Una delicia sinfónica fue el concierto ofrecido esta tarde por la célebre Rotterdam Philharmonic Orchestra bajo la égida de Lahav Shani, artista retratado en la presente temporada por la Filarmónica de Essen, en su gran sala auditorio Alfried Krupp. Con un programa netamente europeo se rindió homenaje a la inminente primavera que se avecina ya al centro del continente. La velada se abrió con El Aprendiz de brujo de Paul Dukas y se clausuró con Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel de Richard Strauss.
Ambas obras enmarcaron dos composiciones de Dmitri Shostakovich muy poco interpretadas aquí en los últimos tiempos, la Suite para orquesta de variedades y el Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa mayor op 102, con al piano, y dirigiendo admirablemente a la Orquesta Filarmónica de Róterdam. Son dos piezas, cuyas magníficas y virtuosas interpretaciones, preferiblemente, deben ser presenciadas y escuchadas en vivo para mayor regocijo.
El deleite del poema sinfónico de Dukas, scherzo inspirado en la balada Der Zauberlehrling de Johann Wolfgang von Goethe, combina dos motivos: uno evanescente, el del hechizo, y otro espontáneo, el del aprendiz, en sonidos grotescos, motóricos y vertiginosamente precisos.
El enfoque, imbuido de ligereza y claridad, de Lahav Shani gestiona muy hábilmente estos contrastes. A partir de este scherzo que anticipa ya La Valse y el Boléro de Maurice Ravel, el director evoca un paisaje sonoro casi invasor, seguido de esas repeticiones de un simple solo (el contrafagot) y su final suavemente nostálgico.
Dmitri es considerado el último gran sinfonista y un compositor excepcionalmente serio que plasmó los horrores y el sufrimiento de la era de Iosif Stalin con una intensidad desgarradora en su obra. Sin embargo, también fue un gran amante del jazz y de los géneros populares, que, especialmente en su juventud, enriquecieron sus partituras para ballet y cine con vibrantes números de danza.
La Suite para orquesta de variedades, de una energía vibrante, es una declaración suya en favor de la música para circo y espectáculos ligeros e incluye el mundialmente famoso Vals nº 2 (tan fácil de tararear). Consiste en una serie de ocho movimientos de baile de varias músicas de películas y ballet, en su mayoría bien conocidas, recopiladas por Shostakovich en la década de 1950 para una orquesta de variedades. Muchas veces el público puede preguntarse, y con razón, por qué las orquestas europeas ignoran estas fantásticas melodías de cautivador entretenimiento sinfónico, como si no encajaran en la imagen trágica que se tiene de Rusia.
Estos números de baile, inmediatamente pegadizos y siempre con tintes irónicos o subversivos, confirman la inagotable imaginación experimental de Shostakovich, su inventiva melódica y su apertura intelectual a todo tipo de buena música. Esta apertura mental subraya su verdadera grandeza. Y esta tarde se disfrutó de un espectáculo de cerca de 50 minutos de exuberante alegría de vivir.
Si bien este sencillo relato aclaró la a veces extraña amalgama de fuentes temáticas y estilísticas de la música de Shostakovich, al término de la primera mitad de la velada con los excelentes músicos de la Rotterdam Philharmonic Orchestra dirigidos a manos libres por Lahav Shani. al comienzo de la segunda parte el espectador se topó con una bestia diferente: el Concierto para piano nº 2 (op 102; 1957). Dedicado a su hijo Maxim en el día de su 19º cumpleaños, el joven opinaba:
La música es clara, exigente y está completamente impregnada de audacia juvenil.
Aunque todavía dista mucho de la profundidad introspectiva de sus otros cuatro conciertos, el segundo, para piano, es tan irónico en su presentación como en su construcción. O al menos, debería serlo. Lahav Shani reveló muchos detalles, fomentando una interpretación efervescente y animada, especialmente en los instrumentos de viento. La lectura ante el teclado, y dirigiendo desde este a la orquesta, aprovechó la oportunidad de enfatizar en la naturaleza de la obra, siempre idealizada, y a la vez de inspeccionarla con cierta distancia beneficiosa y objetiva.
El hermoso Andante a menudo puede resultar demasiado sentimental y meloso, pero no es el caso aquí. Es un romántico de buen gusto y muy disfrutable. Los pasajes más enérgicos del concierto fueron interpretados impecablemente con ese toque final que lleva a la música al límite. El Allegro final, muy humorístico, cobra gran energía e impulso, liberándose de todas las ataduras.
Por último, Richard Strauss hace que la Orquesta Filarmónica de Róterdam y el director Lahav Shani se conviertan en los hábiles narradores de las travesuras de Till Eulenspiegel en una colorida secuencia de imágenes musicales. En rápida sucesión, se siguen sus andanzas, comenzando con una escena en el mercado semanal. Till galopa por la plaza a caballo, destrozando las ollas de las mujeres del mercado. Sus gritos y graznidos se oyen entre el estruendo de las trompetas y el traqueteo de un trinquete.
En la siguiente escena, Till aparece como un moralista, pero su dedo gordo del pie asoma por debajo de su hábito monacal, audible en el registro más grave del contrafagot. El tercer episodio representa el inútil intento de Eulenspiegel de cortejar a una joven. Desahoga su ira por su fracaso con una fuerte fanfarria de metales contra los filisteos, quienes responden con un cañón, símbolo de un debate interminable.
Finalmente, Till se encuentra ante un tribunal, que plantea sus preguntas al acusado con quintas vacías. Eulenspiegel silba inocentemente su tema, pero un salto de séptima pronuncia la sentencia de muerte. El pícaro ya cuelga de la horca, jadeando y haciendo su última mueca. El bufón ha muerto, pero las historias sobre él siguen divirtiéndonos, como sugiere Richard Strauss en su conciliadora reflexión final.
El público se puso espontáneamente de pie en la sala para aclamar largamente a los músicos de la Rotterdam Philharmonic Orchestra y a Laha Shani, quienes regresaron esta misma noche a su ciudad neerlandesa tras esta breve visita a la Filarmónica de Essen.
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