más comunes en la música antigua, y este pequeño grupo es un ejemplo perfecto. En este caso una suite dentro de una suite.
La hábil e imaginativa escritura de Respighi para orquesta de cuerda captura todo el espíritu musical y los matices del original, pero con una suntuosa modernidad.
Además, con su inclusión en el programa de este domingo y tocándolo con mucha delicadeza, la Deutsche Kammerakademie Neuss y la directora-violinista Isabelle van Keulen han contribuido a difundir un segmento de este gran corpus de la literatura musical.
La directora y violinista atribuye a la música de Nino Rota un efecto sugerente, con una fuerza narrativa plástica en el mejor sentido de la palabra. Utilizando técnicas de leitmotiv y retórica operística, Rota evoca emociones intensas y explota el poder sugestivo de las experiencias musicales ocultas en sus oyentes.
Un excelente ejemplo es el de este Concerto per archi, compuesto en 1964/1965, por encargo de la orquesta de cámara italiana «I Musici», y revisado en 1977. El conjunto de cuerdas de la Deutsche Kammerakademie Neuss, dirigido por van Keulen, lo tocó transmitiendo la fuerza expositiva de Rota y su manejo de las armonías con particular intensidad.
La directora, cautivada por esta música, aborda con gran éxito algunos de los trucos de Rota: asociaciones oníricas y oscurecimientos inesperados en la formación de melodías y el manejo de armonías.
Dado que las melodías que Nino Rota compuso para el cine estaban inextricablemente ligadas a la trama de las películas, difícilmente pueden clasificarse en un estilo musical específico, pese a su atractivo como forma funcional.
Mas incluso con sus composiciones fuera de los confines del lenguaje visual, Rota se inspiró de forma descarada y con gran audacia en los recursos estilísticos de la historia de la música, desde el Barroco hasta la actualidad.
Con un sonido hermoso, los músicos impregnaron la música de Rota de una gran vitalidad, sin sacrificar la expresividad, la tensión ni la energía comunicativa. El Scherzo no se presentó con pompa ni solemnidad, sino con embriaguez desenfrenada.
En el virtuoso Finale.Allegrissimo, el monumental equilibrio de Nino Rota entre ecos del Aria de Johann Sebastian Bach (1685-1750), los elementos italianizantes del siglo XVIII, el Romanticismo alemán del siglo XIX y los rasgos de la vanguardia temprana de épocas más recientes, fue magistralmente dominado por los músicos de cuerda.
Para entonces, los instrumentistas ya habían llegado al ámbito de Serguei Prokofiev y Dmitri Shostakovich. Las ovaciones del público no se hicieron esperar, poniendo digna y merecida conclusión a este concierto, al mediodía dominical.
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