De un tiempo a esta parte, los directores de escena españoles necesitan agarrarse como un clavo ardiendo a una época histórica para justificar sus propuestas teatrales, y continuamente ese tiempo no es otro que la Guerra Civil, y por añadidura, el espantajo de Franco.
Y es que bajo el título de La Edad de Plata, el Teatro Campoamor de Oviedo y el Cervantes de Málaga diseñaron en 2023 este espectáculo que ahora, tres años después, llegaba al escenario del Teatro de la Zarzuela con la intención de reivindicar o exaltar el arte y la cultura del primer tercio del siglo XX en España. Para ello, el responsable de la idea original, , ha elegido dos de las óperas en un acto más representativas del nacionalismo ibérico como son de y de con la intención de unirlas en lo que ha querido denominar “díptico español”, renunciando a presentarlas como un mero programa doble.
El hilo conductor de la dramaturgia ha recaído en el pintor Ignacio , que conoció e inspiró a ambos compositores, poniendo en relación dos momentos históricos, 1920 y 1939. Así antes de Goyescas, que se desarrolla íntegramente en una estancia repleta de lienzos varios de Goya -algunos de su serie negra- y pintura costumbrista, vislumbramos una escena de zapateado bailado por , La Argentina, con el propio Granados acompañándola al piano en su Danza de los ojos verdes, pieza que el músico leridano dedicó a la bailarina bonaerense.
Mientras suena el célebre Intermedio, la figura de la Sombra o Espectro nos evoca una especie de alegoría de la muerte trágica que recurrentemente desfilará por la escena en diversos momentos hasta acompañar una legión de espectros al Quijote-Falla en la segunda obra, destino dramático que llevará a Granados y su mujer a la muerte en el mar y que también se vincula metafóricamente con el ámbito de la Guerra Civil, por medio de una locución en off del Generalísimo Franco acerca de sus intenciones para la nación pronunciada tras ganar la contienda en 1939, y que complementa las imágenes del ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, visionadas nada más comenzar el espectáculo mientras la orquesta toca la Marcha de los vencidos de Granados.
En definitiva, unas referencias históricas y descontextualizaciones que emborronan la trama y el libre curso de dos obras escénicas estrenadas años antes y fuera de nuestras fronteras -la primera en 1916 ¡en Nueva York!, la segunda en 1923 ¡en París!- que no saben ni de lejos de belicismo, de nazismo o de franquismo. Pero hay que rizar el rizo y en el siglo XXI es menester buscar nuevas contextualizaciones y asociaciones semánticas.
De nuevo, sin comerlo ni beberlo y como en la producción de y del Teatro Real, volvemos a tener sobre la mesa el fantasma de nuestro más inmediato pasado bélico con las mismas intenciones de siempre: confundirlo y mezclarlo todo utilizando en este caso dos obras maestras de la ópera española y con la excusa de que Falla, del que precisamente en este año conmemoramos el 150 aniversario de su nacimiento, tuvo que exiliarse a Argentina tras la Guerra Civil.
Señor López, le compro que don Ignacio rememore esos hermosos años de vanguardias y baile flamenco, los felices 20, con su Argentina, su princesa de , su Wanda , su Stravinski, su Paul , todos ahí junticos en el palacio de la insigne mecenas polaca, pero no me mezcle churras con merinas, no enmarañe ni me tergiverse usted al concluir ese Retablo de película muda (¡ay, qué nostalgia de títeres bien recreados!) donde al final usted me hace desfilar a los exiliados con sus maletas mientras Don Quijote lanza el final de su exaltación caballeresca: “¡Viva la andante caballería sobre todas las cosas que hoy viven en la tierra!”, porque el tufo manipulador apesta.
No me utilice a Alonso Quijano y a Falla para una connotación política. ¿Y es necesario que se nos recuerde la barbarie tras la contienda, en una carta que el de Éibar remite al gaditano, residente en Alta Gracia, cuando en 1923 Don Manuel se encuentra en París ajeno a toda emigración española, feliz y desbordante de recia inspiración castellana? Juegos de flashbacks y flash forwards que en cine son muy útiles, pero que en teatro, señor mío, no funcionan demasiado bien.
Por suerte, y al margen del desfile de los personajes históricos y reales, pudieron apreciarse muchas virtudes vocales en la interpretación musical de sendas obras.
En Goyescas el cuarteto ataviado por el siempre competente figurinista con ropajes dieciochescos cumplió con creces sus cometidos, siendo la parte de la soprano dando vida a Rosario la que mayores demandas posee. Exhibió de puntillas su cálido metal la canaria entre la dificultosa urdimbre contrapuntística de las dos primeras escenas y entonó muy sentida el aria de “La maja y el ruiseñor”, adentrándose con sobrellevados esfuerzos en la implacable parte final, su dúo con Fernando, que abordó con más dramatismo vocal que concesiones a la sutileza. Como contraste radical, en la segunda parte la Lojendio se enfrenta con facilidad a la ligereza y los melismas de Psyché de Falla, la pieza camerística sobre texto en francés de Aubrey, bien secundada por la lánguida y sinuosa flauta solista en escena.
A su lado tenía en la ópera de Granados al tenor asturiano , cantante de arrojo donde los haya, que volvió a demostrar que sigue sobrado de proyección, con agudos en forte como cañonazos, siendo muy verista su dúo final con Rosario, y habiéndose deseado una mayor contención en las escenas previas.
Como es habitual, excelente estuvo el barítono dando el punto justo de equilibrio a un personaje ingrato por lo escaso de su parte como es Paquiro, y una grata sorpresa volvernos a encontrar con la participación de la mezzosoprano en Pepa, pues la pudimos ver en 2023 en Por la calle de la Zarzuela en el Teatro Pavón, que aparte de una dicción sobresaliente y una línea de canto exquisita -que nos recordó el buen hacer de en su grabación discográfica-, en su baile del fandango otorgó gracejo y salero a la maja madrileña.
Por cierto que hablando de baile flamenco, destacar la sensacional aportación de la bailarina Marina Walpercin en esa idea teatral de Paco López de evocar en escena a La Argentina en su piel por medio de los recuerdos de Zuloaga.
En el Retablo cinematográfico en casa de la Polignac la mezzosoprano Lidia que se desdobla en Princesa y Trujamán (a quien recordamos en 2022 en este mismo escenario en una magnífica Maya del Don Gil de Alcalá de Penella), realiza una muy personal actuación como maestra de ceremonias con gran desenvoltura escénica, sin exagerar el sonsonete de pregonero y primando la teatralidad en su canto-recitado.
El tenor -que por sus galas parece más un prestidigitador que un titiritero- cumple su función de Maese Pedro sin estridencias ni histrionismos y el siempre solvente barítono imprime carácter y gravedad vocal a su versión disfrazada de Don Quijote, ya que al final se deshace de peluca y barbas y se convierte en el propio Falla.
Mención de honor para el Coro del Teatro, empastado y bien diferenciado en sus secciones, que aunó una deliciosa dulzura de canto con ritmo y donaire haciendo justicia a las masas populares de Goyescas.
Pero para ello estuvo muy bien apoyado por la batuta, ya que hubo una dirección musical de pulso ágil y tempi equilibrados a cargo del maestro , hábil concertador, aunque en la obra de Falla la parte en que se retrata a Melisendra y su contemplación por el enamorado moro fue dirigida a una enorme lentitud, aventuramos que por sincronización con ese film en estilo vintage (blanco y negro) donde los actores exageran cómicamente sus partes y cuyas transiciones entre cada intervención del Trujamán se salvan con telones animados ¡en color rojo!
Sin colores, ni rojos ni azules, es como nos hubiera gustado esta Edad de Plata que no llega a Bronce.
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