Katharina Thoma logró, con gran sensibilidad y destreza, llevar a escena en la Ópera de Colonia una excelente producción de Las bodas de Fígaro, obra maestra de Wolfgang Amadé Mozart, con la interpretación musical de la Gürzenich-Orchester Köln bajo la égida de su director general musical Andrés Orozco-Estrada. Como la versión de es un viaje en el tiempo, con alusiones modernas y profundidad histórica, la orquesta en el foso incluye un bajo continuo en el último acto.
Mozart y su libretista Lorenzo da Ponte crearon esta magistral pieza a partir de las complicaciones e intrigas casi imposibles de narrar de la comedia político-satírica La folle journée, ou Le mariage de Figaro (El día loco o las bodas de Fígaro) escrita en 1778 por el polímata Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais y estrenada en 1784 en el Théâtre-Français (hoy Teatro del Odeón).
El nuevo director musical general de Colonia, Andrés , asumió con precisión y diafanidad la atractiva y desafiante tarea de hacer sonar el lenguaje musical multifacético, pero aparentemente sencillo de Mozart, con la Orquesta .
El caso de Mozart es fascinante, pues multiplicó ingeniosamente las dificultades a las que se enfrentaban sus cantantes y desdibujó las fronteras entre los papeles de barítono y tenor. ¡Otra proeza!
Cabe aquí evocar una de las escenas más bonitas del filme Amadeus (1984) de es aquella en la que Mozart defiende su ópera Las bodas de Fígaro ante José II en el palacio Imperial de Viena. Inteligentemente, no lo hace refiriéndose al contenido intelectual de esta comedia sobre la felicidad conyugal y las diferencias de clase, sino que esgrime argumentos teatrales.
Mozart despierta así la curiosidad del emperador sobre todo con la descripción del final, en el que la acción se acelera rápidamente y se intensifica con cada personaje que aparece en el reparto. Es precisamente esa apasionante atmósfera teatral, la densa intensidad de la acción, junto con una increíble riqueza de detalles, lo que entusiasma de esta actual interpretación musical de la obra que entrega Andrés Orozco-Estrada al frente de la Gürzenich Orchester. El inconfundible y siempre agradable sonido original que trae consigo, hace sentir al público muy cerca de aquel 1 de mayo de 1786, cuando la obra se estrenó por la Ópera de la Corte de Viena en el entonces Burgtheater de la Michaelerplatz.
Personajes conocidos
La innovación musical de Mozart está en perfecta armonía con el texto. Los personajes distan mucho de ser las conocidas figuras de la ópera bufa y son analizados con profundidad abisal durante las dos horas y media de la representación. El arte coral de Mozart nunca más volvería a alcanzar las cotas logradas en estas Bodas de Fígaro.
Los buenos tiempos han quedado atrás para la condesa Rosina. Se la conoce por El barbero de Sevilla o La precaución inútil, también de Beaumarchais, donde el ingenioso Fígaro engaña a su calculador tutor: le abre las puertas a Lindoro, el pretendiente de Rosina, y el desconocido le revela su verdadera identidad para lograr un final feliz: es el conde Almaviva.
Mozart, recién instalado en Viena como artista independiente y con una visión clara de cómo quería vivir como ciudadano en un mundo predominantemente feudal, abrazó sus revolucionarios temas. Más importante aún es el amor y el respeto que su música profesa por cada personaje en escena, pues el genial compositor garantiza que todos, jóvenes o mayores, privilegiados o desfavorecidos, disfruten de sus derechos.
La condesa (Selene Zanetti, debuta en Colonia) se siente a menudo sola y su marido (Wolfgang Stefan Schwaiger) mira a otras mujeres de la corte: por ejemplo, a la joven hija del jardinero, Barbarina (Alina König Rannenberg), o a Susana (Emily Hindrichs), la novia de Fígaro (Adolfo Corrado, también por primera vez en este escenario), quien ahora es camarero.
Al conde le gustaría ejercer el anticuado derecho nobiliario de pernada (la «primera noche»). Pero sus sirvientes están a su altura. Sobre todo la astuta Susana sabe cómo salvarse y, además, curar a su futuro esposo de sus celos. De paso, también se aclara el origen de Fígaro, el conde y la condesa tienen la oportunidad de renovar su afecto y el adolescente Cherubino (Anita Montserrat), encuentra un refugio para su deseo, que se debate entre las mujeres. Independientemente de la época, el personaje de la condesa sufre por igual en todas sus arias, bellamente interpretadas por .
Mas, hoy da comienzo un alegre día en palacio. La boda de Fígaro y Susana, ambos al servicio del conde Almaviva, está a punto de celebrarse. Todo parece perfecto. Pero, claro, esta es solo la mitad de la historia. En realidad el conde persigue a Susana e intenta, en cuanto pueda, poner a sus empleados unos contra otros.
Al mismo tiempo, se siente obligado a vigilar a su solitaria esposa, así como a su sobrino, el adolescente Cherubino, quien constantemente le pone en situaciones comprometedoras. Cuanto más dura la caótica jornada, menos parece ser el conde el dueño de su propia casa. Solo cuando todos se unen contra él cambian las reglas del juego.
Sin embargo, antes de que ello ocurra, de que Fígaro y Susana finalmente se casen, de que el conde y la condesa se reconcilien, y de que se haga una genuina súplica de perdón por las ofensas, se despliega la comedia humana más hermosa y profunda que se conozca en la ópera. Aquí, la razón, la intriga y el deseo se equilibran perfectamente mientras se esfuerzan por poner orden en el torbellino emocional que ha unido a la humanidad desde tiempos inmemoriales.
En el primer acto, el palacio en Sevilla del conde Almaviva se ve ruinoso, las paredes mohosas y todo tipo de trastos se amontonan en un rincón (escenografía Johannes Leiacker). Se supone que reabrirá tras las reformas en 2026. ¡Ojalá! Esta es solo la primera pequeña broma privada para los aficionados a la ópera, oculta en la producción (haciendo referencia a las interminables obras de remozamiento de la sede principal de la Ópera de Colonia). El conde es aquí el director arrogante y prepotente con traje a medida (vestuario Irina Bartels), Fígaro el encargado de mantenimiento, y Susana, su prometida, una empleada. El desequilibrio de poder entre jefes y empleados es evidente.
El segundo acto se desarrolla en la misma capital andaluza, pero en 1939. En lugar de manchas de moho, ahora se proyecta papel tapiz sobre las paredes, la cafetera automática ha desaparecido, el conde es un villano con botas claveteadas, y el encantador mujeriego Cherubino aparece con un uniforme de la Guerra Civil española. Las intrigas son las mismas. El conde regresa de una cacería con su apuesto y vivaz pastor alemán (¡una maravilla el can en su papel!).
Quienes prestan atención a los detalles notarán que el sillón roto del principio ahora está intacto, pero desgastado. En el tercer acto, está recién tapizado, el papel pintado da paso a paneles de estuco, y la condesa, en lugar de una bata amarillo dorado, luce ahora un vestido rococó del mismo color. Es 1786, año del estreno de "Fígaro", una obra de crítica social que denuncia las estructuras de poder de la corte. El vestuario rococó del Coro de la Ópera de Colonia (en excelente forma y muy bien preparado por Rustam Samedov) en tonos pastel, a juego con el color de las paredes, es un deleite visual.
La verdadera felicidad y la armonía impecable solo surgen en el cuarto acto, con sus confusiones. La historia regresa a una antigüedad mítica, Arcadia, un jardín (orangerie) de esculturas de mármol vivientes realmente encantadoras. Reunidos aquí, todos visten de blanco, se deshacen de los accesorios superfluos y, en su uniforme indumentaria sobre fondo impoluto (confundidos con las estatuas clásicas), se permiten ser seres humanos que se aman. Las personas se liberan de sus distinciones de clase, y los amantes pueden encontrarse sin barreras.
La orquesta interpreta un breve baile y así esta nueva producción de la Ópera de Colonia despide al público en la tarde primaveral con gran entusiasmo. Sin embargo, tras este final conciliador se esconde la comprensión de que esta humanidad pura, desprovista de símbolos de estatus y desequilibrios de poder, parece inalcanzable en la vida real, sea la época que fuere.
Con esta pieza es difícil equivocarse. Las bodas de Fígaro ha sido un éxito de público durante siglos y es una de las óperas más representadas en todo el mundo. Las historias de amor y las emociones cautivan sin importar el tiempo ni el lugar, y las melodías llegan directamente al corazón. La versión de Katharina Thoma sigue esta tradición de forma tan conmovedora como entretenida.
Esto se logra con solistas vocales de relevancia internacional cuidadosamente seleccionados y el suave sonido mozartiano de la Orquesta Gürzenich de Colonia dirigida por Orozco-Estrada. La soprano Selene Zanetti y el encantador y majestuoso bajo impresionan desde que entran en escena. , encarna con éxito a la aniñada Susana. Brillante es también la actuación de como Cherubino. La régie de Katharina Thoma opta por un repertorio de movimientos reducido y natural, sin teatralidad alguna, y apoyada en una escenografía contundente.
Esta producción, largamente ovacionada por el público al término de la función, revela los mecanismos de las relaciones humanas que se han mantenido inalterados desde tiempos pretéritos anteriores a Mozart, apareciendo solo literalmente bajo diferentes formas hasta el presente.
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