Reino Unido

Soy yo, y estoy aquí escuchando a Mutter

Anne Sophie Mutter
Anne Sophie Mutter © Monika Hofler | Palau de la Musica Catalana
Londres, miércoles, 18 de febrero de 2026.
Southbank Centre. Royal Festival Hall. Anne-Sophie Mutter, violín. London Philharmonic Orchestra. Karina Canellakis, directora. Sibelius, La hija de Pohjola. Chaicovski, Concierto para violín. Beethoven, Sinfonía nº 7 en la mayor.
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Tras un pequeño concierto previo en el que se presentaron algunos de los jóvenes de los programas formativos de la London Philharmonic Orchestra (que ya hemos comentado) por fin llegó uno de los acontecimientos -y hubo muchos- de nuestra visita londinense. El concierto comenzó brillantemente con La hija de Pohjola (1905-06) de Sibelius. Karina Canellakis (Nueva York, 1981) ofreció una poderosa versión que nos sedujo desde el primer momento por su perfecta articulación, dejando que el sonido fluyera con tal naturalidad que parecía elegir su propia dinámica. A esto se unió una direccionalidad clara que simplicaba la escucha. A destacar especialmente el tramo final de la obra que nos encandiló por el exquisito modo de plantear la resolución de la narración hasta acabar en la extinción. 

La entrada en escena de Anne-Sophie Mutter fue acogida con unos aplausos casi desconcertantes por su calor y duración. Es evidente que Mutter es muy apreciada por el público londinense y desde los primeros compases quedó claro que este cariño iba a ser sobradamente retribuído. En las últimas décadas hemos escuchado y admirado varias veces a Mutter, pero no recordábamos el estado de gracia alcanzado en esta interpretación mágica del Concierto para violín en re mayor de Chaicovski. Tras un arrebatador Allegro, la Canzonetta fue un ejercicio de empoderamiento que nos hipnotizó, compitiendo con las míticas versiones conservadas en nuestro armario de la memoria y llegando a despertar ese curioso estado de extrañamiento en que tienes que decirte a tí mismo: "Soy yo, y estoy aquí escuchando a Mutter". El estado de suspensión anímico se prolongó en el Finale del Concierto hasta que Mutter nos arrancó de él, sometiéndonos a una aceleración progresiva como si nos subiese a una montaña rusa que nos dejó un poco agotados. Y al igual que en esta atracción, la sensación fue un 'despiporre': el público explotó en inacabables gritos de placer. La propina fue muy sencilla, una miniatura de su ex-marido, André Previn, la Tango Song and Dance (1997), que fue el bálsamo que templó los ánimos. Pocas veces hemos agradecido tanto los veinte minutos de descanso tras la explosión emocional de Mutter y la LPO.  

Tras esta maravilla, la segunda parte de la velada significó el descenso desde la excelencia a lo meramente sobresaliente, o incluso notable. Canellakis tiene ideas claras sobre cómo plantear las sinfonías de Beethoven y las peculiaridades de la Sinfonía en la mayor. Unas cuerdas sólidas y muy bien empastadas (ocho chelos y cinco contrabajos) crean el paisaje sonoro sobre el que cantan y brincan las maderas con soltura e independencia, mientras a un lado sitúa -muy inteligentemente- el tercer coro de tres trompas naturales y timbales atacados con baqueta dura, que en los saludos finales Canellakis levanta juntos recordándonos su papel unitario. 

El primer movimiento Poco sostenuto - Vivace se planteó con fuerza, incluso con una firme aspereza casi desagradable, como corresponde a una 'sinfonía política'. En comparación con otras tradiciones interpretativas, este inicio y la transición hacia la dulzura en la presentación del tema puede parecer descontrolado e incluso agresivo, pero es óptimo desde la perspectiva retórica y permite un tranquilo paseo hasta que se presenta el segundo tema y regresa la energía. La comparación wagneriana del segundo movimiento con una "apoteosis de la danza" no resultó muy procedente en la versión de Canellakis, pues lo que escuchamos con claridad fue el ritmo del verbunkos evocando el galope de los caballos. Tras un arranque brillante el Presto, protagonizado por el magnífico timbalero, fue un muestrario de la sutil gama dinámica que maneja Canellakis, aún a riesgo de las ocasionales bajadas de tensión orquestal. El Allegro con brio final subraya nuevamente el caracter político de la sinfonía y sus sonoridades bélicas. 

En conjunto nos interesó más el concepto de Canellakis que el resultado final, parece faltarle aún una reflexión y sobre todo una realización práctica de cómo convertir su concepto en realidad sonora. Y eso que la London Philharmonic Orchestra es una de las grandes orquestas europeas, es dócil, y está en un espléndido momento. 

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