El título de esta reseña es un nada disimulado homenaje al extravagante título que se dio en castellano a la versión cinematográfica de esta obra dirigida e interpretada por Peter Ustinov, y que recomiendo si no se ha visto, también por las interpretaciones, en especial las del debutante Terence Stamp (un Billy memorable) y Robert Ryan (un gran actor nunca bastante reivindicado en el perverso Claggart).
Se trata de uno de los títulos del Festival de Primavera de Lyon reunidos bajo el lema “Apostar por la belleza’. Y son diametralmente opuestos, como se verá en la próxima crónica.
Al parecer este es una primera vez en Lyon y si es así ha partido con muy buen pie. Se ha elegido la versión definitiva en dos actos con prólogo y epílogo, como se hace casi siempre, aunque alguna vez estaría bien ver la original, en cuatro actos y obviamente más larga. Aunque he visto mucho más Peter Grimes, sin duda una obra maestra, mi predilección, si tuviera que elegir un título del gran Britten, iría hacia esta obra cruel, asfixiante, a la que sin embargo le llegan brisas frescas del personaje de Billy, y del mismo Vere, los oficiales e incluso los marineros forzados a un trabajo que no han pedido.
El desafío se hace mayor con un reparto totalmente masculino (las únicas voces distintas son las blancas de los niños de la Maîtrise, que por cierto se desenvuelven muy bien como actores y cantantes).
La puesta en escena del director artístico y general de la Opéra de Lyon, Richard Brunel, revela a una persona inteligente, sensible y que parece saber lo necesario para sus cargos (una especie, como es sabido, en extinción), por lo que impresiona aún más, si cabe, lo apropiado de los movimientos y relaciones entre los personajes (tal vez el único momento débil sea la muerte de Claggart) y esos tres oficiales (roles mudos desempeñados por figurantes), cada vez que el capitán duda o intenta ‘incumplir’ su ‘deber’ (las comillas tienen todo su sentido, también para Melville, Britten y sus libretistas). Un ‘deber’ que lo lleva a hacer colgar a un inocente y a reconocer, con bastante amargura, en su vejez, que ‘podría haberlo salvado’. Y un muchacho franco, ingenuo, con el defecto de tartamudear ante una situación difícil y que en el caso más flagrante de una mentira que lo hiere en lo más vivo sólo sabe resolver con un puñetazo fatal.
Si uno tuviera que elegir un fragmento (cosa casi imposible) de toda la obra sería sin duda ese monólogo o ‘aria’ de Billy hacia el final, cuando espera la ejecución, que paradójicamente resulta un oasis de paz en medio de la negrura y la bruma que todo lo envuelve.
La dificultad de representar los distintos aspectos y recintos de una fragata está resuelta de modo estupenda, con un telón de fondo que representa ese mar tan igual e impertérrito frente a batallas deseadas y evitadas, y los cuerpos que le son confiados. Iluminación exacta y vestuario adecuado complementan una puesta en escena que tal vez sólo pueda competir con la memorable de Willy Decker, que hace tantos años vi en Amberes.
El joven director Finnegan Downie Dear parece llamado a una gran carrera: es difícil la partitura y más la concertación y sólo hubo un breve momento en el que la orquesta predominó demasiado sobre el escenario, pero todo resultó en su sitio, y las entradas, difíciles, fueron todo un éxito.
La orquesta rayó a gran altura, tanto en los solos como en los conjuntos, y el coro hizo un aporte mayúsculo (su primer momento, de queja y protesta, fue ya una demostración de cómo sería todo, y sirvió también para el primer estremecimiento de una noche que fue pródiga en esa sensación).
No voy a nombrar a cada uno de los responsables porque una lista de nombres entre bien, correcto y mejor cansa a todo el mundo, pero diré que todos formaron un equipo que parecía darse en alma y vida a la obra sin importar la extensión o dificultad de los papeles. Así, es difícil elegir entre los tres oficiales, aunque probablemente me inclinaría por el Mr. Flint de Rafal Pawnuk (sin que eso implique un demérito para Alexander de Jong o Daniel Miroslav), y más aún entre la ‘carne de cañón’ que son los marineros. Por la importancia del papel hay que destacar al fantástico Dansker (el veterano que no puede impedir todo lo que sabe que ocurrirá) de Scott Wilde, al novicio de William Morgan (un hombre asustado que teme el castigo al punto de traicionar por evitarlo), al Whiskers de Oliver Johnston o al Squeak de Filipp Varik.
Pero como ni tan sólo en una ópera inglesa de mediados del siglo XX se puede asegurar no sólo el éxito sino la cumplida representación de la obra sin contar con el triángulo principal, a ellos vamos. En realidad el protagonista es Vere, que es quien aparece y canta más haciendo de relator de lo ocurrido (no en vano Britten lo pensó para su compañero Peter Pears). Conocía a Paul Appleby y temía que resultara algo ligero para la parte y me equivoqué totalmente. Sí fue más joven durante los hechos, pero eso no hizo más que acrecentar las ambigüedades y angustias de un capitán obsesionado por el ‘King and Country’.
Su opuesto, esa encarnación del mal que es Claggart, como lo declara en su gran monólogo, y al que Britten obsequia más de una vez anticipando su presencia con una clara alusión a las notas con que Verdi anuncia al más negativo en absoluto de todos sus personajes (el Gran Inquisidor de Don Carlos), estuvo a cargo de un magnífico Derek Welton que sólo tuvo algún grave escaso (por lo demás comprensible y en lo que no está solo en mi recuerdo); al mismo tiempo, no exageró el carácter truculento del personaje, con lo que consiguió resultar mucho más siniestro.
Y, claro, está Billy. Para mi suerte o desgracia pude ver a Simon Keenlyside en su última interpretación del papel en la ENO, y aquello fue una experiencia única. El joven Sean Michael Plumb fue, de aspecto y canto, muy franco, despreocupado y de una sola pieza, en una versión perfectamente válida, que mereció los aplausos del público. Como todos los demás responsables.
La sala estaba llena, en perfecto y atento silencio, y entre el público había mucha gente joven, de modo que cualquiera de esas expresiones que se van repitiendo periódicamente sobre el escaso interés, y más entre las nuevas generaciones, que provoca este género perimido (que lleva más de cuatro siglos de existencia) valen lo que valen.
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