Yo pretendía comenzar de una forma, que imaginaba contundente, escribiendo que sin flexibilidad ya no hay Eugenio Oneguin. Supongo que tal impulso me vino dado por aquel tema del pop español de 1980 que cantaba que "sin dinero ya no hay rock and roll". ¿O primero pensé en la frase de inicio y luego me vino la canción? Es igual, porque para entonces ya estaba considerando que a comienzos de los 80 en la URSS no había precisamente mucho dinero, y menos para el rock, pero en cambio sí un interesante fermento contracultural roquero.
Claro que, para retorcer un poco más el asunto, todas estas consideraciones las hacía mientras sonaba una versión (bien flexible y expresiva) del Oneguin dirigida por , en el Kirov de San Petersburgo, en 1984.
Pero se conoce que no me podía detener, porque de ahí salté a pensar que Timur vino a nacer diez años después (1994) en un lugar que ya no era la Unión Soviética, pero que tenía rock sin cortapisas, franquicias occidentales, desmantelamiento estatal y merienda gasística (con vodka y caviar) de neoliberales.
Crecido en tal ambiente, Zangiev llegaba ahora a Occidente (no es en absoluto la primera ocasión) como representante, lo quiera o no, de una Rusia totalmente diferente a la de esa época. E instalado en este punto caí en la cuenta de que en su Oneguin había algo que permanecía.
Ese algo bien pudiera ser la capacidad de conmover a través de una belleza que transciende cualquier sistema político, lo cual es una cosa que queda muy bonita si se expresa en determinados entornos. Pero, además, hay en el proceder de Zangiev una profunda comprensión de la tradición interpretativa rusa.
Realmente ignoro su relación con Gennady , más allá de que se incorporó a su clase cuando ingresó en el Conservatorio de Moscú. Sea como fuere, esa mezcla de control y frescura que siempre se ha atribuido al ya desaparecido maestro, se encuentra también en Zangiev.
Y en el caso de la obra que nos ocupa el rigor y la espontaneidad surgen en buena medida del flujo de la palabra pushkiniana, que respira, interioriza y finalmente libera en música (en otro tipo de música, cabría matizar).
Con un pleno entendimiento de este aspecto se vertebró, desde el foso, la versión ofrecida en Les Arts. Para Zangiev, con una Orquestra de la Comunitat Valenciana en plena forma, incluso los colores orquestales tienen un tono prosódico. Y más allá de la evidencia del decurso significativo de los ariosos, el vuelo de la elocuencia se elevó hasta las danzas, el vals tirando a provinciano y la polonesa de aire aristocrático que ilustran el contraste de los mundos de origen y de destino de Tatiana.
Una Tatiana, la de , a la que precisamente le pudo faltar un punto de soltura retórica, de variedad expresiva, es decir, en la línea de lo que se pudo juzgar en su Jenůfa en la misma sala hace tres años. Me pareció que su canto se colocaba demasiado retrasado, quizás por adaptación a la fonética rusa. El timbre oscurecido le restaba brillo a la proyección.
No obstante, ahora como en 2023, la estadounidense encarnó con solvencia creciente tan exigente papel, y a la forzadamente fría princesa del tercer acto le va mejor ese color oscuro y distante. Porque desde luego que es ella la que carda la lana mientras Oneguin se lleva la fama del título.
De todas formas, también tiene lo suyo, y más, y ya van dos, para un cantante no eslavo, como le ocurre al italiano , un habitual de la casa. Gran esfuerzo bien recompensado el del barítono, que compuso un Oneguin más elegante que desencantado, puede que en sintonía con la tesis de Zangiev (y de Pelly), pero muy bien desenvuelto en lo canoro y en lo actoral.
Mientras, el Lenski de Dmitry se gustó tanto a sí mismo que es de suponer que le diera mucha pena dejarse matar, pero he de reconocer que a mí, igual que a la mayoría del público, me subyugó su rica línea vocal, de perfiles tan delicadamente matizados. Se llevó sus buenos aplausos (antes de morir, por supuesto), aunque no más que los que obtuvo con similar merecimiento Giorgi tras su aria del Príncipe Gremin, delicadamente lírica y a la vez espesa, si bien un poco menos rotunda en los graves de lo que uno en principio solicitaría.
Bien servida de graves estuvo, en cambio, la excelente Olga de Ksenia , y más que convincente Margarita como Filíppievna. El resto de los comprimarios mantuvieron el nivel, para acabar conformando un elenco equilibrado como pocas veces, en el que el coro, como un personaje más, estuvo soberbio, abordando de nuevo con pulcritud la partitura y los requerimientos coreográficos de la dirección escénica.
Esta dirección de escena es muy efectiva. , su responsable, nos ofrece una lección de inteligencia dramática al servicio del texto y de la música. Con escasos elementos, narra y evoca. Apenas objetos; una plataforma giratoria para los dos primeros actos, inasequible al pueblo (que la puede mover, pero no subirse a ella), capaz de adoptar diferentes grados de inclinación e incluso de cerrarse sobre sí misma (gran solución para la escena de la carta, que parece invitarnos a leer el libro del pensamiento obsesivo de Tatiana); una diagonal de escalera negra y unas lámparas sencillas en el tercer acto, reflejo onírico del ámbito aristocrático y de la desolación de los enamorados (por cierto, también domina el negro, y no el blanco níveo, en el duelo entre Oneguin y Lenski); un manejo de la luz magistral; un vestuario muy hermoso, elegante, modernamente intemporal, en cuya concepción también coparticipó el propio regista; una dirección de actores sobresaliente.
Es decir, no se le puede pedir más a una puesta en escena. Y, por supuesto, Pelly también conoce y transmite el secreto de la fluidez, de la flexibilidad, de la música del verso a verso.
El público, completando una buena entrada en Les Arts, convino en premiar con fuertes aplausos y vítores un gran trabajo colectivo. Sin esa colaboración aquello que permanece es imposible. Me pregunto si lo que verdaderamente importa de lo que permanece, con dinero o sin dinero, es precisamente la colaboración. Y, en fin, ahí lo dejo, a la flexibilidad de cada cual.
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