Recuerdo haber leído hace tiempo que hay artistas que «se presentan» en concierto y otros que «suceden», sin tener esto siempre que ver directamente con la calidad de sus interpretaciones. Pues bien, Jakub Józef Orliński pertenece por lo general -también ocurrió durante su última visita al Maestranza y, hace muy poco, pude comprobarlo en su Giulio Cesare del Teatro Real- a esta categoría.
No sale a escena, irrumpe, comenzando a vibrar en la misma frecuencia que su público; y esa resonancia potencia en el espectador la sensación de estar viviendo una gran velada musical, pasando en algunas ocasiones por alto ciertas licencias o lunares.
Y, saltando de un intérprete a otro, el éxito del recital que el contratenor ofreció en Sevilla como inicio de lo que será su larga gira europea de primavera, tuvo también mucho que ver con la excelente prestación de su compatriota Michał Biel. Es este un sensible e imaginativo pianista que respiró en todo momento con el cantante, preciso en cada pieza y muy original -esto puede interpretarse desde muchas perspectivas- a la hora de abordar el espectro dinámico; en concreto el de las escenas barrocas.
El programa sorprende por su configuración, haciendo confluir dos caminos que, en principio, poco tienen que ver: el de la canción de cámara polaca y el de las arias barrocas. La unidad se encontró en cierto modo en la primera parte con el guiño al pasado -por escritura y texto- de los bellos sonetos de Shakespeare de Tadeusz Baird. Escritos en origen para barítono, consiguieron transmitir bien el viaje sentimental del yo poético en la voz del Orliński más melancólico y sutil.
Por otra parte, resultó unificador el enfoque romántico general, casando con las expresivas canciones del gran Karłowicz e imprimido asimismo a la sin par escena del genio del frío de King Arthur de Purcell o al estremecedor lamento de la hija de Bonduca del mismo compositor.
Y es que, aunque en palabras de los intérpretes no había intención de “romantizar” las arias barrocas, resultó inevitable. No solo por el uso del piano como acompañamiento, sino por la aproximación a estas desde lo interpretativo. Es algo que se pudo corroborar de nuevo en If music be the food of love o, incluso más, en la primera propina, Music for a while.
Esto no limitó, no obstante, el disfrute de la velada, ya que gracias a la profundización en los personajes handelianos (Ottone en particular), a unos medios que han ganado en proyección y homogeneidad -sin perder la pureza y fragilidad primitiva-, y a la inteligencia para sortear ciertos escollos con los reguladores, Orliński salió victorioso de la personal retrospectiva musical de su primera década sobre las tablas.
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