Conocemos, sobre todo, a Leonidas por su tarea de violinista, una tarea a la que se ha entregado en cuerpo y alma desde su infancia, y que nos ha proporcionado hermosas y variadas interpretaciones, tanto como solista en música de concierto como de cámara. Sabemos también el fervor que despiertan en nuestro intérprete los conciertos de Shostakovich, que ha interpretado (siempre con éxito) con múltiples orquestas y directores, prácticamente en todos los rincones del mundo. Pues bien, el fin de semana del 7 y 8 de febrero, Kavakos se ha presentado en el Auditori de Barcelona, de nuevo acompañando a su venerado , pero esta vez sustituyendo el arco del violín por la batuta de director, y enfrentándose a una de las sinfonías más complejas y enigmáticas del genio soviético.
Pero empecemos por el principio. Si la Sinfonía n.º 15 puede considerase el “plato fuerte” de la velada, ¡menudo entrante nos han servido en la primera parte! Nada menos que el Concierto para piano Op. 54 de , obra carismática donde las haya, exponente máximo, junto a los conciertos de Brahms y de Liszt, de la gran literatura de concierto del pleno Romanticismo alemán, y, además, con la garantía de un solista de la talla de Deszö , pianista húngaro que se inició en la Academia Franz Liszt de Budapest, todavía en la época en la que su país natal formaba parte del Telón de Acero, y que, desde entonces, ha cosechado los mayores éxitos interpretando, sobre todo, las obras de , pero también en su especialidad romántica, especialmente en autores como Beethoven, Schubert y Schumann.
Se podría decir que la interpretación pianística del concierto Op. 54 ha transcurrido por los caudales previstos según la condición actual de Ránki: Hemos escuchado una lectura basada en la sabiduría y la veteranía, más centrada en la belleza inherente a cada pasaje musical, a cada nota, que en el arrebato romántico, cosa esta última, a la que suelen tender exageradamente muchas interpretaciones, dadas las características de la obra, llegando a producir cierto sopor en el oyente.
Ránki, por así decirlo, ya ha superado esta fase y, a sus casi setenta y cinco años y con más de cincuenta de carrera, prefiere recrearse, como acabamos de decir, en las características estéticas más profundas y contemplativas de la obra. Por su parte, la orquesta, atendiendo las indicaciones precisas de Kavakos, se ha mostrado muy expresiva y detallista, aunque sin alcanzar la profundidad del solista. He tenido la impresión de que en algunos momentos (especialmente en el primer movimiento) se ha producido una cierta pugna entre el fluir exquisito del piano y el planteamiento más frío y analítico de la orquesta, pero hay que tener claro que esta ligera disputa ha servido para enriquecer la propia interpretación de la obra, en ningún caso para estropearla.
Después de haber degustado este sabroso entrante, pasemos al “plato fuerte” de la velada, la Sinfonía n.º 15 de Shostakovich, una obra que tiene absolutamente de todo, empezando por una orquestación tremendamente compleja (que no recargada), cosa habitual en el sinfonismo shostakovichiano, el cual incluye sinfonías que superan a ésta en este aspecto: la Quinta, la Séptima, la Octava, la Décima o la Decimoprimera, como mínimo, serían buenos ejemplos. La ironía y la acidez también están presentes en esta obra, como en tantas otras del compositor soviético. Si realmente podemos encontrar un aspecto que destaque en esta sinfonía por encima de sus compañeras, posiblemente sea el carácter enigmático que se encierra en la partitura, especialmente en el primer Allegreto y el último Adagio, movimientos de marcado carácter autobiográfico, que del uno al otro, parece que se viaje (como han indicado muchos analistas) “de la cuna a la tumba”.
Las citas rossinianas y wagnerianas encajan perfectamente en este desarrollo autobiográfico, como también el curioso uso de los instrumentos de percusión al inicio de la obra y su reaparición al final de la misma, cuando nuestro compositor parece despedirse de todo y de todos dejándonos al son de una cajita musical, con su xilófono, glockenspiel y celesta, entre otros, y que a mí personalmente me pone la carne de gallina y me obliga a preguntarme si lo que realmente pretendía Shostakovich con esta despedida, no era otra cosa que realizar una especie de retorno a lo más primitivo y elemental de la música y de la propia humanidad.
Resulta evidente que todas estas particularidades convierten esta sinfonía en un hueso duro de roer para cualquier orquesta y director que se precien. Posiblemente muchos de los presentes en la sala de conciertos teníamos nuestras dudas en torno a la resolución de una obra como esta, tanto por la propia orquesta como por el director, y más aún, comprobando el detalle de que Kavakos dirigió el concierto sin batuta, un hecho que puede no resultar significativo en el concierto de Schumann...¿pero en una Quince de Shostakovich?
Las dudas se disiparon pronto. Desde el primer momento se vio que Kavakos tenía la música absolutamente interiorizada y se hallaba del todo compenetrado con ella y con la orquesta, y que poca falta le hacía la batuta, pues sus dedos largos y huesudos, tan curtidos por la práctica del violín, se mostraban magníficamente expresivos. Lo atendió todo, y todo bien. No olvidó un solo detalle, una sola pincelada, además de cuidarse de atrapar el espíritu y el trasfondo de cada movimiento: ¡qué bien gestionó lo irónico, lo oscuro, lo profundo, lo enigmático, el arrebato, la frustración, si es que estas sensaciones pueden realmente gestionarse o basta sólo con sentirlas y saberlas transmitir!
Todo quedó enmarcado en la más pura atmósfera shostakovichiana, y esta unión de esfuerzo y calidad recibio, cómo no, el reconocimiento del público (que llenaba más o menos un 70% de la sala), que aplaudió largamente a la orquesta y al director, redoblando sus vítores cuando Kavakos hizo levantar y saludar a cada sección de la orquesta. La percusión, desde luego, y también la sección de viento, que tan difícil protagonismo debe asumir en el segundo movimiento, se llevaron la más ardiente ovación.
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